Uno tras otro, todos se presentaron ante Uluye para ser juzgados. Parecía que la Dama Ancestral había sido misericordiosa esta noche, ya que a casi todos los postulantes, aunque fuera en grado mínimo, se les otorgó una cierta medida de consuelo en su desgracia, o de reparación para su pérdida. A los hijos de la anciana loca se les dijo que la Dama Ancestral se había apiadado de su madre y le retornaría la cordura en el otro mundo. A los hermanos del hombre decapitado se les prometió que al cabo de otras tres lunas llenas el asesino tendría una muerte prematura y sus posesiones pasarían a ser de ellos por derecho. Con absoluta escrupulosidad, aunque fríamente objetiva, como una matriarca austera y dominante, Uluye dispensaba justicia, y con ella, esperanza... con una sola excepción.
En un principio Índigo no comprendió lo que sucedía cuando la mujer que había asesinado a sus hijos se soltó de las dos sacerdotisas que la sujetaban y se arrojó sobre la arena frente a la roca, a los pies de la litera, aullando como una histérica, Índigo fue incapaz de entender aquel torrente de palabras, que por el tono sonaban como si la mujer la maldijera e implorara alternativamente, y tan sólo cuando las sacerdotisas se precipitaron sobre ella, inmovilizándola en el suelo mientras Uluye se interponía entre ella y la sagrada persona del oráculo, empezó a darse cuenta de lo que sucedía. Mientras arrastraban a la vociferante mujer fuera de allí, Uluye volvió la cabeza y levantó la vista en dirección al trono del oráculo. Por segunda vez aquella noche, sus miradas se encontraron, y la sacerdotisa dijo en un tono que sólo Índigo pudo escuchar:
—No te muestres tan escandalizada. Tú pronunciaste las palabras que la han condenado.
Sin esperar una reacción, la mujer se alejó con pasos rápidos en pos de las sacerdotisas y su forcejeante prisionera, e Índigo miró a su alrededor en busca de Shalune. Pero Shalune no estaba. No vio más que a Yima, sola a pocos pasos de la roca, contemplando el pequeño drama con ojos sombríos y sin expresión.
Junto a la orilla del lago otras tres sacerdotisas colocaban en posición lo que parecía ser un armazón vertical de ramas atadas entre sí. Arrastraron hasta él a la mujer, cuyos alaridos redoblaron en potencia al ver lo que la aguardaba, pero nadie prestó atención a sus gritos y la inmovilizaron contra el armazón atándole brazos y piernas extendidos e impotentes. Cuando los últimos nudos quedaron bien apretados, la mujer pareció aceptar sus destino, y sus gritos se apagaron para tornarse primero en un lloriqueo apagado y luego en nada. Se quedó inmóvil, colgando del armazón, la cabeza caída al frente en señal de derrota.
Los apiñados espectadores estaban en silencio ahora. Uluye se volvió una vez más hacia ellos y dijo:
—Marchaos. Regresad a vuestros pueblos y dad las gracias por el regalo que se nos ha hecho a todos esta noche. La Dama Ancestral ha hablado, y su voluntad y su justicia han sido llevadas a la práctica. Volved los rostros ahora, y marchaos
llenos de respeto y gratitud para con la legítima señora de todos nosotros.
No hubo más ceremonia, ni tambores o trompas; nada. Bajo una sobrenatural atmósfera de anticlímax, y sin el más leve murmullo, la multitud empezó a dispersarse. Desaparecieron en el bosque arrastrando los pies despacio y en silencio, y en cuestión de segundos la orilla del lago quedó desierta; sólo Índigo, las sacerdotisas y el extraño armazón de madera con su inmóvil prisionera permanecieron sobre la polvorienta plaza situada ante el zigurat.
A una señal de Uluye, las portadoras de antorchas empezaron a apagar sus teas. Una a una fueron hundiendo las mortecinas llamas amarillentas en la arena del suelo hasta extinguirlas, y la oscuridad natural de la noche cayó sobre la escena como un manto. La luna contempló su desfigurado reflejo en las aguas del lago, y las figuras de las sacerdotisas se convirtieron en siluetas sin rostro. La figura rechoncha de Shalune surgió del crepúsculo seguida de las porteadoras de la litera; levantó los ojos en dirección a Índigo y se llevó un dedo a los labios, adelantándose a cualquier cosa que la muchacha hubiera intentado musitarle. Silencio, al parecer, era la contraseña de las mujeres ahora, y en silencio se levantó la litera de la roca, y la procesión, con Uluye a la cabeza, se encaminó a las escaleras de la pared del farallón.
Mientras se la llevaban de allí, Índigo creyó escuchar un sonido procedente de la orilla del lago, un gemido de desesperación, desdicha y abyecto temor que se dejó oír por encima de los crujidos de la litera y del suave y amortiguado sonido de los pies desnudos de las sacerdotisas sobre la arena. La muchacha miró por encima del hombro, preguntándose con inquietud cuál sería el destino final de la asesina. ¿Morir de hambre, o asada por el calor del sol? ¿O algo aún peor? «Tú pronunciaste las palabras que la han condenado», había afirmado Uluye, e Índigo se preguntaba qué habría dicho. ¿Qué terrible castigo había decretado la Dama Ancestral a través de sus labios y lengua?
Llegaron al pie de la primera escalera. Justo antes de que las porteadoras giraran para iniciar el ascenso, Índigo pudo echar una última ojeada a la orilla del lago. Una columna de niebla empezaba a formarse sobre las aguas, una curiosa mancha aislada a la que la luz de la luna daba un tono gris plata. Aunque no podía estar segura, Índigo tuvo la impresión de que unas pequeñas figuras tomaban cuerpo en la niebla, y las vio empezar a moverse, flotando sobre la superficie como fantasmas mientras iban a converger muy despacio en el armazón de madera y su sentenciada ocupante.
Entonces sus porteadoras dieron la vuelta, pisaron el primer escalón, y el elevado respaldo del trono ocultó la plazoleta de la vista mientras la transportaban en dirección de las cuevas de la parte superior.
CAPÍTULO 8
Índigo despertó de una pesadilla gritando el nombre de Fernán, mientras el mundo yacía sumido en la neblina gris perla que precede al amanecer. Grimya, que dormía enroscada a los pies de la cama, se incorporó de un salto y corrió hacia ella; le lamió el rostro y le transmitió mensajes de consuelo y ánimo hasta que Índigo consiguió abrirse paso por entre la frontera que delimita el sueño de la realidad y despertó por completo.
Permanecieron sentadas juntas durante varios minutos, Índigo apretando a la loba muy fuerte contra ella.
—Lo siento —repitió una y otra vez—. Lo siento, Grimya.
—¿Qu... qué hay que lamentar? No puedes controlar tus sueños.
—Lo sé, pero pensé que había dejado atrás estas pesadillas. Hace tanto tiempo que no me perseguían, que pensé que ya me había librado de ellas.
—¿Soñaste con... él? —inquirió la loba, vacilante; se sentía reacia a pronunciar el nombre de Fenran en presencia de Índigo.
—Soñé que me encontraba en la orilla del lago —respondió Índigo con un gesto afirmativo de la cabeza—, y él..., él salía del agua, buscándome. Sólo que, cuando lo miré a la cara, me di cuenta de que no era el Fenran que conocí. Algo le había sucedido, algo terrible. Estaba loco y no me reconocía, y comprendí que quería matarme, de modo que corrí, pero, fuera a donde fuera, siempre lo encontraba delante de mí, esperando... —Se estremeció—. ¿Por qué lo he soñado así, Grimya? ¿Por qué?
—No lo sé. —La loba la miró entristecida—. Quizá se deba a lo de anoche.
Ambas permanecieron en silencio unos instantes. Al regresar a sus aposentos una vez finalizada la sombría procesión de regreso por las enormes escaleras, Índigo encontró a Grimya en un estado miserable. La loba se sentía desesperadamente avergonzada del miedo que la había obligado a huir de la ceremonia y ocultarse en la cueva, pero al mismo tiempo, tal y como contó a Índigo, no podía librarse de la sensación de que algo muy maligno estaba teniendo lugar, y simplemente no había tenido valor para encararlo. El humo del incienso había estado afectando su cabeza hasta tal punto, dijo, que apenas podía diferenciar la realidad de la ilusión, y se había sentido tan mareada y desorientada que, cuando Shalune le dijo que se fuera, obedeció al momento y llena de alivio.