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Índigo seguía acariciándole el hocico, pero distraída, la mente puesta en otras cosas. Grimya se soltó, retrocedió ¡ un paso y realizó una última tentativa.

—Por favor, Índigo —dijo con voz gutural—. Ten... tengo que decirte lo que pienso. Hay algo que tú no sabes, algo sobre Yima. Tiene... —¿Índigo?

La llamada provenía del exterior de la cueva. Grimya calló al momento, e Índigo levantó la cabeza con rapidez. ¡ La cortina se abrió unos centímetros, y el rostro de Shalune apareció en la abertura.

—¡Ah, estás despierta! —Realizó su acostumbrada reverencia ritual, y luego entró—. Estupendo. Hemos de prepararnos. En estos momentos están disponiendo las ropas de Yima y pronto será hora de vestirse para la vigilia. Grimya, repitió, en silencio y con desaliento: «¿Vigilia?»

«Ya te lo dije: Shalune y yo hemos de permanecer con ella, todo el día», comunicó Índigo. «Hemos de despedirnos por el momento.»

—No habrás comido nada, ¿no? —inquirió Shalune, antes de que Grimya pudiera contestar.

—Nada —confirmó la muchacha—. Bebí un poco de agua, pero tengo entendido que esto está permitido.

—Sí, sí, desde luego. —Shalune parecía nerviosa, como si algo la hubiera excitado o asustado. Grimya intentó que sus miradas se encontraran, pero los ojos de la gruesa sacerdotisa la esquivaron, no podía estar segura si consciente o inconscientemente.

«Índigo...» Volvió a intentar proyectar sus pensamientos mientras su mente empezaba a llenarse de inquietud. Pero Índigo o no la oyó o estaba demasiado distraída con Shalune para responder. Tenía otras ideas en la cabeza: cuestiones domésticas, los pequeños menesteres del día que se iniciaba. Deslizó los pies en el interior de unas sandalias trenzadas, se echó un delgado chal de algodón sobre los hombros, y siguió a la gruesa sacerdotisa a la entrada de la cueva. Sólo al llegar al umbral se volvió y se inclinó para acariciar la cabeza de Grimya.

—Ten paciencia, querida. Inuss te traerá comida y se ocupara de que estés bien. Yo regresaré mañana.

Había sido idea de Shalune que se eligiera a Inuss para ocuparse de la loba en ausencia de Índigo. Uluye había aceptado prescindir de la joven sacerdotisa en la ceremonia a celebrar en la cima del farallón, e Índigo se sentía secretamente aliviada al saber que habría alguien allí para impedir a Grimya, si era necesario, que la siguiera al templo. En cualquier otra circunstancia, no habría querido dejar atrás a su amiga, y se reconocía culpable de engañar a Grimya al decirle que Uluye no le habría permitido ir. Se podría haber convencido a Uluye; chantajeado incluso si Índigo hubiera estado decidida. Pero Índigo no había querido persuadirla. Esta vez quería enfrentarse sola al demonio.

—Te veré mañana por la mañana —repitió besando la coronilla de la loba. Y, para tranquilizar su conciencia a la vez que tranquilizaba a Grimya, añadió en silencio: «No te atormentes, y no te preocupes por mí. No me sucederá nada».

Grimya no pudo responder. Carecía del vocabulario necesario para expresar sus temores, y simplemente no había tiempo para buscar otra forma de explicarse. Lamió el rostro de Índigo a modo de despedida y contempló luego con desaliento cómo las dos mujeres abandonaban la cueva. El sordo rumor de sus pisadas se fue perdiendo mientras recorrían el saliente, y la loba se quedó sola.

La impresionante voz de una única trompa hendió el silencio nocturno, lo que provocó un estrépito de chillidos y chirridos en los habitantes del bosque. Esta vez no se trataba del agudo y estridente sonido de las trompetas de bienvenida de las sacerdotisas, sino de una única nota profunda y siniestra que hizo palpitar el aire y vibró por todo el zigurat. Grimya, que mantenía su desdichada vigilia solitaria en la cueva del oráculo, se puso en pie de un salto con un gañido de sorpresa, y permaneció inmóvil y temblando mientras los ecos de la trompa se desvanecían poco a poco como un trueno que se perdiera en la distancia. Esta era la señal que Índigo le había dicho que esperase, la señal de que la ceremonia de iniciación estaba a punto de empezar. La loba se dirigió a la entrada de la cueva. Una parte de ella no deseaba presenciar el paso de la procesión; otra parte, no obstante, se veía implacablemente atraída a hacerlo, como una hoja atrapada en un río impetuoso, y su influencia era la más poderosa de las dos. Apartó la cortina con el hocico, dio un paso al exterior para colocarse en el saliente y miró abajo. Se veían luces, apenas unos temblorosos puntitos de luz, varios niveles por debajo de Adonde ella se encontraba, y, elevándose en el inmóvil aire húmedo de la noche, le llegó el sonido de voces entonando un coro que recordaba a un canto fúnebre. Grimya permaneció quieta, observando, y por fin, a medida que la procesión iba llegando al nivel donde ella se encontraba y empezaba a moverse en su dirección, pudo verlo todo ¿con claridad.

Uluye se encontraba al frente de la comitiva de mujeres. Iba ataviada con una túnica oscura que bajo la débil luz de las estrellas parecía casi negra, y sobre la cabeza llevaba una corona alta, blanquecina, que resaltaba aún más su rostro. Tras ella avanzaban dos mujeres con antorchas, y detrás de éstas... Grimya se encogió asustada al distinguir una figura que parecía sacada de una pesadilla: la cabeza enorme y grotescamente deformada, los ojos grandes y pálidos mirando al frente sin ver mientras andaba. Pero la lógica no tardó en volver a abrirse paso bruscamente, y comprendió que lo que veía no era un auténtico rostro, sino una máscara de tamaño cuatro o cinco veces mayor que una cabeza humana y tallada para representar a una criatura que no era ni humana ni animal, ni ave ni pez, pero que contenía elementos de todos éstos y algo más. La máscara caía sobre los

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hombros de su portadora, orlada de cintas multicolores que brillaban a la luz de las antorchas, formando una extravagante capa que descendía casi hasta el suelo. Retazos de una sencilla túnica blanca asomaban por debajo de las cintas, y unos diminutos pies desnudos, pintados con sigilos y adornados con ajorcas, se movían por debajo del borde de la túnica siguiendo . Uluye algo vacilantes.

Grimya retrocedió un poco al interior de la cueva al acercarse la procesión. Yima —pues la figura oculta bajo la horrible máscara no podía ser otra que la de la candidata— iba seguida por sus dos valedoras, y, aunque la apariencia de éstas era menos grotesca, apenas si se las podía reconocer como Índigo y Shalune. Ambas llevaban velos de un material fino y translúcido, decorado con innumerables tallas de hueso y madera que tintineaban al andar. Las túnicas eran oscuras como la de Uluye; los rostros, apenas visibles bajo los velos, estaban blanqueados con ceniza de madera, y los ojos, rodeados por un círculo dibujado con carbón. Tras ellas seguían otras dos mujeres con antorchas, y luego, como la cola de un cometa siguiendo a su brillante núcleo, todo el resto de las sacerdotisas del culto, de dos en dos, sus expresiones una extraña mezcla tic solemnidad y embeleso.

Grimya, el hocico apenas sobresaliendo por entre la cortina, contempló con los ojos muy abiertos cómo la silenciosa fila de mujeres pasaba junto a ella. Ni una sola le dedicó una mirada —dudó que ninguna de las celebrantes fuera consciente siquiera de su presencia en medio de las sombras— y, cuando la última pareja hubo pasado y seguido en dirección al último tramo de escalera y al templo situado en la cima, la loba se estremeció como si un viento gélido hubiera venido de otra dimensión para helarle los huesos a través de la capa de pelo y carne que los cubría.