No. No debía pensar en eso, no debía ni considerarlo una posibilidad. No era posible, pues Fenran no estaba muerto. Lo que había visto en el lago durante la ceremonia de la Noche de los Antepasados había sido una ilusión, ya que la Dama Ancestral era una embaucadora y nada más. Alguien que jugaba con la gente, que manipulaba las mentes. Un demonio, Índigo había aprendido muchas cosas sobre la forma de ser de los demonios, y a estas alturas ya tendría que saber lo suficiente para no dejarse intimidar por sus artimañas.
«Muy bien, demonio —pensó—. Si éste ha sido tu primer truco, lo cierto es que no me ha intimidado como esperabas. ¿Qué nos preparas ahora?»
Su mente no registró ninguna voz que contestara a su pregunta; no se produjo el brusco paso del estado consciente al de trance por medio del cual la Dama
Ancestral daba a conocer sus deseos. No hubo más que el pálido resplandor de la vela en la oscuridad, el sordo rumor de sus pies al avanzar y el rápido susurrar de sus respiraciones en medio del silencio. Por el momento, la Dama Ancestral se mantenía callada, sin dar la menor pista sobre qué podía aguardarles al final del viaje.
Pero Índigo sospechaba que ya no tendrían que esperar mucho más...
Cuando divisaron ante ellas un destello de luz, Índigo creyó en un principio que se trataba de una ilusión. Había mantenido la mirada fija en la vela que sostenía durante tanto tiempo que sus ojos experimentaron cierta dificultad en adaptarse al cambio; imágenes del puntito de luz de la vela siguieron danzando ante sus ojos cuando intentó reajustar el campo de visión, y hasta que Yima no le tiró de la mano obligándola a detenerse no se dio cuenta de que no se trataba de ningún espejismo.
El túnel terminaba algo más adelante. La fría claridad se alzaba del suelo para iluminar un grueso muro que les cerraba el paso. Yima lanzó un gemido y volvió la cabeza al ver el espantoso mosaico de restos humanos iluminados por el resplandor, Índigo, sin embargo, observaba el suelo con atención. Allí, en el punto donde terminaba el túnel, estaba el origen de la misteriosa luz: una trampilla rectangular colocada en el suelo, que resplandecía como si estuviera hecha de un material fosforescente. Soltando la mano de Yima, Índigo avanzó hasta la extraña puerta. Tenía una anilla incrustada en uno de los lados; agachándose, la agarró con fuerza y tiró. La puerta cedió con facilidad y, gracias a la luz que se reflejaba de su parte inferior, vio un tramo de anchos peldaños de poca altura que se perdía en las tinieblas.
Llamó a Shalune en voz baja, quien se acercó de mala gana; la gruesa sacerdotisa se detuvo a menos de un metro del borde y miró al fondo.
—Ah... —musitó—. Ah, no...
Índigo la miró con sorpresa al ver que retrocedía precipitadamente.
—Shalune, ¿qué sucede? Esto no es peor que cualquier otra cosa de las que hemos encontrado hasta ahora... Es mejor, de hecho, pues por fin habremos dejado atrás este túnel.
Shalune sacudió la cabeza, haciendo tintinear los adornos que colgaban del velo.
—No —repuso con voz ronca—. No es eso.
—¿Qué, entonces?
—No..., no puedo... ¡Oh, señora, ayudadme!
Y, ante la perplejidad de Índigo, Shalune se echó el velo hacia atrás. Su rostro resultaba muy nítido a la luz de la trampilla, y una dura y brillante expresión de desafío refulgía en sus ojos cuando miró a Índigo a la cara.
—Es inútil —dijo—. No pensaba decírtelo. Mi intención era que lo
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descubrieses cuando ya fuera demasiado tarde para discutir, pero ahora me doy cuenta de que sería una locura. Tienes que saberlo antes de que sigamos adelante, o podrías ponernos a todas en peligro cuando nos encontremos con la señora, y ése es un riesgo que no quiero correr.
Yima, que se encontraba a su lado, empezó a protestar, la voz ahogada por la máscara, pero Shalune la atajó diciendo:
—¡No! Calla, Índigo tiene que saberlo. Y no importará. Sigue siendo correcto.
Una desagradable sospecha empezó a abrirse paso en la mente de Índigo, y ésta inquirió:
—¿Qué es lo que no me has dicho, Shalune? ¿Qué sucede?
La sacerdotisa contempló pensativa el agujero y la escalera.
—Creo —empezó, y de improviso su voz resultaba particularmente tranquila— que estos escalones son la última parte de nuestro viaje. Así pues, lo mejor será que confesemos ahora. Además, ya es demasiado tarde para cambiar las cosas. — Y se volvió hacia la tensa figura que tenía al lado—. Sácate la máscara.
La muchacha vaciló, y por unos instantes pareció que iba a desobedecer. Luego, despacio, levantó ambas manos en dirección al artilugio de madera. Se escuchó un débil chasquido, y toda la parte frontal de la máscara se abrió hacia un lado.
Y la joven protegida de Shalune, Inuss, miró a Índigo con ojos asustados pero desafiantes.
Grimya acababa de perder el rastro. La cautela había sido de vital importancia, ya que su presa estaba más nerviosa que un ciervo perseguido, y volvía la cabeza para mirar atrás cada dos por tres, además de detenerse una y otra vez para escuchar en busca de cualquier sonido de persecución. La loba se mantuvo todo lo atrás que le fue posible, pero ahora comprendía que había cometido el error de ser demasiado cautelosa, ya que el bosque se había tragado la veloz figura de Yima y de repente incluso su olor se había confundido con los olores acres de la maleza.
Pero, aunque se maldijo por su fracaso, la loba sabía que, en cierto sentido, su habilidad —o carencia de ella— para seguir la pista de la muchacha ya no importaba. Se le había acercado lo suficiente como para identificar a Yima sin el menor asomo de duda, y sabía lo bastante para adivinar, también sin el menor asomo de duda, lo que sucedía.
Había sido una estúpida, se dijo llena de amargura. Había visto un poco, oído un poco, y supuesto que sus conjeturas eran correctas. Ahora sabía la verdad. Ahora sabía que Shalune no había sido un simple mensajero que llevaba el último adiós desconsolado de Yima a su amante; en lugar de ello, la mujer había sido un cómplice activo, puede incluso que la instigadora que se ocultaba tras el plan de Yima de escapar del futuro que su madre había decretado para ella, y
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fugarse con su amor. Fragmentos de conversaciones escuchadas sin querer — primero entre Shalune y Yima, y más tarde entre Shalune y el joven Tiam— se agolparon en la memoria de Grimya. En estos momentos podía darles un significado muy diferente, y algunas piezas que faltaban en el rompecabezas encajaron de improviso. La misteriosa «ella» seguía sin identificar, pero la loba estaba segura ahora de que, quienquiera que fuese, había ocupado el lugar de Yima en la ceremonia del templo de la cima del farallón y en estos mismos instantes descendía por el Pozo en compañía de Índigo y Shalune, para ir al encuentro de la Dama Ancestral.
Grimya se quedó helada al comprender lo que esto podría significar, Índigo no sabía nada de lo sucedido, y la loba no creía ni por un momento que Shalune y su desconocida acompañante tuvieran la menor intención de confesar la verdad. ¿Qué era, entonces, lo que pensaban hacer? Grimya había sentido miedo por Índigo, miedo de lo que podría encontrar aguardándola en el reino de la Dama Ancestral. Pero en estos momentos existía un peligro más inmediato y humano para el que Índigo no estaba en absoluto preparada. No sospecharía nada... ¿Por qué tendría que hacerlo? Y no era más que una persona sola, mientras que ellas eran dos...