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—Oh, una cosa más... ¿Le pediste a Yima que recogiera irro fresco en el bosque?

¿Irro? Sí..., sí, creo que sí lo hice. Nuestras reservas empiezan a agotarse. — La gruesa sacerdotisa vaciló—. ¿Sucede algo?

—No, no. Tiene las nuevas existencias; me ocuparé dique se te hagan llegar. —Hizo un gesto con la cabeza A modo de despedida y abandonó la cueva.

Shalune se sentó en cuclillas en cuanto la cortina volvió a caer cubriendo la entrada. La entrevista había suscitado una serie de cuestiones que empezaban a unirse de una forma que la inquietaba. Carecía de autoridad para discutir con la Suma Sacerdotisa —además, razonar no habría servido de nada con Uluye, en especial en su estado de ánimo actual— pero sospechaba la presencia de una segunda intención en esta visita matutina. ¿Creía realmente Uluye que había algo que no iba bien en Índigo?, y, si así era, ¿tenía razón? Shalune lo dudó; después de todo, si pasaba algo, ella como curandera habría percibido sin duda alguna señal.

No, había algo más detrás de todo esto, algo más personal. Tenía que ver con Índigo, tenía que ver con Yima y, por encima de todo, tenía que ver con la misma Uluye. Tal y como ella misma había observado con tanta intención, Uluye había nacido dentro del culto en lugar de entrar a su sagrado recinto desde el exterior, y su madre — A quien Shalune recordaba como una anciana espantosa y con una vena perfectamente sádica— había sido Suma Sacerdotisa antes que ella. Debido a ello, Uluye hacía tiempo que había decidido continuar la dinastía iniciada por su madre, y desde hacía años era un hecho establecido y aceptado entre las sacerdotisas que Yima la sucedería como su gobernante. Nadie lo había discutido, nadie había di sentido.

Sin embargo, parecía como si Uluye utilizara ahora su supuesta preocupación por Índigo como palanca para forzar la cuestión a la palestra al menos con dos años de adelanto con respecto a lo que habría sido de otro modo. Era como si la imperfección de Índigo —si es que en realidad ésta poseía tal imperfección— no fuera más que una excusa para que Uluye adelantara la fecha de la ceremonia. ¿Por qué, se preguntó la sacerdotisa, se había convertido de improviso la cuestión de la iniciación final de Yima en algo ¡ tan urgente para la Suma Sacerdotisa? ! Creía conocer la respuesta a esa pregunta, al menos en esencia. Acababa de verla en los ojos de Uluye, en la crispación de sus labios y en la anormal rigidez de sus hombros. Uluye estaba preocupada; preocupada porque algún factor nuevo e imprevisto amenazara sus planes, socavara su autoridad y la debilitara. Y ese factor era Índigo. Gruñendo a causa del esfuerzo, Shalune se incorporó y, todavía con el camisón puesto, arrastró los pies en dirección a la cortina que cubría la entrada. El olor a comida empezaba a elevarse en el aire, señal inequívoca de que la ciudadela se despertaba, y el aire resultaba ya achicharrante mientras el sol se elevaba por encima de las copas e los árboles. ¿Qué había percibido Uluye en Índigo que la misma había pasado por alto? ¿Existía algo allí, algún poder, alguna fuerza perjudicial, o no sería acaso que Uluye empezaba perder la cabeza y a ver husku por todas partes? Fuera cual fuera la verdad, empezaban a sembrarse las semillas, y la cosecha no presagiaba nada bueno para alguien.

Al escuchar unas pisadas en la repisa a la que se abría la puerta de su cueva, Shalune atisbo por una esquina de la cortina y descubrió a Yima que se acercaba.

La muchacha la vio, se detuvo y le dedicó una inclinación.

—Shalune..., mi madre me ha ordenado que te traiga el irro.

—Ah, sí; el irro. —Se percibía un toque de ironía en la voz de Shalune mientras tomaba las hierbas y las sopesaba en las manos. Había sólo unas pocas raíces; no mucho para media noche de búsqueda—. Gracias, Yima. Yima vaciló; luego enrojeció profundamente y musitó: —Yo debería darte las gracias a ti. ¡Y te las doy..., te las doy desde lo más profundo de mi corazón!

—Puede que no resulte tan fácil la próxima vez —dijo Shalune mirándola con sagacidad—. Pero haré lo que pueda. Será mejor que te vayas ahora; tu madre tendrá sin duda tareas para ti.

Yima asintió y se alejó apresuradamente bajo la mirada penetrante de Shalune. La visita de la joven le había servido de recordatorio de que había que tener en cuenta aún otra complicación, y una sobre la que debía meditar con cuidado. Esperaba que la muchacha no cometería ningún error, que no se le escaparía nada en el oído equivocado o se dejaría ver en un momento inoportuno. Uluye ya había realizado una pregunta enigmática, y cualquier cosa que despertara sus sospechas podía conducir al desastre.

Shalune volvió a retirarse al interior de la cueva. Atención, pensó; atención cuidadosa debía ser su consigna ahora. De lo contrario, y a juzgar por la nueva preocupación de Uluye, sus propios planes podrían estar en peligro...

CAPÍTULO 9

Durante los dos días siguientes, Shalune hizo lo que Ulule había ordenado. Ignorante de lo que sobre ella se había discutido, Índigo se sintió sorprendida y un poco fastidiada al encontrarse con que, excepto cuando comía o dormía, apenas si podía perder de vista a Shalune, pero disimuló su irritación, porque cada vez le gustaba más Shalune, y creía que su comportamiento se debía a la bondad y al anhelo por fomentar aún más su creciente amistad. Si Uluye esperaba que su subordinada le presentara un informe enseguida, su esperanza se vio pronto defraudada. Shalune no descubrió nada extraño. No se produjeron nuevos trances inesperados, ni pérdidas de memoria; nada digno de más profunda investigación; y esto sólo sirvió para reforzar la sospecha de la rechoncha sacerdotisa de que la cuestión de la tara era una estratagema deliberada para despistar, y que Uluye organizaba algo más tortuoso de lo que imaginaba.

Durante la luna menguante la ciudadela mostró la calma acostumbrada en aquellas épocas; durante esta fase de la luna vagabundeaban menos espíritus y seres siniestros y también venían menos personas hasta el farallón con sus ofrendas y peticiones, de modo que, a excepción del acostumbrado ritual nocturno de patrullar la orilla del lago, las sacerdotisas tenían poco que hacer apañe de ocuparse de las cuestiones domésticas. Esta pausa en la actividad fue todo un alivio para Índigo, pues le permitió sumergirse en cuestiones domésticas y apartar de la mente los horrores presenciados durante la Noche de los Antepasados y sus secuelas. No se repitieron las pesadillas; pero, dos noches después de la ceremonia de la luna llena, ocurrió algo que hizo añicos su recién encontrada tranquilidad mental.

Era muy tarde, y Shalune se disponía a abandonar el aposento de Índigo tras pasar una productiva velada instruyéndola en algunas de las particularidades de la lengua de la Isla Tenebrosa. Cuando levantaba la cortina para acompañar a su invitada al exterior, Índigo se detuvo al percibir un movimiento en la orilla del lago a sus pies. El firmamento estaba salpicado de nubes, con lo que la luz de la luna se filtraba por entre una fina neblina, pero se podían distinguir dos figuras encorvadas junto al agua, que avanzaban desde el bosque en dirección a la arenosa plazoleta que se extendía al pie del zigurat. El cadáver de la asesina seguía junto al lago colgado de la estructura de madera, lo que hizo que Índigo se preguntara si estos visitantes furtivos no serían quizá parientes de la difunta, que venían a llevarse el cuerpo y a proporcionarle el débil consuelo de un entierro decente. Pero entonces Grimya gruñó de improviso, y Shalune tiró con fuerza del brazo de Índigo.

—Regresa al interior de la cueva. —Tenía los ojos clavados en la plaza y su susurro sonó gutural y apremiante—. Rápido y en silencio.