Allá arriba, la enorme trompa volvió a sonar, un lúgubre clarín triunfal que fue sorprendentemente contestado por los agudos sones de las ya familiares trompetas. Yima y sus acompañantes debían de haber llegado al templo...
Grimya volvió a escabullirse al interior de la cueva con el rabo entre las patas. Un gañido borboteó en su garganta, pero lo reprimió. No quería ver nada más, no quería oír nada más, no quería pensar en lo que sucedía en la cima del farallón. Todo lo que deseaba era que la noche terminara e Índigo regresara sana y salva al mundo.
El humo se elevaba en una gruesa columna del enorme buzón del brasero, amarillo como el azufre a la luz de las antorchas. Los tambores, que habían iniciado un tamborileo sordo cuando la cabeza de la comitiva penetró en rectángulo del templo, iban subiendo ahora de volumen hasta alcanzar la intensidad del trueno en la lejanía, en los cuatro extremos de la plaza las hileras de mujeres que concentradas empezaron a balancearse a su hipnótico compás. Sus cuerpos brillaban de sudor; sus faldas revoloteaban en un caleidoscopio de
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brillantes colores, mientras la ondulante masa oscura de sus cabellos arrojaba sombras espantosas y casi bestiales sobre sus rostros. Por encima de las cabezas de sus seguidores, situada junto al brasero y envuelta en humo, Uluye contemplaba el espectáculo como una diosa primitiva y bárbara, los brazos tendidos como para abarcar y abrazar toda la salvaje escena que la rodeaba. Sus ojos refulgían de júbilo mientras contemplaba el vertiginoso pandemónium del rito; bebía : las energías de aquella muchedumbre que se balanceaba y golpeaba los pies, alimentándose de ella, absorbiendo fuerza de ella y concentrándola con la terrible intensidad de una lente de diamante.
Bajo la parpadeante luz parecía casi tan inhumana como fantasmagórica figura enmascarada de Yima, que permanecía a sus pies en el centro de la plaza de piedra arenisca. Índigo y Shalune se encontraban ahora una a cada do de la candidata, cada una con una mano posada sobre uno de sus hombros para indicar que ésta estaba a su cargo y que ellas, sus valedoras, eran también declaradas guardianas.
Índigo se sentía mareada por los efectos embriagadores e los tambores, los ondulantes movimientos a su alrededor, la danzarina luz de las antorchas, las nubes de incienso que se elevaban del brasero y le escocían en ojos y nariz, había jurado permanecer aparte de todo esto, no hacer otra cosa que desempeñar el papel que le habían asigna do, pero le era imposible controlar la primitiva excitación que se alzaba en su interior a medida que el ritual llegaba a su punto culminante. La civilización había desaparecí do. Esto era pura energía irracional, y ella formaba parte de ello; fluía por sus venas, tamborileaba en sus huesos, penetraba hasta lo más profundo de su alma. Sentía cómo Yima temblaba bajo su contacto, sentía cómo su propio cuerpo se estremecía en tanto la corriente de expectación crecía y crecía...
Súbitamente, Uluye alzó los brazos en dirección al ciclo y lanzó un alarido que podría haber despertado a un muerto. Los tambores enmudecieron. Los ecos de la voz de Uluye se apagaron, y por un momento —debieron de ser simples segundos pero a Índigo le pareció casi media vida— se produjo el silencio. Uluye sonreía; era el mismo rictus salvaje que Índigo había visto en otra ocasión, como si una sonriente calavera pelada estuviera a punto de abrirse paso al exterior a través de la piel del rostro de la Suma Sacerdotisa.
Con un dramático ademán, Uluye se agachó ante el brasero y, cuando volvió a levantarse, empuñaba lo que parecía un gigantesco martillo de piedra. Un alarido ululante brotó de las gargantas de las mujeres; las trompas unieron su estrépito al estruendo general, y Uluye se alzó en toda su estatura, balanceó el martillo por encima de la cabeza, y lo estrelló contra el suelo de la plataforma sóbrela que se encontraba el brasero. El estampido de la piedra al golpear contra la piedra retumbó en los oídos de Índigo, y un gran fragor respondió desde las profundidades del farallón. La plaza sobre la que se encontraba se estremeció;
entonces se produjo un nuevo ruido, un ruido chirriante y áspero, la voz quejosa de viejos mecanismos que volvían a la vida entre el rechinar de engranajes, y a los pies del pedestal, entre el brasero y el trono del oráculo, empezó a moverse una sección del suelo. Como si una mano gigantesca la hubiera empujado desde abajo, una de las losas de piedra se alzó sobre su base, se balanceó y luego se desplomó hacia adelante y cayó con un estruendo volvió a sacudir el suelo y envió una nube de fino polvo a reunirse con la perfumada columna de humo.
Una exclamación de temor recorrió a las allí reunidas. Cuando el polvo desapareció, Índigo vio el abierto .rectángulo negro que la piedra había dejado al descubierta, y, allí donde la luz de las antorchas apenas si llegaba, , distinguió los primeros peldaños desiguales de un tramo de escalera que descendía en espiral perdiéndose en la oscuridad. El Pozo estaba abierto.
Uluye levantó la cabeza. El martillo colgaba todavía de sus manos, y, aunque su peso debía de ser extraordinario, lo sostenía como si fuera una pluma. Volvió a sonreír; el rictus volvió a aparecer.
—Ve, candidata. —Su voz resonó por encima de las cabezas de las reunidas—. Desciende desde este mundo y sal de él, y encamínate a los dominios de la Dama Ancestral. El momento de la prueba ha llegado.
Depositó el martillo sobre el suelo, descendió de la plataforma y avanzó con ingrávida gracia en dirección al inmóvil trío que aguardaba en el centro de la plaza. Extendió la mano y tocó la máscara de Yima, primero en la frente, luego en los labios y por último en la garganta. —En nombre de la Dama Ancestral, te doy mi bendición, y en nombre de la Dama Ancestral deposito en ti el sello protector. Y encargo a estas sirvientas que te conduzcan con confianza y valor a tu prueba. No temas a la oscuridad, ni temas al silencio: no temas al reino de los muertos, pues se trata del reino de nuestra señora, y nuestra señora será la luz que te guíe.
A una señal de Uluye, dos acolitas se adelantaron. Cada una llevaba una vela encendida, que, con la debida solemnidad, colocaron en las manos de Índigo y Shalune. Mientras retrocedían para regresar a sus puestos, con una mezcla de temor, asombro y envidia en los ojos, Uluye se hizo a un lado e indicó la negra boca del Pozo.
—Ve llena de esperanza, mi hija elegida —dijo en voz tan baja que tan sólo las mujeres que se encontraban en la primera fila de la muchedumbre pudieron oírlo—. ¡Y regresa triunfante!
Shalune cambió de posición para colocarse delante de Yima, mientras Índigo ocupaba su puesto detrás de la joven. Las tres mujeres se pusieron en marcha, y las trompas resonaron una vez más en una aguda fanfarria, mientras los tambores retumbaban en un salvaje crescendo. El ruido ensordeció a Índigo; vio cómo Shalune iniciaba el descenso, vio cómo Yima la seguía, y, con una especie de nudo en el estómago provocado por el miedo y el nerviosismo que amenazaba con dejar sin aire sus pulmones y garganta, dio el último paso al frente y empezó a descender al interior de la envolvente oscuridad.
La repentina reanudación del fragor de las trompas y los tambores hizo que Grimya saliera corriendo una vez más al saliente. Estirando el cuello hacia lo alto todo lo que podía, consiguió distinguir los reflejos de un brillante resplandor en la cima del farallón, y adivinó que las sacerdotisas estaban llegando al punto culminante de la ceremonia. Involuntariamente, sus poderes telepáticos intentaron establecer contacto con la mente de Índigo, pero lo que encontró estaba tan caóticamente enmarañado con imágenes del ritual que no comprendió nada, y tampoco consiguió abrirse paso por entre la fragmentada mancha de color y ruido.