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Había completado medio circuito, y el zigurat era una vaga silueta que se alzaba al otro lado del agua, cuando algo se movió entre los árboles que bordeaban el sendero. Grimya se detuvo al instante, echando las orejas hacia el frente mientras giraba en dirección al lugar del que había surgido el ruido. Un animal del bosque, pensó, y uno grande... De improviso la suave brisa cambió de dirección, y su nariz distinguió el inconfundible sabor del olor humano.

El recuerdo de los hushu inundó al momento la mente de Grimya, y todo el pelaje del lomo se le erizó violentamente; pero entonces se le ocurrió que aunque, por fortuna, no había estado nunca lo bastante cerca de un hushu como para percibir su olor, seguramente no olería igual que un humano vivo. Además su fino olfato había captado un efluvio familiar en éste, una sugerencia de que se trataba del olor de alguien que conocía.

Una voz hendió el silencio, un rápido susurro apremiante, y la maleza volvió a crujir, más cerca del sendero ahora. Prudente, Grimya retrocedió unos pasos y se acurrucó allí donde las rizadas frondas de un macizo de helechos podían ocultarla. Escuchó nuevos susurros. Luego la luz parpadeó levemente entre las ramas, y a los pocos instantes dos figuras salían al sendero de entre los árboles.

La primera llevaba un farol que, pese a su corta mecha, arrojaba luz suficiente para que Grimya pudiera distinguir el rostro de quien lo sujetaba. Se trataba de un joven, un desconocido, vestido con unos amplios pantalones de tela multicolor que le llegaban hasta las rodillas y un amplio cinturón de cuero del que pendían un machete y una larga funda de puñal. Alrededor de la frente llevaba otra tira de cuero, y la gran cantidad de figuritas de hueso y madera que la decoraban lo señalaban como alguien acaudalado; el hijo, quizá, de un comerciante o maderero de buena situación económica.

Al llegar al sendero, el joven extendió una mano como para ayudar a alguien, y entonces la segunda figura surgió del bosque. Desde su escondite, Grimya abrió de par en par los ojos, asombrada al reconocer en ella a la hija de Uluye, Yima. A la luz del farol, mientras el muchacho la atraía hacia él, el rostro de Yima aparecía rojo de exaltación, y sus ojos brillaban igual que los de un gato en la penumbra.

¡El joven depositó el farol en el suelo y ambos se abrazaron con fuerza. Cuando por fin Yima se separó, no sin cierta reluctancia, Grimya oyó cómo su acompañante musitaba algo; no consiguió distinguir las palabras, pero la respuesta de la muchacha fue clara y categórica.

—No..., es un riesgo demasiado grande. Vete ahora. Por favor.

—Alzó una mano para acariciar el rostro de él con suavidad, casi con timidez, y luego se inclinó hacia adelante para besarlo prolongadamente por última vez. Sintiendo que irrumpía en una situación muy personal, ¿ la loba intentó encogerse aún más bajo la maleza, a la vez que giraba la cabeza para no mirar. Escuchó nuevos susurros, y oyó cómo Yima repetía: «No, mi amor, no», seguido del crujido de las hojas producido por el joven al alejarse.

La débil luz del farol se desvaneció, y, cuando la loba volvió a levantar la cabeza, vio a Yima sola en el sendero.

Durante casi un minuto la muchacha permaneció inmóvil, contemplando cómo él se perdía en el bosque; después, con un ligero escalofrío, se dio la vuelta y empezó a correr sin hacer ruido en dirección a la ciudadela.

Grimya aguardó hasta que estuvo a unos dos metros delante de ella, y luego la siguió. Al llegar junto al redondel de arena, Yima se detuvo, miró con atención a lo alto del farallón en busca de alguna señal de movimiento, y se desvió hacia el lago. Se detuvo a la orilla del agua; deslizándose lo más cerca posible, la loba la vio acuclillarse y echarse agua en el rostro y las manos antes de deshacer rápida y furtivamente sus largas trenzas y empapar los cabellos en el agua. Grimya se acercó todavía más, curiosa, y apenas si estaba a unos pocos pasos de la joven cuando un guijarro rodó bajo sus patas. Yima se incorporó de un salto como si le hubieran aplicado una tea ardiendo. Durante unos segundos su rostro mostró un horror infinito, pero no tardó en tranquilizarse con una exclamación ahogada cuando el alivio vino a reemplazar al espanto.

¡Grimya! ¡Oh, qué susto me has dado!

La loba parpadeó, se lamió el hocico y agitó la cola a modo de disculpa. Yima

volvió a ponerse en cuclillas y extendió una mano en dirección a ella.

—¿Qué haces por ahí a una hora tan temprana? —Su rostro se ensombreció de inquietud—. No me seguiste, ¿verdad? —Grimya le lamió la mano, y ella se echó a reír, aunque con nerviosismo—. No, no lo creo; y, de todos modos, tú no me traicionarías, ¿verdad? No se lo dirías ni aunque pudieses. —Levantando los brazos, empezó a retorcer los mojados cabellos—. Tengo que hacerlo, ¿sabes? Ahora, si alguien me pregunta por qué estoy levantada, puedo decir que salí temprano a lavarme en el lago, y mi madre no sospechará nada raro.

Grimya se dio cuenta de que la muchacha hablaba por efecto de la desesperación, por una imperiosa necesidad de liberar las emociones contenidas. La loba era una confidente segura, pues Yima creía que no era capaz de comprender las palabras que ansiaban salir de su interior. La muchacha se sentó sobre los talones, abrazándose a sí misma como si intentara revivir el recuerdo del abrazo de su amante.

—¡Oh, Grimya, lo amo tanto! —musitó, levantando los ojos hacia el cielo cada vez más iluminado—. De veras. —Había tal tristeza en su voz que Grimya lloriqueó para indicar su solidaridad, y Yima volvió a clavar los ojos en ella—. Casi podría creer que entiendes lo que te digo. Pero no es así, ¿verdad? —Con suavidad ahora extendió una mano y acarició la cabeza de la loba—. Nadie sabe lo nuestro... Bien, sólo una persona lo sabe, y no creo que ni siquiera el lo comprenda. —Se puso en pie—. El sol empieza a salir. Pronto estarán todas despiertas. Debo regresar y convertirme otra vez en la obediente hija y sacerdotisa. —Sonrió a Grimya, aunque fue una media sonrisa apenada—. Guarda mi secreto, ¿eh?

Grimya contempló cómo la muchacha corría hacia la escalera. Estaba anonadada por lo que acababa de presenciar. La sumisa Yima, la jovencita obediente que jamás hacía preguntas, ¿cuánto tiempo llevaba encontrándose con su amante secreto?, se preguntó la loba. ¿Y cómo había conseguido ocultar la relación a los agudos ojos y oídos de su madre? Grimya sabía qué era lo que Uluye planeaba para su hija y podía imaginar muy bien la ferocidad de su cólera si averiguaba lo que sucedía.

«Yima debe de esconder un gran valor bajo su dócil aspecto externo», pensó la loba. Y alguien de la ciudadela la ayudaba. Grimya creía saber de quién podía tratarse, y decidió contárselo a Índigo en cuanto le fuera posible. Quizás ellas dos también pudieran ayudarla de alguna forma. Así lo esperaba, pues le gustaba Yima y, ahora que sabía la verdad, la compadecía. ¿Por qué no podía ser libre la muchacha para escoger el tipo de vida que quería? ¿Por qué tenía que controlarla Uluye, de la misma forma en que parecía controlar a todos y todo en este lugar? Aunque Grimya se daba cuenta de que era un pensamiento indigno, le producía satisfacción pensar en conseguir vencer a la Suma Sacerdotisa, por más que fuera en algo de poca importancia, pues la loba no le perdonaba la forma en que imponía su influencia sobre Índigo. Sería, pensó, una forma de reequilibrar la balanza.