Con la llegada del amanecer, no obstante, la tormenta amainó por fin, y esta vez cuando Grimya abrió los ojos se encontró, en lugar del incesante centellear del relámpago contra la negra noche, con los primeros rayos del sol alzándose por encima de las copas de los árboles. Se levantó, desentumeció los músculos y se sacudió desde el hocico hasta la cola, Índigo seguía dormida, y la loba se dirigió en silencio a la entrada de la cueva, se abrió paso por entre la cortina y salió a la repisa.
La mañana era clara, fresca y silenciosa después del es trapito de toda una noche de tormenta. En la plazoleta situada a los pies del farallón brillaban algunos charcos aislados, pero casi toda la lluvia torrencial caída se había evaporado ya bajo los primeros rayos del sol. El lago estaba a rebosar, la superficie agitada bajo la brisa y reluciente en la brillante luz; dos mujeres estaban agachadas en la orilla, llenando cántaros con agua para lavarse, pero la mayoría de los habitantes de la ciudadela todavía no se habían despertado.
Podría haber resultado una escena pacífica, casi idílica; sin embargo, mientras miraba abajo desde el saliente, Grimya percibió algo siniestro y opresivo oculto bajo la aparente tranquilidad: la sensación de que una influencia sutil pero ineludible se extendía para corromper todo lo que la rodeaba. Se cernía; ésa era la palabra. Se cernía sobre ellas y aguardaba. Recordó el extraño comportamiento de Uluye al estallar la tormenta, y levantó la cabeza en dirección al lugar donde la cima truncada del zigurat resultaba visible. El templo descubierto no quedaba dentro de su campo de visión, pero una fina columna de humo se alzaba por encima de la impresionante pared, y la intuición dijo a Grimya que la Suma Sacerdotisa seguía allí, que había estado allí toda la noche.
Sus agudos oídos captaron un sonido a su espalda y, al volverse, descubrió que Índigo estaba despierta y sentada en el lecho.
—Grimya... —La voz de la muchacha sonaba cansada—. ¿Es de día ya?
—Sssí. —La loba pasó por debajo de la cortina y se acercó a la cama—. No debes de haber dormido más que unas pocas horas. Re... regresaste muy tarde anoche.
—Estoy bien —respondió Índigo con una sonrisa fatigada, frotándose los ojos con los puños para despertarse por completo—. ¿Ha venido ya Shalune?
—No. ¿Tendría que haberlo hecho? —Dijo que vendría temprano. Hemos de pasar el día con Yima, realizando los últimos preparativos para la noche. —¿Con Yi... ma? —Grimya hundió el rabo entre las piernas—. Pero yo pensé que hoy podríamos estar juntas. —Lo sé; también yo lo esperaba, —Índigo extendió la mano y le revolvió el pelaje de la mejilla—. Lo siento, cariño. Mañana todo habrá terminado.
Grimya estuvo a punto de decirle: «¡Pero no será así!», pero en el último momento se contuvo. Había algo raro en Índigo, algo con lo que la loba no se había encontrado antes y que no comprendía. La joven parecía preocupada, distante. En cierta forma era comprensible, pensó Grimya, pues estaba agotada y los últimos días sin duda habían resultado desconcertantes; pero la loba no podía librarse de la convicción de que el distanciamiento era deliberado, de que le ocultaba alguna emoción o intención que no deseaba que viera. Y Grimya estaba segura de que, sucediera lo que sucediera en la ceremonia de iniciación, la noche de hoy no iba ser el final de todo ello.
Índigo había saltado ya de la cama y estaba agachada junto al hogar, sirviéndose una copa de agua de una jarra. El agua estaba rancia e hizo una mueca al percibir su sabor, pero vació la copa, la dejó a un lado y luego vertió más agua en un cuenco y empezó a lavarse la cara. Grimya la observó inquieta. Pensó en Uluye sola en el templo situado sobre sus cabezas. Pensó en la furtiva visita de Shalune al bosque para encontrarse con Tiam. Pensó en Yima y en la otra participante desconocida: «ella», ninguna otra identidad, sólo «ella». Algo no iba bien; lo sabía con la misma certeza con que sabía que el sol salía cada mañana. Y, al igual que el olor a cazadores en el viento, Grimya olfateaba peligro.
Habló tan de improviso que Índigo dio un respingo, —Índigo, he tomado una decisión. Cuando va... vayas a la ce... remonia esta noche, cuando bajes por este Pozo, iré contigo.
—Grimya, no puedes, —Índigo parpadeó nerviosa—. Ya lo sabes.
—Yo no... no lo sssé. No quie... quiero que vayas allí sola.
—No estaré sola. Shalune y Yima estarán conmigo. No hay nada que temer, de verdad que no.
Pero sí lo sabía. El hocico de Grimya se estremeció.
—¡Índigo, por favor, essscúchame! Hay algo que no me gusta en esto, algo malo. ¡No sssé lo que es, pero tengo una terrible sensación sobre ello! Sha... lune...
—Shalune no tiene la menor intención de hacerme daño. —Malinterpretando lo que Grimya había estado a punto de decir, Índigo la interrumpió antes de que pudiera explicarse. Entonces, viendo la lastimera mirada de la loba, su voz se suavizó y, volviéndose hacia ella, le sujetó el hocico con dulzura entre ambas manos—: Dulce Grimya, es muy sencillo. No puedes venir conmigo. Uluye no lo permitirá, y no estoy en situación de discutir con ella. Comprendo tus temores, y me conmueve tu preocupación, pero te lo digo con sinceridad: no creo que vaya a correr ningún peligro. —Arrugó el entrecejo de improviso, y por un instante su expresión se volvió retraída—. No sé por qué estoy tan segura de eso. No tiene sentido a la vista de todo lo que hemos dicho y todo lo que sospechamos sobre la Dama Ancestral. Pero sin saber por qué estoy segura, Grimya. Totalmente.
Grimya comprendió que esto era algo por completo diferente. Preocupada por sus propias dudas, había olvidado lo que había en el fondo de toda esta cuestión: no Shalune, ni Yima o Tiam, sino la Dama Ancestral... o lo que fuera que habitaba allá abajo en el mundo desconocido del fondo del Pozo y hablaba en nombre de la Dama Ancestral. Era aquí, según cualquier razonamiento normal, donde se encontraba el peligro, si es que existía un peligro, pues éste era el demonio al que los había conducido la piedra-imán de Índigo.
Pese a ello, no estaba convencida. Fuera cual fuera el peligro que pudiera significar la Dama Ancestral, la loba tenía el presentimiento de que Índigo estaba a punto de enfrentarse con una amenaza mayor, una sobre la que el demonio no ejercía ninguna influencia. Pero ¿cómo podía explicar tal sensación a la muchacha? No tenía pruebas, ni fundamentos; sólo el instinto. Y, en el actual estado de ánimo de Índigo, eso no sería suficiente.