Era, incluso desde lejos, Grimya pudo distinguir cómo el familiar brillo fanático regresaba a sus ojos—. Dime.
—¿De qué hablas?
La boca de la Suma Sacerdotisa se crispó hasta formar ! una fina línea desagradable.
—No finjas conmigo, Shalune. No lo toleraré. ¿Cuál fue el mensaje de la Dama Ancestral? .
Maldita sea, no hubo mensaje —contestó la otra, furiosa—. ¡Ya te lo he dicho! ¡Se estaba asfixiando! Uluye siguió mirándola con expresión suspicaz durante unos instantes; luego volvió a mirar a Índigo. —¿Dices que ahora está inconsciente? —Puedes verlo por ti misma —soltó Shalune. —¿Podría estar todavía en trance? —inquirió Uluye, haciendo caso omiso de su tono de voz.
Shalune se quedó mirándola con algo parecido a la incredulidad.
—¿Es eso todo lo que te importa? ¡Te repito, Uluye, que Índigo podría haber muerto! ¿No es eso un poquitín más importante que saber si está o no todavía en trance?
Uluye abrió la boca para replicar pero de improviso se dio cuenta de la presencia de Yima, que permanecía inmóvil al otro extremo de la cama, contemplándolas a ambas boquiabierta. La Suma Sacerdotisa alzó la cabeza. — Déjanos, Yima.
—Permite que se quede —terció Shalune—. Podría necesitar... —Ahora, Yima —la cortó Uluye.
—Sí, madre. —El rostro de Yima se puso rojo como la grana; sin mirar a Shalune, la joven abandonó a toda prisa la cueva.
—Bien —empezó Uluye con tono mordaz cuando Yima se hubo marchado—, quiero dejar una cosa muy clara contigo, Shalune. Cuando hago una pregunta, espero... —Se interrumpió, y las dos mujeres volvieron la mirada rápidamente hacia la cama.
Índigo había proferido un sonido. No fue exactamente una palabra sino una larga sílaba exhalada. Podría haber estado intentando decir: «Tú...» o «Tú has...». Para la vivida imaginación de la Suma Sacerdotisa, la palabra podría haber sido: «Uluye».
—¡Oráculo! —Uluye se precipitó hacia ella y, adoptando junto al lecho una posición acuclillada propia de un animal de presa, aferró el fláccido brazo de Índigo—. ¡Habla, oráculo! Estoy aquí, te escucho. ¿Qué desea de mí la Dama Ancestral?
—No está en condiciones. Déjala —dijo Shalune, enojada; dio un paso al frente con la intención de apartar a Uluye.
En ese instante, los ojos de Índigo se abrieron de par en par.
—Ven a mí. —No era su voz, aunque poseía su inflexión y acento. Los ojos azul-violeta se clavaron en la mirada extraviada de Uluye, y a ésta le pareció que los iris de Índigo estaban rodeados por una refulgente corona plateada—. Ven a mí, ¿Te atreves? Entonces ven a mí.
Shalune retrocedió, profiriendo una exclamación ahogada, y chocó contra Grimya, que se había adelantado al oír hablar a Índigo. Shalune sujetó a la loba por el pelaje del cuello, frenándola mientras Uluye se inclinaba todavía más sobre la cama.
—¡Señora, te escucho! ¡Te escucho, pero no comprendo!
Los terribles ojos desconocidos siguieron clavados en los de ella, y la voz que no era la de Índigo siguió:
—Pronto. ¡Oh, sí, muy pronto! Té atreverás. Sé que te atreverás.
Como la rápida caída de un telón, la corona plateada se desvaneció, Índigo arrugó ligeramente la frente intentando sin éxito enfocar el rostro de Uluye que se alzaba ante ella. Luego volvió la cabeza unos milímetros y dijo con voz perpleja pero totalmente naturaclass="underline" «¿Grimya...?». Y, acto seguido, sus ojos se cerraron y empezó a respirar tranquila y suavemente.
Shalune se acercó a la cama muy despacio y la contempló con atención.
—Duerme —anunció, incrédula.
Uluye se puso en pie, con los ojos clavados todavía en el rostro de Índigo.
—¿Duerme? —Parecía aturdida.
—Sí; mírala. Duerme tan pacíficamente como una criatura a la que acaban de amamantar. Uluye no parecía muy dispuesta a dejarse convencer, pero al cabo cedió y se alejó de la cama. Durante unos momentos reinó el silencio.
—Trae a alguien que le haga compañía —ordenó Uluye al fin—. Quiero hablar contigo en mi aposento.
Shalune ya esperaba algo así, de modo que asintió con la cabeza al tiempo que contestaba:
—Haré que Inuss cuide de ella. Pero, si despierta, quiero verla al instante.
—Sí, sí —concedió Uluye con un gesto impaciente de Una de sus manos—. No pierdas tiempo. ¡! Sin dedicar siquiera una mirada a Grimya, abandonó la cueva a grandes zancadas, dejando a Shalune que la siguiera. Grimya lanzó un gañido ahogado, cuando vio que la gruesa sacerdotisa se disponía a abandonar la habitación. Shalune se detuvo y volvió la cabeza.
—Se encuentra bien ahora, Grimya —dijo con dulzura—. ¡ Inuss es una buena curandera. Sabrá si soy necesaria y mandará a buscarme.
Grimya reprimió un nuevo gañido, y Shalune sonrió, pensando —no por primera vez— que la loba parecía poseer un misterioso poder de comprensión. Luego, también ella se marchó, dejando a Grimya sola con Índigo.
La loba se acercó despacio al lecho y contempló a su amiga un buen rato. Tal y como había dicho la sacerdotisa, Índigo parecía dormir de forma tranquila y natural, pero la loba estaba muy inquieta. Había visto los ojos de Índigo cuando ésta los abrió, antes de que Uluye se in diñara sobre ella y la ocultara a sus ojos. Había visto el destello plateado. Y el color plata, como Grimya sabía muy bien, era la señal de la presencia de Némesis.
Sonaron pasos en el exterior, y la cortina se hizo a un lado una vez más para dejar entrar a Inuss, una joven sacerdotisa a quien Shalune adiestraba en las artes curativas. Inuss vio a Grimya y le dedicó una débil sonrisa.
—¡Chisst! ¿Qué haces aquí? —Poseía una agradable voz ronca que a Grimya le resultaba a la vez calmante y tranquilizadora—. Tu dueña duerme ahora. Tú también deberías dormir, ¿eh?
Resignándose, la loba se encaminó al otro extremo de la cueva, donde se dejó caer en el suelo con el hocico sobre las patas delanteras. Inuss dedicó una rápida mirada a Índigo para convencerse de que todo iba bien, y se acomodó en una silla. Había traído su sistro con ella; colocó el instrumento sobre su regazo y empezó a murmurar lo que Grimya pensó que eran unas plegarias, agitando el sistro de vez en cuando a modo de acompañamiento. El sordo zumbido de su voz resultaba soporífico; la loba parpadeó y, con un bostezo, cambió a una posición más cómoda.
Al poco rato, también ella dormía.
CAPÍTULO 11
Los aposentos de Uluye se encontraban en el segundo nivel de la ciudadela. Tal y como correspondía a la Suma Sacerdotisa del culto, la cueva en la que se alojaba era mayor que las demás a excepción de la del oráculo, y su entrada se adornaba con símbolos y sigilos tallados en la piedra. Shalune echó una ojeada a estos adornos mientras se acercaba a la cueva, y leyó los familiares mensajes que, al igual que en la cueva del oráculo un nivel más arriba, proclamaban sacrosantos el lugar y a su ocupante y prohibían la entrada a personas no autorizadas. La sacerdotisa arrugó el labio superior en una apenas perceptible mueca despectiva ante la arrogancia de Uluye al colocarse al mismo nivel que el oráculo, y, haciendo caso omiso del protocolo que la obligaba a solicitar mansamente autorización para entrar, apartó a un lado la cortina y penetró en el interior.
Uluye la esperaba sentada en un sillón lleno de adornos... y, detrás de ella, con los músculos de la cara rígidos y los ojos llenos de desdicha, se encontraba Yima. Shalune supo al instante el significado de la presencia de la joven allí, y se le cayó el alma a los pies. Desvió los ojos para evitar la mirada implorante que le dirigía Yima desde detrás de su madre, y realizó una precipitada reverencia. — ¿Cómo está? —Los ojos de Uluye relucían en la relativa penumbra de la cueva. —Durmiendo, como antes. No creo que despierte hasta pasado un buen rato, pero he ordenado a Inuss que me avise si se produce algún cambio. —Uluye no le había ofrecido asiento, pero Shalune se sentó de todas formas.