Uluye cruzó las manos con un gesto lento y deliberado.
—He contado a Yima el mensaje que nos ha transmitido la Dama Ancestral — dijo, y sus ojos se clavaron atentamente en los de Shalune—. También tú, supongo, oíste las palabras del oráculo...
—Sí —respondió la mujer, teniendo buen cuidado de no mirar a Yima—. Las oí.
—No puede haber la menor duda sobre lo que quiere de nosotras la Dama Ancestral —siguió Uluye—. Así pues, no debemos perder tiempo, Shalune. La ceremonia de iniciación de Yima debe celebrarse lo antes posible.
Shalune se contempló las manos que tenía apoyadas sobre las rodillas durante unos segundos, sin decir nada.
—Ya veo —dijo al fin levantando la mirada—. ¿Estás segura, Uluye? ¿Segura, quiero decir, de que Yima está preparada? —Ahora sí que se atrevió a dirigir una mirada a la joven, pero fue muy breve y sin revelar nada.
—Aunque no estuviera muy segura..., y me permito dar por sentado que conozco lo suficiente a mi propia hija, está claro que la Dama Ancestral sí lo está. ¿Puedes acaso poner en duda su mensaje? —Uluye sonreía con total confianza en sí misma.
—No —se vio obligada a admitir Shalune; podía desear que el oráculo no
hubiese hablado, pero no podía dudar de su validez ni dar a sus palabras ninguna otra interpretación—. No puedo.
—Entonces ¿debo entender que no tienes ninguna objeción? —Su tono de voz sugería que cualquier disensión no sería bien recibida.
Shalune no podía disimular sin despertar sospechas, y eso era algo a lo que no se podía arriesgar. Intentando mantener una voz ecuánime, respondió:
—Ninguna en absoluto.
—Me alegro de oírlo. Bien; la luna está en cuarto menguante, y desde luego esto no resulta propicio, pero la llegada de la luna nueva coincidirá con un momento de augurios favorables. Realizaré las adivinaciones pertinentes y, si todo va bien, la ceremonia se celebrará la primera noche después de la luna negra.
Por fortuna, Uluye estaba demasiado absorta en sus propios pensamientos para oír la exclamación ahogada de Yima. Shalune lanzó a la muchacha una furiosa mirada de advertencia y dijo con cautela:
—¿La primera noche después de la luna negra? Esto es muy precipitado, Uluye.
—¿Intentas decirme que no eres capaz de efectuar los preparativos a tiempo?
—No, no. Ése no es el problema. Pensaba en Índigo. Yima puede que esté preparada, pero ¿lo estará Índigo?
—Su única obligación será actuar como escolta de Yima; no tiene que hacer nada más. Además —un pequeño gesto subrepticio transmitió una clara advertencia a Shalune para que hablara con cuidado en presencia de Yima—, estoy segura de que no tengo que recordarte nuestra reciente discusión, en especial en vista de lo sucedido esta mañana.
Así pues había decidido poner a prueba a Índigo. Shalune no se sorprendió, aunque no le gustaba lo más mínimo la perspectiva. Se pasó la lengua por los labios.
—No me gusta, Uluye; no tan pronto. Apenas si hemos tenido tiempo de emitir un juicio...
—Eso ya no viene al caso. La Dama Ancestral nos ha dado a conocer sus deseos, y es nuestro deber obedecer. Será ella el juez de Índigo. Ésa es su voluntad; eso ha quedado claro.
Uluye se puso en pie bruscamente, como una clara indicación de que había dado sus instrucciones y por lo tanto consideraba improcedente seguir discutiendo el tema.
—Se convocará una asamblea de todas las sacerdotisas esta misma tarde y en su transcurso informaré a la ciudadela de mi decisión. Entretanto, te dejo a ti el informar a Índigo y detallarle todo lo que tendrá que hacer. Si desea hacerme alguna pregunta, estaré a su disposición.
Se trataba de una despedida, y no había nada que Shalune pudiera decir. Se despidió, hizo una reverencia y abandonó la cueva. Salió al abrasador calor y resplandor del sol, y empezó a recorrer el saliente rocoso; a mitad de camino se detuvo y levantó la vista hacia el nivel más alto del sistema de cuevas. Sentía el impulso de correr escalera arriba hasta la cueva de Índigo, reunirse con Inuss y hablar con ella de inmediato, pero un instinto más profundo la advertía que no se precipitara. Debía tomar las cosas con calma para pensar con claridad y lógica antes de realizar ningún movimiento. Se veía obligada a cambiar toda su estrategia ahora, y eso significaba la necesidad de una planificación cuidadosa y detallada. Dedicaría una hora a concentrarse y ordenar las ideas. Entonces hablaría con Inuss; no antes. Era lo más seguro.
Recorrió el trecho que quedaba de saliente y se dirigió hacia el siguiente tramo de escaleras descendentes. Se encontraba casi al final cuando, por encima de su cabeza, una voz siseó su nombre; alzó la mirada y vio a Yima en el nivel que acababa de abandonar. La muchacha realizó unos gestos apremiantes; la gruesa sacerdotisa miró abajo, y luego paseó la mirada por toda la extensión de la repisa en la que se encontraba. No se veía a nadie. Asintió rápidamente y le indicó que descendiera.
Las dos mujeres se colocaron a la sombra de una de las toscas columnas que formaban el empalme de la escalera. Se estaba más fresco aquí y, lo que era más importante, no era muy probable que nadie que atravesara los niveles superior o inferior las descubriera. Yima agarró la mano de Shalune y la apretó con fuerza, jadeando para recobrar el aliento perdido mientras corría a pleno sol.
—Shalune... ¡oh, Shalune! ¿Qué voy a hacer?
—Tranquilízate. —La sacerdotisa consiguió liberar los dedos y posó una mano sobre el hombro de Yima para detener sus temblores—. No servirá de nada perder el control. Hemos de pensar antes de actuar.
—¡Pero hay tan poco tiempo! No faltan más que nueve o diez días para la luna negra, y jamás convenceremos a mi madre para que me conceda más tiempo. Ya sabes cómo es... Cuando se le mete una idea en la cabeza, no hay forma de hacerla cambiar.
—Lo sé, criatura, lo sé. —Shalune tenía el entrecejo fruncido, en un gesto de profunda reflexión. —¡En cuanto tenga lugar la ceremonia, estaré perdida!— continuó Yima, a punto ahora de estallar en llanto— ¡No puedo dejar que suceda, Shalune, ¡no puedo! Tendré que escapar. Tendré que huir de la ciudadela... — Eso es imposible —la interrumpió Shalune, categórica—. Tu madre descubriría tu ausencia enseguida y ordenaría la búsqueda. No descansaría hasta que te encontraran. Tiene que existir una solución mejor.
—Pero ¿cuál? —Yima cerró los ojos con fuerza durante unos instantes; luego los volvió a abrir rápidamente—. Podría fingir estar enferma. Mejor aún, podría ponerme enferma. Eres nuestra mejor curandera, Shalune. Sin duda podrías darme una poción que me produjera fiebre y forzar así que la iniciación se
retrasase...
—Es posible —concedió Shalune con cierta reserva— Pero se trata de una opción que preferiría no tomar a menos que todo lo otro fracase.
—Al menos nos concedería más tiempo. , —Cierto, pero no estoy ansiosa por arriesgar tu seguridad. No se puede jugar con las hierbas de la fiebre, y algo ¿podría salir mal. —Shalune alzó una mano para acallar a Yima, al ver que ésta parecía querer protestar—. No, escúchame. Hablaré con Inuss. Puede que aún podamos estar listas a tiempo para aceptar el plan de tu madre, y, si eso es posible, es nuestra mejor solución. —Es peligroso, Shalune —protestó Yima, no muy feliz con la sugerencia—. Te pondrás en peligro, y no quiero que hagas eso por mí.