Las trompas y los tambores siguieron sonando, cada vez más alto, y, consciente de que nada conseguiría averiguar mirando inútilmente en dirección al templo, Grimya hizo intención de retirarse otra vez al interior de la cueva. Qué hizo que se detuviera y mirara abajo antes de introducirse por debajo de la cortina, es algo que jamás sabría, pero cierto es que se detuvo y miró, y lo que vio la dejó helada.
Alguien acababa de abandonar el farallón y atravesaba el arenoso suelo de la plazoleta. Por un instante Grimya pensó que se trataba de un hushu, y su pelaje se erizó mientras un gruñido se formaba en su garganta. Pero el gruñido murió antes de hacerse audible cuando comprendió que los movimientos de la figura eran demasiado naturales y controlados para ser los de un idiotizado zombi. ¿Una de las niñas, demasiado joven para asistir a la ceremonia? No, era demasiado alta. Y había algo familiar en la forma en que andaba...
La figura apresuraba el paso, dirigiéndose, no hacia el lago como Grimya pensó en un primer momento, sino al sendero que rodeaba la orilla y penetraba en el bosque. La luna era apenas una finísima línea curva, y sólo la luz de las estrellas y un tenue reflejo de las antorchas del templo iluminaban la plazoleta. La visión nocturna de Grimya era mucho más aguda que la de cualquier ser humano, pero ni siquiera ella podía ver nada con claridad en estas circunstancias... hasta que, justo antes de llegar al sendero, la muchacha se detuvo y miró atrás. Durante quizá menos de dos segundos, su rostro permaneció vuelto y alzado en dirección al zigurat... y el cuerpo y el cerebro de Grimya se quedaron paralizados por el asombro. Intentó convencerse de que era imposible estar segura, de que no podía jurarlo desde esta distancia y con esta luz. Pero su corazón no tenía la menor duda: la muchacha que se encontraba allí abajo, que ahora se daba la vuelta y seguía corriendo deprisa, ansiosa, alejándose en dirección al bosque, era Yima.
CAPÍTULO 14
—¡Se ve una luz!
La voz de Shalune siseó las palabras tan súbita e inesperadamente que Índigo dio un brinco y estuvo a punto de perder el equilibrio. El velo que llevaba le enturbiaba la vista, y el resplandor que despedían las velas que portaban era débil y prácticamente inútil, pero podía distinguir la vaga forma de Shalune delante, algunos peldaños por debajo, y la figura de Yima entre ambas. La sacerdotisa se había detenido, y con un brazo apenas visible indicaba hacia abajo.
Desde que se había desvanecido a sus espaldas el último resplandor de las antorchas del mundo exterior —¿hacía unos minutos?, ¿unas horas?— Índigo se había obligado a sí misma a concentrarse en cualquier cosa excepto en el proceso de este estrafalario viaje. Había tratado de no prestar atención al hecho de que la escalera de caracol por la que bajaban no tenía barandilla, ni un simple pasamanos, sino que era una serie de peldaños sin protección lateral que descendían en espiral por el Pozo. Había intentado hacer caso omiso del hecho de que a estas horas debían de encontrarse ya muy por debajo de los niveles más inferiores de la ciudadela, y no hacer conjeturas sobre la profundidad del Pozo, rehusando detenerse a pensar en que, cuando en un momento dado su pie había desalojado de su sitio una piedra suelta y la había arrojado al negro vacío, no la había oído golpear el fondo. Se limitó a seguir avanzando detrás de Shalune y Yima, un desigual peldaño tras otro, el hombro pegado a la pared del Pozo y la vista constantemente fija en la vela que sostenía.
Ahora, sin embargo, las agudas palabras de Shalune deshicieron el hipnótico hechizo que el descenso había empezado a imponer, e Índigo se sintió momentáneamente desorientada, como si la acabaran de sacar de un sueño profundo. Aunque no se les había prohibido hablar durante el trayecto, ninguna había sentido la necesidad de utilizar palabras hasta ahora. O quizá, pensó Índigo, ninguna había tenido el valor de romper el silencio.
Con sumo cuidado se apartó de la pared para mirar abajo. Lo cierto es que sí que se veía una luz —débil e incolora, pero clara— que se filtraba hacia lo alto desde algún punto de allá abajo. Creaba la ilusión de un lejano estanque nebuloso en las profundidades del Pozo, e Índigo volvió a apoyarse rápidamente en la pared, reprimiendo un vertiginoso escalofrío.
Las velas crearon unos apagados reflejos en los ojos ribeteados de negro de Shalune cuando ésta volvió la cabeza.
—También se nota un calorcillo que viene de abajo —musitó—. Creo que ya debemos de estar cerca del fondo.
Índigo estaba demasiado preocupada para darse cuenta de que su voz mostraba un tono curiosamente tenso, e, incluso aunque lo hubiera notado, lo habría atribuido a un nerviosismo más que justificado. Siguieron adelante, y también ella empezó a sentir el calor, como un aliento húmedo flotando en el Pozo; un fétido aroma putrefacto que la obligó a arrugar la nariz, y, a medida que se acercaban al origen de la luz y la visibilidad aumentaba, comprobó que la pared de piedra desprendía una débil fosforescencia húmeda.
Yima había empezado a temblar. Los adornos que pendían de la grotesca máscara tintineaban y chocaban entre sí, y los estremecimientos de sus hombros hacían ondular las multicolores cintas de la capa, Índigo extendió una mano para posarla sobre el brazo de la joven, intentando tranquilizarla en silencio. No era Yima la única que estaba asustada. También Shalune temblaba; aminoró el paso como si de repente tuviera miedo de seguir adelante, y luego se detuvo bruscamente. Con la mano todavía en el brazo de Yima, Índigo susurró: — ¡Shalune! Shalune, ¿qué sucede, qué pasa? —Nada —respondió la gruesa mujer, sacudiendo la cabeza con energía—. Es... ¡ahh!
El interrumpido susurro hizo brincar el corazón de Índigo; mientras se calmaba, bajó la mirada y descubrió lo que tanto había sobresaltado... o asustado a su compañera. Los escalones terminaban unos tres metros más abajo. Y allí, donde moría la última curva de la escalera, se abría una puerta baja y estrecha, casi un agujero en la pared de roca, que daba acceso a la oscuridad más profunda.
Esta vez, cuando Shalune volvió la cabeza, la fantasmal luz hizo que su rostro adquiriera un aspecto cadavérico bajo el velo, y el miedo que emanaba de ella fue como una onda de choque psíquica. Yima profirió un horrible sonido estrangulado, e Índigo cerró la mano con más fuerza alrededor del brazo de la muchacha, en un intento por transmitir una seguridad que estaba muy lejos de sentir. —¡Shalune! —volvió a susurrar. Pero Shalune no contestó. Volvía a andar con un gran esfuerzo, pero murmuraba para sí, la mano libre abriéndose y cerrándose con gestos rápidos y espasmódicos. Índigo comprendió que rezaba, pero además se dio cuenta de que la mujer estaba totalmente aterrorizada.
Por fin, la gruesa sacerdotisa descendió a trompicones los tres últimos peldaños, con Yima e Índigo detrás. Se detuvieron la una junto a la otra sobre un suelo de roca curiosa y extrañamente liso sobre el que resplandecía una fina capa de agua. Ésta resultaba tibia al contacto con sus pies desnudos pero también viscosa, como si fuera aceite, se dijo Índigo mientras encogía los dedos de los pies con cierta repugnancia. Delante de ellas, el oscuro agujero se abría como una boca silenciosa. No mostraba señales, ni adornos, pero no había duda de que éste era el camino que debían tomar. No había otra elección.
Shalune titubeó, reacia incluso a mirar, e Índigo inquirió en voz baja:
—¿Quieres que vaya primero?
Resultaba difícil interpretar una expresión bajo el velo y la capa de pintura, pero le pareció que Shalune le dedicaba una mirada de intensa gratitud antes de asentir en silencio, Índigo aspiró con fuerza. Su vela seguía encendida, de modo que se agachó frente a la boca del agujero, introdujo la mano en la oscuridad y atisbo al otro lado.