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—Vino a ti —dijo la sacerdotisa—. Sólo un instante, pero vino. Lo sé; percibí su presencia. —Había una nota peculiarmente defensiva en su voz que Índigo no había escuchado antes; luego, de repente, su tono de voz volvió a cambiar y regresó la antigua arrogancia—: ¿Qué te ha comunicado? ¡Insisto en que me lo digas! Soy su Suma Sacerdotisa. ¡Debo saberlo!

La cólera de Índigo volvió a despertarse. Algo acababa de suceder; era muy consciente de ello, pero había venido y se había ido con tanta rapidez que no le queda más que el recuerdo de una momentánea pérdida del conocimiento, nada más. Y el interrogatorio de Uluye no consiguió más que aumentar su enojo. Estaba más que harta de esta arrogante y autoritaria tirana.

—¡No te lo puedo decir, porque no lo sé! —Sostuvo la desafiante mirada de la mujer con firmeza—. A menos que poseas el poder de ahondar en mi cerebro y descubrir la verdad por ti misma, ¡no puedo ayudarte! —Y, antes dique Uluye pudiera contestar, se alejó por la plaza a gran des zancadas.

—¡Espera!

Algo en el tono de Uluye —¿una nota de súplica?— hizo que Índigo se detuviera para mirar atrás. La Suma Sacerdotisa no la había seguido sino que permanecía muy erguida sobre la arena. Por su expresión, la muchacha supo al instante que la mujer no poseía tal poder de adivinación y eso la enojaba.

—¿Qué? —preguntó Índigo con tono indiferente.

Uluye se aproximó, pero con cautela, manteniéndose a prudente distancia.

—Hay algo que no funciona —declaró con brusquedad La Dama Ancestral te ha hablado, y sin embargo eres capaz de decirme lo que te ha dicho. Esto no había sucedido jamás. Intenta recordar. ¡Tienes que intentarlo!

—Maldita seas, Uluye —estalló Índigo—, ¿por qué tipo de criatura retrasada me tomas? ¿Crees acaso que juego contigo? ¿Piensas que encuentro algún perverso placer en ocultar la verdad? Te aseguro que no hago tal cosa. Me gusta esto tanto como a ti; y, por encima de todo, no gusta la idea de que alguien se apodere de mi mente pía utilice para algo que no puedo ni interpretar, mucho menos controlar. Si alguien está jugando aquí, Uluye, es preciosa Dama Ancestral... ¡así que será mejor que te dirijas a ella en busca de respuestas, no a mí! Esta vez, cuando Uluye la llamó, Índigo hizo caso omiso de sus furiosos requerimientos para que regresara. Echa una furia, se alejó a un paso tan rápido que Grimya tuvo que correr para alcanzarla... hasta que, al no mirar a donde iba, la muchacha chocó con alguien, apenas risible en la neblina, que se cruzó en su camino. —¡Perdón, Índigo! —Yima, la hija de Uluye, realizó un esto de disculpa y luego se detuvo, compungida, al ver el rostro de Índigo—. ¿Sucede alguna cosa? ¿Puedo yo...?

—Yima... —Unos rápidos pasos apenas audibles anunciaron la llegada de Uluye, quien se colocó frente a Índigo como si quisiera excluirla de la vista de su hija, a la que dedicó una severa mirada. Su voz era cortante mientras se esforzaba por reprimir sus sentimientos—. Te has levantado muy temprano. ¿Dónde has estado? Yima palideció ligeramente ante el tono de voz y mostró un puñado de raíces recién desenterradas. —Shalune me pidió que recogiera un poco de irro, madre. Dijo que hay que cogerlo durante la hora que precede al amanecer.

Parecía sin aliento. Uluye continuó escudriñando su rostro durante unos instantes; luego, satisfecha al parecer, asintió con un rápido gesto. —Llévalas a la ciudadela.

—Sí, madre. —Yima pareció quitarse un peso de encina al verse despedida y se alejó a toda prisa. Cuando hubo desaparecido, Índigo y Uluye permanecieron inmóviles sobre la arena. La involuntaria intervención de Yima había suavizado su enfrentamiento y ahora se encontraban más tranquilas, aunque seguían sin estar muy seguras la una de la otra y tan desconfiadas como dos gatas que se cruzan en los límites de sus respectivos territorios. Finalmente, viendo que Índigo no estaba dispuesta a ser la primera en hablar, Uluye rompió el silencio.

—Algo está sucediendo aquí que considero que ninguna de las dos está en posición de comprender —declaró con cautela—. Debo meditar sobre ello, y buscar una solución. —Su antigua reserva volvió a aparecer, tornándose distante y fríamente ceremoniosa—. Consultaré con mis sacerdotisas de más edad y te haré saber el resultado de nuestras deliberaciones.

—Como quieras —respondió Índigo con suavidad. El explosivo ataque se había esfumado y su cólera se había apaciguado; descubrió un destello de incertidumbre en los ojos de Uluye y, por un momento, casi sintió compasión de ella.

—Será mejor que regreses a tu aposento ahora. Es hora de comer.

Grimya, detrás de ellas, miraba por encima del hombro en dirección al lago. El amanecer había hecho acto de presencia, la neblina se evaporaba y, junto al lago, la estructura de madera con la mujer muerta atada a ella era claramente visible, Índigo leyó lo que estaba en la mente de la loba y recordó la forma en que se había iniciado su enfrentamiento con Uluye. ¿Había sido realmente un enfrentamiento? Ahora ya no estaba segura.

—¿Qué pa... sará con ella? —inquirió, indicando el armazón a la orilla del agua.

—No es digna de ser entregada al lago —respondió Uluye, encogiéndose de hombros— la Dama Ancestral no quiere servidores como ella. Los hushu vendrán a buscar el cuerpo en su momento. Esta noche, quizá mañana por la noche. No hay nada más que tengamos que hacer. —Se volvió para mirar a Índigo a la cara y, tal y como había hecho Yima, realizó el acostumbrado gesto de saludo, aunque por su forma de realizarlo no era para ella más que una simple le formalidad con muy poco significado. Luego se dio a vuelta, se alejó a grandes zancadas y empezó a subir la escalera.

—Despierta. Tenemos cosas que discutir.

La autoritaria voz interrumpió el agradable sueño de Shalune, que abrió adormilada los ojos y se encontró con Uluye inclinada sobre ella. La rechoncha mujer se incorporo con esfuerzo; vio cómo las primeras luces del día se filtraban a través de la cortina de la cueva, que Uluye se había molestado en correr tras ella, y lanzó un irritado gruñido.

—¡Apenas si es de día! —Recién despertada y no del mejor de los humores, Shalune habló en un tono bastante menos respetuoso de lo que debiera—. ¿Por qué se me molesta a estas horas?

—Porque yo lo ordeno.

La voz de Uluye mostraba un matiz malévolo, e, incluso por entre los restos de somnolencia que la cubrían como velo, Shalune se dio cuenta de que la Suma Sacerdotisa no estaba de muy buen talante. Consciente de haber más allá de lo correcto, reprimió un bostezo e hizo el gesto que expresaba a la vez disculpas y conformidad. —Perdóname, Uluye. Me has sobresaltado. ; —Ya veo. —A Uluye no se le había escapado el destello ¡ resentimiento en los ojos de su subordinada, pero hizo como si no lo hubiera advertido, dedicando en su lugar . mirada rápida y crítica al desordenado habitáculo—, como un cerdo. Haz que una novicia limpie toda porquería, o hazlo tú misma. Sin molestarse en contestar, Shalune descendió de su lecho de juncos trenzados y arrastró los pies hasta el hogar, donde sopló sobre los rescoldos del fuego para avivarlos antes de empezar a preparar comida y bebida que ofrecer a su inesperada y nada deseada visitante. Uluye dio varias vueltas por la habitación; luego lanzó al suelo un monde ropa de Shalune que descansaba sobre una de las ; en forma de bote, se sentó y cruzó una pierna por la de la otra en clara indicación de su irritable estado de ánimo.

—Quiero hablar contigo sobre Índigo —declaró sin preámbulos.

—¿Índigo? —Shalune interrumpió lo que hacía y levantó los ojos para mirarla sorprendida—. Sí. ¿Qué le sucede? No sabía que sucediera nada.