—Si lo intentaras ahora —continuó Grimya tímidamente—, ¿crees que podrías volver a convertirte en lobo?
¿Podría? Incluso los medios que utilizaba para extraer el poder de su subconsciente no eran ahora más que un nebuloso recuerdo. Seguro que podría recordarlos con un esfuerzo de concentración; pero ¿seguiría funcionando?
Creía conocer la respuesta a tal pregunta, y Grimya la leyó en sus ojos cuando sus miradas se cruzaron.
—Me pa... rece —dijo la loba sabiamente— que a lo mejor lo has dejado atrás, igual que un cachorro deja atrás sus ruidosos juegos cuando ya no los necesita para aprender. Convertirte en lobo te ayudó al principio; y en especial te ayudó cuando necesitaste escapar, huir del peligro. Pero ahora posees armas diferentes, armas más fuertes y mejores, y ya no necesitas huir. ¿De qué te puede servir ahora convertirte en lobo?
Índigo no respondió inmediatamente sino que se levantó y se dirigió a la entrada de la cueva, sintiéndose sofocada y necesitada de aire fresco. En el exterior la noche estaba en calma y el lago, envuelto en niebla. No soplaba la menor brisa. Tragó saliva y le pareció como si la garganta se le contrajera. Intuía que Grimya tenía razón; aquellos días habían desaparecido para siempre, y el antiguo ¡poder con ellos. Pero ¿qué había ocupado su lugar?, se preguntó. «Armas más fuertes y mejores», acababa de decir Grimya. No obstante, ¿de qué le servían si no sabía cómo utilizarlas?
—Quizá ya están demostrando su valía, Índigo —dijo Grimya, leyendo sus pensamientos—. Por ejemplo, ¿no ¡te has preguntado por qué, desde que llegamos aquí, no hemos en... centrado la menor señal de Némesis? Índigo se volvió rápidamente, sintiendo un familiar escalofrío en lo más profundo de su ser, como si una daga de hielo le hubiera atravesado el corazón en el mismo instante en que Grimya pronunciaba el nombre que la muchacha aborrecía más que cualquier otro en el mundo: Némesis. Podía muy bien llamar a la criatura de ojos y lengua plateada su demonio personal, pues había surgido de su propia
psiquis, como la encarnación de la parte oscura de su alma.
Némesis le había seguido los pasos desde el día en que había abandonado su país cincuenta años atrás, y su único objetivo —de hecho la única razón de su existencia—era hacerla fracasar en su empresa. A dondequiera que fuera ligo, en todas partes y a la vuelta de cada esquina, allí la esperaba Némesis para engañarla, confundirla, conseguir atraerla hacia el fracaso y el desastre; y, a medida que se acercaba más al demonio correspondiente, Némesis descubría burlonamente su presencia mediante la única señal por la que siempre podría reconocerla: el color plata. Hasta ahora...
Comprendió que Grimya volvía a tener razón. Había encontrado el escondite del siguiente demonio, y, por primera vez desde el inicio de su búsqueda, Némesis no había hecho acto de presencia.
—Cr... eo —agregó Grimya— que a lo mejor Némesis te Atiene miedo ahora.
Índigo titubeó y se volvió una vez más para contemplar la tranquila y pegajosa noche. Por un instante, las palabras de Grimya habían encendido una chispa vehemente, pero ésta se apagó nada más encenderse. Conocía demasiado bien a Némesis.
Sonrió con tristeza, sin dejar que la loba viera su expresión, y respondió:
—Si eso fuera cierto, Grimya, dormiría mucho mejor esta noche.
Más tarde, con las lámparas apagadas y sólo la luz difusa de la luna filtrándose a través de la cortina para mitigar la oscuridad de la noche, Índigo escuchaba el respirar uniforme de Grimya, dormida en el suelo a sus pies, y daba gracias porque la conversación hubiera terminado donde lo había hecho. Había estado a punto de expresar en palabras aquella otra ocurrencia suya, aquella idea machacona que la atormentaba como un gusano que acechara en lo más profundo de su mente, pero finalmente decidió que era mejor no comentarla. No obstante, el no haber hablado de ella no la había borrado de sus pensamientos, y ahora, mientras empezaba a flotar hacia la frontera del sueño, volvía a surgir, silenciosa, con suavidad, insinuante.
La Dama Ancestral, la Reina de los Muertos, ¿existía en realidad? Uluye y sus sacerdotisas creían en ella; incluso la prosaica Shalune creía en ella. La Reina de los Muertos. Esta noche había visto cómo los hushu, los seres sin alma, venían a buscar a un nuevo converso a sus filas. Los hushu, según palabras de Shalune, eran seres expulsados del reino de la Dama Ancestral; pero ¿qué sucedía con los otros, con aquellos cuyas almas se suponía que la Dama Ancestral hacía suyas? También los había visto durante la Noche de los Antepasados, saliendo del lago para reunirse por un breve espacio de tiempo con sus seres queridos. Y, justo antes de caer en el trance del oráculo, había visto a Fenran entre ellos...
Se dio la vuelta sobre el lecho y ocultó el rostro en el pliegue de un brazo. Intentó deshacerse de la idea, pero era ya demasiado fuerte para que pudiera
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resistirse: Fenran, entre los difuntos que habitaban el reino de la Dama Ancestral. Pero él no estaba muerto. Se encontraba en el limbo. Eso era lo que ella creía. Siempre lo había creído, pues, sin esta creencia, no podía existir esperanza de encontrarlo otra vez y, sin esperanza, no podía existir determinación, ni objetivo: nada. Pese a ello, lo había visto; andando con los muertos, moviéndose entre ellos... No podía ser verdad. No tenía que ser verdad.
Se mordió los nudillos mientras las lágrimas empezaban a manar sin control de sus ojos. Sabía que, en lo más profundo de su ser, su fe seguía incólume y que todavía creía que lo presenciado en el lago había sido una cruel ilusión, tal vez un guante arrojado para desafiarla y atraerla, una broma malévola del demonio. Pero se habían sembrado las diminutas semillas de la duda, y no existía más que una forma de impedir que arraigaran: debía encontrar el portal que comunicaba los mundos de la vida y de la muerte; debía abrir la puerta y enfrentarse a su guardiana, tanto si era una diosa como un demonio, y averiguar por sí misma la verdad.
Y estaba asustada, muy, muy asustada, de lo que podría encontrar.
CAPÍTULO 10
Grimya despertó temprano a la mañana siguiente, cuando las primeras luces que anteceden al alba apenas si empellaban a iluminar el cielo por el este, Índigo dormía aun, en lugar de aguardar a que despertara, la loba decidió salir un rato al exterior antes de que el sol se alzara en él horizonte y el achicharrante calor resultara insoportable. Se escurrió por debajo de la cortina y descendió en silencio la zigzagueante escalera en dirección a la base del farallón. Al acercarse al redondel de arena se detuvo, recordando a los hushu que se habían acercado a la orilla del lago la noche anterior, pero se dijo que no era muy probable que tales horrores se acercaran a la ciudadela a esta hora. Además, ¿qué amenaza podían significar para ella? Nada tenía que temer de ellos.
De todos modos, evitó el armazón de madera, que ahora estaba vacío y abandonado en la arena, y se dispuso a rodear el lago en dirección contraria a aquella que habían tomado los dos hushu y su nueva discípula al marcharse. Iniciando un trotecillo —un ritmo que podía mantener durante horas seguidas, si era necesario— abrió los sentidos físicos y mentales a los sonidos y olores del bosque que empezaba a despertar, y, arrugando el hocico, lamió con la lengua la húmeda y fresca atmósfera. Sombras y siluetas iban tomando forma y surgiendo de entre la oscuridad, y el sendero que circundaba el lago era una nítida cinta pálida delante de ella; notó cómo sus músculos se relajaban, y agitó la cola satisfecha mientras seguía rodeando el lago.