Выбрать главу

Se encontraba cerca del pie de las escaleras, donde tenía intención de esperar hasta que condujeran la litera de Índigo de regreso a sus aposentos, cuando una figura oscura cruzó ante ella. Grimya se quedó totalmente inmóvil al reconocer el perfil de Shalune en la penumbra. Entonces, de improviso, una segunda figura surgió de entre el grupo de mujeres y corrió a cortar el paso a la gruesa sacerdotisa. Se trataba de Yima. Shalune vaciló, y luego se volvió en el mismo instante en que la muchacha la alcanzaba. —¡Shalune! Shalune, ¿conseguiste...? —¡Chisst! —Shalune se llevó un dedo admonitorio a los labios—. ¡Aquí no..., no ahora!

—¡Pero he de saberlo! Por favor, Shalune... ¿Has hablado con ella?

No habían advertido la presencia de Grimya unos pasos más allá, y la loba permaneció inmóvil, escuchando. —Sí —oyó decir a Shalune—. He hablado con ella, y está de acuerdo en llevar adelante el plan. No me satisface demasiado, pero... lo haremos.

Yima emitió un sonido que tanto habría podido ser un jadeo como un sollozo.

—¡Oh, gracias! ¡Gracias!

¡Chisst! —repitió Shalune, con vehemencia—. No podemos hablar ahora.

—¿Pero que pasará con Tiam? ¿Qué debo hacer?

—Déjame a mí a Tiam. Yo se lo diré. Será mejor que lo haga yo, no tú, y también más fácil.

—¿Cuándo lo verás?

—Tan pronto como pueda. Mañana por la mañana temprano, quizá; siempre puedo encontrar un buen motivo para ir al bosque. Ahora... —hizo girar a Yima— ... estoy cansada y quiero dormir. Regresa con tu madre y representa tu papel. Cuando haya encontrado a Tiam y hablado con él, no te preocupes que te lo diré.

Yima se alejó, y Shalune se encaminó a la escalera, dejando a Grimya paseando la mirada de la una a la otra por turnos, toda confusa. ¿Cuál era el secreto que estas dos mujeres compartían, el plan del que habían hablado? ¿Sería Tiam el joven que había visto con Yima a la orilla del lago, el hombre al que Yima amaba? ¿Y quién era esta «ella» a la que tanto Yima como Shalune se habían referido? No se trataba de Índigo, como Grimya había supuesto en un principio, ya que Shalune había dicho: «Está de acuerdo en llevar adelante el plan». ¿Quién, pues?

La loba volvió la cabeza por encima del lomo para mirar el círculo de gente iluminado por la luz de las antorchas. Uluye seguía dando audiencia, y pasaría aún un buen rato antes de que volvieran a subir la litera farallón arriba y pudiera hablar con Índigo en privado. Decidió regresar a la cueva y esperar; y también quería vigilar el nivel en el que Shalune tenía sus aposentos. No creía que la sacerdotisa abandonara la ciudadela esta noche, pero no estaría de más estar alerta. Cuando fuera a reunirse con ese Tiam, quienquiera que fuese, tenía intención de seguirla e intentar descifrar el misterio de una vez por todas.

CAPÍTULO 12

Con la salida del sol a la mañana siguiente, los preparativos para la iniciación de Yima empezaron en serio. Índigo esperaba encontrarse con un ambiente de celebración y nerviosismo en la ciudadela, una extensión y continuación del estado de ánimo generado por el anuncio de Uluye, pero sus esperanzas no se cumplieron. En su lugar, la atmósfera predominante entre las sacerdotisas era de tensión extrema; había expectación, desde luego, pero fuertemente dominada por una poderosa sensación de opresión y un muy arraigado temor. Parecía como si las mujeres consideraran la iniciación, no sólo como una prueba para Yima, sino también, a través de ella, como una prueba de la reputación de todo el culto a los ojos de la Dama Ancestral. Si Yima fracasaba, la señora se enojaría y todos sus sirvientes padecerían las consecuencias de su cólera. Era una responsabilidad terrible para depositarla en un par de hombros jóvenes y sin experiencia, y, a medida que empezaba a darse cuenta y a comprender los riesgos que correría Yima, Índigo se veía atormentada por una conciencia culpable, pues sabía que ella misma era en gran parte responsable de la prueba a que tendría que someterse la muchacha.

Se trataba de un simple pero devastador malentendido. Cuando el oráculo fue poseído y ella había dicho: «Ven a mí», Uluye había interpretado el mensaje como una llamada a su hija y se sentía ávidamente ansiosa por obedecer. Pero Uluye estaba equivocada. La criatura que había mirado al mundo a través de los ojos de Índigo y hablado con la voz de Índigo aquella mañana no quería a Yima: quería a Índigo. La orden no había sido una llamada, sino un desafío, un reto para que recogiera el guante y se preparara para un enfrentamiento. Pero Uluye había intervenido e impuesto su propia interpretación de la declaración del oráculo y, como resultado, Yima iba a atravesarse en el camino de algo potencialmente letal.

Debería haber intentado explicarlo, se decía Índigo. Incluso aunque Uluye no aceptara su explicación —y ésta era una conclusión inevitable—, quizá podría existir alguna mínima posibilidad de persuadir a Shalune de que había malinterpretado el mensaje de la Dama Ancestral. Pero la única forma en que Índigo podía esperar hacerlo era contando a Shalune la verdad, toda la verdad, lo que significaba la totalidad de su amarga historia; y eso no podía hacerlo. No porque no pudiera soportar la idea de admitir lo que era y la naturaleza de su misión —al menos, eso se dijo a sí misma—, sino porque hacerlo sería decir a Shalune que la diosa que ella y todas las demás sacerdotisas adoraban no era una diosa, sino un demonio. Acuñando una frase de Grimya, eso sería muy similar a agitar la cola frente a un cazador armado con una ballesta; la condenarían como blasfema o algo peor, y probablemente se encontraría condenada al armazón de madera de la orilla del lago para esperar su destino a manos de los hushu. No se atrevía a hacerlo. Por más remordimientos de conciencia que tuviera, y a pesar de estar en juego la seguridad de Yima, no podía correr ese riesgo.

Además, como admitió para sí en un momento de franca lucidez, hacer cualquier cosa que pudiera retrasar o impedir la iniciación iría directamente en contra de sus intereses. Se le había concedido la providencial oportunidad de ir a buscar al demonio en su propio territorio —en realidad, daba la impresión de que era el demonio quien había ido activamente en su busca— y, por mucho que compadeciera a Yima, la compasión quedaba relegada a un lado ante sus necesidades y deseos más personales. Se daba cuenta de que sus motivos eran egoístas, pero era lo bastante honrada para reconocer que no era ninguna enaltecida idealista y jamás lo había sido. Según la escala de justicia de Índigo, el destino de Yima, quien después de todo era una ¡Verdadera desconocida, debía quedar relegado a un segundo plano en favor del suyo propio y del de Grimya. Grimya, entretanto, se veía acosada por sus propias inquietudes. Desde la noche del anuncio de Uluye, Índigo Se había mostrado distante y preocupada, y los esfuerzos ¡de la loba para sacarla de su sombrío estado de ánimo no habían surtido demasiado efecto. Grimya estaba enterada de que Índigo se había forzado a sí misma a abandonar la preocupación por el bienestar de Yima en favor de su misión y, con su acostumbrada timidez, se sentía incapaz de aumentar las preocupaciones de su amiga revelando las complicaciones de su pequeño misterio particular. Así ;pues, sintiéndose aislada y un poco abandonada, decidió averiguar todo lo posible, aunque no fuera más que para tener alguna forma en que pasar las largas y deprimentes horas en la ciudadela.