Seguía existiendo algo extraño en su voz, y la convicción de Índigo de que
Shalune le ocultaba la verdad —o al menos parte de ella— se reforzó. Tanteando con suavidad, inquirió:
—¿Has estado alguna vez ahí, Shalune? ¿En el reino de la Dama Ancestral?
—¡Oh, no! —La mujer sacudió la cabeza con energía—. Sólo nuestra futura Suma Sacerdotisa y sus valedoras efectúan el viaje a través del Pozo. De hecho, las dos valedoras de Uluye murieron ya, de modo que ella es la única persona viva que ha visto el rostro de la Dama Ancestral. —¿La candidata va acompañada por valedoras? —Sí. Tienen que ir dos personas con ella y presentarla ceremoniosamente.
Shalune hizo una pausa. Había conseguido, con gran alivio por su parte, desviar las sospechas de Índigo sobre sus propias dudas —aquel breve lapso había sido un desliz estúpido, se dijo con severidad—, pero Índigo había sacado a colación otro tema, que Shalune esperaba abordar con más suavidad y más adelante. No obstante, ahora que la puerta estaba abierta, quizá debería acabar con él.
—Hay algo —dijo, juntando las puntas de los dedos y clavando la vista en ellas— que deberías saber ahora, Índigo. Sobre las valedoras de la candidata.
Los ojos de la muchacha se entrecerraron ligeramente al percibir la repentina tensión en la voz de la sacerdotisa.
—¿Qué es? —preguntó.
Shalune se mordisqueó el labio inferior, mostrando a las claras que no le satisfacía nada todo aquello.
—Como dije, dos personas deben acompañar a Yima en su viaje. Una la escogerá Uluye. La otra, por tradición..., es el oráculo.
Se produjo un silencio. Shalune, sin valor para mirar a Índigo a los ojos, continuó con la mirada fija en sus manos. Sin embargo, la tormenta que preveía no se desató. Esperaba que Índigo se mostrara escandalizada, asustada, que protestara furiosa; pero el silencio continuó reinando, y, cuando se atrevió a levantar los ojos, vio que Índigo seguía contemplándola con expresión firme y pensativa.
—Así pues —dijo al cabo Índigo con voz pausada—, se me enviará junto con Yima al reino de la Dama Ancestral.
Shalune asintió.
—¿Cuándo?
—Dentro de unos días. —Shalune removió los pies, incómoda—. Por lo general, una candidata no se enfrentaría a la prueba tan joven. Yima sólo tiene dieciséis años, y deberían haber transcurrido al menos otros dos años. Pero, cuando hablaste..., cuando Uluye oyó lo que decías...
—Lo interpretó como una señal por parte de la Dama Ancestral de que había llegado el momento.
—Y tú estás de acuerdo con ella.
—Sí. —El rostro de Shalune se convirtió en una máscara inescrutable—. Tal y como ya he dicho, estoy de acuerdo con ella. Se produjo otra larga pausa, hasta que Índigo preguntó, en voz muy tranquila: —¿Qué se espera que yo haga?
—¿No tienes ninguna objeción? —Shalune parpadeó sorprendida.
—No. ¿Debiera tenerlas? Me dices que por tradición es una de las funciones del oráculo, y no parece que nadie tenga la menor duda de que yo soy el oráculo. ¿Por qué tendría que objetar?
Como era lógico, Shalune no podía responder a esa pregunta, pero se sentía desconcertada por la tranquila aceptación de Índigo. Ver a la Dama Ancestral era un raro honor, que se concedía a pocos seres vivos, y anteriores oráculos habían considerado un gran privilegio poder realizar el viaje de ida y vuelta a través del Pozo. Pero Índigo no veneraba a la Dama Ancestral como habían hecho las demás. Era alguien de fuera, ni siquiera un habitante de la Isla Tenebrosa; no se la había criado ni educado en las costumbres del lugar. En cierta forma, sin saber exactamente porque, Shalune había esperado que protestada.
—¿Miedo? —La expresión de Índigo se volvió introvertida de improviso, y una sombra pareció formarse detrás de sus ojos. Guardó silencio por unos momentos, antes de responder con voz tranquila—: Sí, tengo miedo. Pero puede que no por los motivos que tú supones.
Y, en secreto, cerrando la mente incluso para Grimya, Índigo añadió para sí: «Pero tengo que vencer mi miedo; debe quedar relegado a un segundo puesto. Lo quiera o no, tengo que enfrentarme a esto... y jamás soñé que encontraría una forma de llegar hasta este demonio con tanta facilidad...».
Uluye anunció la fecha de la ceremonia de iniciación de Yima en una asamblea multitudinaria de las sacerdotisas celebrada junto al lago aquella misma tarde. La noticia se recibió con gran sorpresa, pero también con aprobación. Yima se vio abrazada, besada, mimada y felicitada, mientras su madre contemplaba con el austero orgullo del vencedor cómo se le daba la razón.
Cuando la excitación inicial empezó a apaciguarse un poco, Uluye pidió silencio, y todos los ojos se volvieron de nuevo hacia ella. Tenía, dijo, otro anuncio que realizar antes del inicio de los diez días de preparativos para la gran ocasión, y éste era la elección de las valedoras de Yima. Una, desde luego, sería el oráculo, tal como era la costumbre, y ella —en este punto Uluye lanzó una rápida mirada de reojo a Índigo, que permanecía sentada en su trono como una observadora pasiva— estaba lista y ansiosa por desempeñar su papel intercediendo ante la Dama Ancestral, Índigo inclinó la cabeza, su expresión inescrutable. Uluye frunció ligeramente el entrecejo y desvió la mirada. La segunda valedora, continuó, era una cuestión para la que había rezado en busca de orientación y también utilizado todos sus conocimientos de adivinación, y en estos momentos se sentía segura de haber efectuado la mejor y, de hecho, única
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elección posible.
—Para conducir a mi hija en su viaje al otro mundo, y para hablar en su favor ante la presencia de la Dama Ancestral que todo lo ve —anunció Uluye—, escojo a mi hermana en espíritu y estimada amiga, Shalune.
Por pura casualidad, Grimya había encontrado un lugar entre las allí reunidas que no estaba ni a dos pasos de distancia de Shalune, y por ese motivo la loba percibió con total claridad la mezcla de reacciones que parpadearon en la mente de la gruesa mujer antes de que ésta pudiera controlar sus emociones. Sorprendentemente, Shalune se sentía aliviada y horrorizada en igual medida; ambas cosas, en opinión de la loba, emociones inexplicables en estas circunstancias. Despenada su curiosidad, el animal intentó penetrar más profundamente en los pensamientos de Shalune, pero su agudeza telepática no pudo avanzar más, y por otra parte, Shalune se había recuperado ya de su confusión, y la emoción quedó sepultada mientras recibía las felicitaciones de las demás sacerdotisas.
Viéndose en peligro de ser pisoteada por las mujeres que se amontonaban a su alrededor, Grimya se apartó del grupo, perpleja y pensativa. Por la fugaz ojeada a los pensamientos de Shalune parecía como si la sacerdotisa estuviera dividida entre querer —casi necesitar— ser la valedora de Yima y temer tal perspectiva con un terror que surgía de lo más profundo de su alma. No tenía sentido.
Pero la loba no tuvo tiempo de seguir adelante con sus meditaciones, pues Uluye se disponía ahora a conducir a las mujeres allí reunidas en un cántico ritual de celebración, y, en medio del conjunto de voces y del revuelo de cuerpos que se balanceaban y pies que golpeaban contra el suelo, el único pensamiento de Grimya fue mantenerse fuera del paso. Finalizado el cántico, pareció como si las formalidades hubieran finalizado. Mientras el polvo volvía a acomodarse sobre la plaza, un grupo de sacerdotisas se marchó a realizar el recorrido nocturno del lago, mientras rodeaban a Uluye para inquirir ansiosas sobre la ceremonia de iniciación y sus preparativos. La Suma Sacerdotisa se encontraba cerca de la litera de Índigo y Grimya no podía llegar junto a su amiga, así que se alejó, dejando atrás la reunión y fuera del círculo de luz de las antorchas, hacia la pared del farallón.