—¡No, Grimya, no! ¡Déjalo, suéltalo! ¡Corre! ¡Corre!
El hushu se quedó tumbado al borde del sendero agitando brazos y piernas violentamente. No conseguía levantarse, pues no podía coordinar sus movimientos; todo lo que podía hacer era patear y agitar los brazos, meneando la contrahecha cabeza y profiriendo sonidos guturales que resultaban a la vez lastimeros y furiosos. Grimya lo contempló horrorizada mientras sus propios sentidos regresaban como en un torbellino a la normalidad; entonces Shalune volvió a tirar de ella con renovadas energías.
—¡Grimya! ¡Vamos! ¡Corre!
Echó a correr, con Shalune junto a ella, y ambas se lanzaron sendero adelante como alma que lleva el diablo. Ninguna pensó en el peligro mientras atravesaban la plazoleta situada junto al lago en dirección a la pared del farallón, y fue sólo cuando llegaron a la escalera y Shalune se desplomó, jadeante, sobre el peldaño inferior que a Grimya se le ocurrió mirar a lo alto del zigurat que se alzaba sobre ellas. Pero no se veía resplandor de antorchas, ni se oían voces, ni aparecían figuras agitadas saliendo del entramado de cuevas. Nadie, al parecer, había oído nada extraño.
Shalune estaba caída sobre la escalera, el rostro apretado contra uno de los escalones de piedra, el pecho tembloroso mientras intentaba llenar los pulmones de aire. Grimya volvió la cabeza para mirar más allá de la plazoleta al sendero y al sombrío bosque. Sabía dónde debía de encontrarse el hushu, pero una nube se deslizaba en esos momentos por encima de la luna y no podía ver nada que se moviera. El bosque murmuraba, tan desconocido y reservado como un mar lejano; mezclándose con sus sonidos le pareció escuchar un débil ulular que no pertenecía a un ave nocturna, pero no estaba segura.
La agitada respiración de Shalune volvió poco a poco a la normalidad, y, por fin, la sacerdotisa levantó la cabeza. Su mirada y la de Grimya se encontraron por un instante; luego Shalune rascó a Grimya entre las orejas y desvió la vista. No sentía curiosidad ni suspicacia por la presencia de la loba en el bosque; sencillamente, suponía que Grimya debía de haber estado de caza, y no encontraba nada raro en ello: después de todo era un animal. Pero la loba había visto gratitud y admiración en los ojos de la sacerdotisa, el silencioso reconocimiento de que el animal le había salvado la vida. Shalune no lo olvidaría, y su gesto había sido un mudo pero enfático reconocimiento de su deuda.
La gruesa sacerdotisa se incorporó pesadamente. Grimya lanzó un suave gañido interrogante, y Shalune bajó los ojos para mirarla. Intentaba sonreír, pero no ponía el corazón en ello. Y la loba vio temor en su rostro.
La mujer se llevó un dedo a los labios pero no dijo nada. Dirigió la mirada al lago, y se estremeció como si un viento glacial se hubiera apoderado por un segundo de la sofocante atmósfera. Movió los labios, y Grimya consiguió a duras penas descifrar las palabras murmuradas a la quietud de la noche.
—¡Qué presagio, qué presagio tan espantoso! ¡Qué es lo que he hecho!
Se dio la vuelta y, con la espalda encorvada y las piernas pesadas como las de alguien muy, muy anciano, empezó a subir la escalera.
CAPÍTULO 13
La noche anterior a la ceremonia de iniciación, la ciudadela y el bosque se vieron sacudidos por una tormenta ¡colosal. Grimya había intuido su llegada desde pasado el Mediodía y se había mostrado inquieta y nerviosa, y aquellas sacerdotisas capaces de pronosticar el tiempo aseguraron que la tormenta sería anormalmente violenta incluso ¡para lo habitual en la Isla Tenebrosa.
Uluye se mostraba desagradablemente satisfecha con la predicción, pues lo consideraba un presagio excelente, y a la puesta del sol, mientras las nubes se acumulaban y el cielo pasaba de un tono bronce oscuro al negro púrpura de un tremendo cardenal, reunió a una camarilla de las mujeres más ancianas y las condujo a la plazoleta para entonar un himno de alabanza a la Dama Ancestral en tanto se celebraba el acostumbrado recorrido nocturno del lago.
Grimya, que lo observaba todo muy nerviosa desde el saliente situado frente a los aposentos de Índigo, escuchó cómo su canción se elevaba con horripilante claridad bajo un telón de fondo de total quietud y silencio. Dio un brinco cuando la primera llamarada triple de un relámpago rasgó el firmamento. El trueno que lo siguió ahogó por completo las voces de las mujeres y, mientras se iba apagando, los cielos se abrieron y la lluvia empezó a caer como un torrente. Las antorchas encendidas en la plazoleta llamearon violentamente durante unos segundos intentando resistirse al ataque y se apagaron; un nuevo relámpago mostró a las mujeres corriendo a toda prisa de regreso al zigurat, con los brazos cruzados por encima de las cabe zas para protegerse del terrible ataque mientras el aguacero las golpeaba con la fuerza de una catarata. Ascendieron a trompicones la escalera, traicionera ya en aquellos momentos a causa de la cantidad de agua que resbalaba por ella, y corrieron a buscar refugio en sus respectivas cuevas, los cabellos empapados y las vestiduras pegadas al cuerpo.
La última en subir fue Uluye, pero, en lugar de regresar a sus aposentos, siguió adelante hasta llegar al último tramo de escalera que conducía al templo descubierto sitúa do encima de la ciudadela. La mujer pasó junto a Grimya, sin siquiera dedicarle una mirada, y a la loba le pareció como si estuviera en trance. Miraba directamente al frente, sin parpadear a pesar de que la lluvia le corría a rauda les por el rostro; sus labios exhibían una sonrisa triunfante, sin el menor rastro de naturalidad o humor, y andaba con un aire de absoluta determinación, sin advertir nada de lo que la rodeaba.
Los relámpagos se seguían ahora los unos a los otros de forma casi continua, y los truenos eran un constante re tumbar vociferante que hacía vibrar todo el farallón. Grimya se escabulló de nuevo al interior de la cueva, deseando que Índigo estuviera aquí con ella y no pasando esta última noche, la noche de la luna negra, en vela con Yima y Shalune. Desde la noche en que había seguido a la sacerdotisa al bosque y presenciado su encuentro con Tiam, Grimya había querido hablar con Índigo y contarle lo que había visto, pero sencillamente no había tenido oportunidad de hacerlo. En estos últimos días anteriores a la ceremonia de iniciación, pareció como si el oráculo, al igual que Yima, ya no pudiera disponer libremente de su tiempo.
Durante varias horas cada día, Índigo y Shalune recibían instrucciones de Uluye sobre los deberes de las valedoras; luego se realizaban largos y aburridos ensayos de la ceremonia misma y de la procesión que la precedería, y más tarde, a últimas horas de la noche, breves ceremonias durante las cuales, según informaba Índigo, ella y Shalune debían permanecer sentadas en silencio mientras Uluye «preparaba a su hija según el ritual para la prueba que la aguardaba.
Las pocas horas libres que le quedaban a Índigo eran apenas suficientes para cubrir las necesidades básicas de comer y dormir, y así pues una vez más Grimya se vio obligada a contener el impulso de contar su historia y a no preguntar — como ansiaba hacer— si no podían ayudar la Yima de alguna forma. Todavía esperaba tener la oportunidad de realizar su petición, pero las oportunidades para hacerlo disminuían con cada nuevo día; por si esto fuera poco, se veía obligada a admitir que no se le ocurría ninguna forma en la que se pudiera ayudar ahora a la muchacha. La suerte estaba echada; Índigo no podía cambiar las cosas aunque estuviera dispuesta a intentarlo, y Yima parecía discretamente resignada y tan obediente como siempre. Eso desconcertaba a Grimya, que había esperado muestras de resistencia, o como mínimo alguna señal de amarga pena, en el último momento. En cambio, parecía como si Uluye hubiera impuesto su autoridad de forma tan contundente sobre su hija que cualquier destello de rebeldía ; en Yima se había esfumado para siempre. Grimya pasó una noche muy triste en la cueva. La tormenta continuó hora tras hora, hasta dar la impresión de no ir a cesar jamás, y durmió a ratos, despertada con frecuencia por los truenos que resonaban alrededor del farallón. En una ocasión, arrancada con un sobresalto de una inquieta duermevela por un violento estampido doble directamente encima de ella, vio que Índigo había regresado y, vestida todavía, se introducía en la cama, pero la muchacha estaba demasiado agotada para siquiera saludarla, y, desconsolada, la loba volvió a bajar la cabeza e intentó dormirse otra vez.