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Un escalofrío recorrió el cuerpo de la loba, y un gañido escapó de su garganta, mientras miraba por encima del hombro cómo las aguas del lago brillaban por entre los árboles. Yima y Tiam quedaron olvidados; no significaban nada para ella. Pero Índigo podía estar en peligro.

Se escabulló por entre la maleza, abriéndose paso a través de la enmarañada vegetación con todas sus fuerzas, desesperada por llegar a la orilla del lago por el camino más corto posible. No dejaba de repetirse de que en esta ocasión era culpa suya; tendría que haber insistido en contar a Índigo lo que sabía, en lugar de esperar y esperar hasta que fue demasiado tarde y el hecho estuvo consumado e Índigo hubo descendido confiada al interior de la negra abertura en compañía de Shalune y su compañera. Ahora ya no podía hacer nada. No podía llegar hasta la mente de Índigo; ya lo había intentado y fracasado. No podía avisarla, no podía ayudarla, no podía protegerla.

Grimya surgió de entre los árboles como una exhalación y se detuvo jadeante en el sendero. Al otro lado del lago, el zigurat se recortaba sombrío contra las estrellas, y pudo ver cómo el fuego ceremonial seguía ardiendo en la cima: un furibundo ojo rojo anaranjado que se destacaba en la oscuridad.

Una turbulencia sin origen visible agitó las aguas del lago repentina y siniestramente, y las olas se extendieron hasta lamer el borde del sendero con un sonido débil y desagradable. Grimya clavó la mirada en el lago, y el pelaje de su lomo se erizó con una sensación de terrible premonición. Incluso aunque Shalune y su acompañante no pensaran hacer ningún daño a Índigo —y eso era una esperanza muy pobre—, ¿qué sucedería con la criatura que las aguardaba allá abajo, bajo las aguas, en el misterioso y desconocido reino de los demonios? ¿Qué haría, con todo su poder y presa de cólera, cuando descubriera la verdad?

Grimya tomó su decisión. No le gustaba pues temía sus consecuencias, pero no tenía otra elección. Ya había vacilado durante demasiado tiempo. Por el bien de Índigo, debía vencer sus temores y seguir a la candidata y a sus valedoras al interior del Pozo.

Se puso en marcha sendero adelante, corriendo tan deprisa como podía. Algo le gritó desde el bosque; la loba no le prestó atención y siguió adelante. Al llegar a la plazoleta, percibió una nueva turbulencia en el lago, en la zona central, donde la oscuridad era demasiado intensa para poder ver si las olas eran simplemente un efecto de la brisa nocturna o algo más horrible. Con un estremecimiento, y resistiendo el impulso de mirar, Grimya corrió hacia la escalera; la subió como un rayo, de tramo en tramo y de repisa en repisa, pasando junto a las entradas de las cuevas, hasta gatear los últimos peldaños que le quedaban para alcanzar la cima del zigurat.

Sin resuello, se desplomó sobre las losas de la explanada del templo, permitiéndose sólo una breve pausa antes de volver a levantarse vacilante y correr en dirección al pedestal y al gran recipiente donde llameaba el fuego votivo. El Pozo, según había dicho Shalune, se encontraba bajo la mayor de las losas y estaba justo frente al pedestal. Grimya echó a correr... y se detuvo, horrorizada, cuando la brillante luz de las llamas le mostraron un suelo llano e intacto. El Pozo se había vuelto a cerrar. Llegaba demasiado tarde.

Lloriqueando de miedo y contrariedad, Grimya se puso a arañar la piedra. Era un gesto inútil; le era tan imposible mover la losa como detener al sol y la luna en su viaje por los cielos, pero la desesperación eliminaba el razonamiento y con las patas escarbó frenética en la delgada línea que separaba la losa de su vecina.

De improviso, una sombra se movió bajo el recipiente del fuego votivo.

Grimya dio un brinco como si le hubieran disparado y se agazapó en una posición defensiva, mostrando los dientes en un gruñido asustado. Contemplándola desde el pedestal, donde había estado sentada con las piernas cruzadas en solitaria vela, descubrió a Uluye.

Se miraron la una a la otra, ambas sorprendidas, ambas llenas de cautela. El incienso utilizado para la ceremonia se había convertido en cenizas ya, pero los efectos permanecían y la mirada de Uluye parecía drogada. Había estado en un semitrance soporífico hasta que el escarbar de la loba la había sacado de él, y en estos momentos no estaba muy segura de si lo que veía ante ella era real o una ilusión óptica. Por su parte, Grimya se enfrentaba a un terrible dilema. Ni le gustaba Uluye, ni confiaba en ella; después de todo, había sido la obsesión de la Suma Sacerdotisa por su propio poder y estatus lo que había originado el desastre. Sin embargo, reconocía al mismo tiempo que sólo Uluye podía ayudarla ahora. En esto, sin duda, serían aliadas y no enemigas. Tenía que recurrir a la mujer; no tenía a nadie más.

La loba se estremeció. Se irguió sobre las cuatro patas, y empezó a balancear la cola con vacilante esperanza. Luego, ante la total sorpresa de Uluye, abrió las mandíbulas y, con voz gutural pero clara, dijo:

—U... luye..., neeecesssito tu ayuda, Índigo está enpe... eligro. ¡Y la muchacha que penetró en el Pozo nnno esss Yima!

CAPÍTULO 15

—No lamento lo que he hecho. —Los ojos de Shalune brillaron con algo de su antigua fiereza al mirar a Índigo—. La Dama Ancestral no elige a su Suma Sacerdotisa, lo hacemos nosotras. Pero, en este caso, la elección era equivocada. —Se señaló al pecho con el dedo índice—. Yo sé que era equivocada; conozco a Yima mejor que su madre, y también conozco a Inuss. Yima jamás quiso ser Suma Sacerdotisa. Sabía que no conseguiría alcanzar los niveles marcados por Uluye, y ni siquiera deseaba intentarlo. Pero Uluye no quería escuchar a nadie; estaba decidida a que continuara su dinastía, sin importar si era sensato o lo que fuera a costar. Jamás permitió que Yima se marchase... aunque fuera por un corto espacio de tiempo para tener un hijo..., porque sabe que la muchacha se le podría escapar. Echó la cabeza a un lado como si fuera a escupir, pero lo pensó mejor.

—Uluye tiene miedo. Miedo de envejecer, de perder su poder y ser derrocada. Cree que yo quiero ocupar su lugar, y también en eso se equivoca. Sólo deseo lo que es correcto para todas nosotras, y eso significa una candidata digna de la Dama Ancestral, con capacidad para gobernar sabiamente en la ciudadela. — Hizo una mueca despectiva—. Uluye no es sensata. Poderosa, sí; demasiado poderosa para bien de los demás en algunas ocasiones. Y está consagrada a la voluntad de la señora, eso no me atrevería a negarlo ni por un momento. Es su interpretación de la voluntad de la señora lo que pongo en duda.

Su interpretación de la voluntad de la señora... Eso, pensó Índigo, era el quid de la cuestión. El relato de Shalune le confirmaba muchos de sus sentimientos con respecto a Uluye, en especial su convencimiento de que la tiránica actitud de la Suma Sacerdotisa ocultaba un profundo y agudo sentimiento de vulnerabilidad. Su determinación de que su hija debía sucedería era, en palabras de Shalune, la forma en que Uluye se aseguraba de que su poder no sería puesto jamás en duda, y había aplastado de forma sistemática toda oposición a sus planes, incluida la oposición de la misma Yima. Incapaz de persuadir a su madre de considerar siquiera que ella podría tener algo que decir sobre su futuro, Yima había acabado por volverse hacia Shalune en busca de ayuda. Sabía que ésta secretamente favorecía a Inuss como candidata al manto de Suma Sacerdotisa, y Shalune prometió utilizar toda su astucia para persuadir o, si era necesario, obligar a Uluye a reconocer que no era el único arbitro de la cuestión. Tenían otra aliada en la persona del oráculo del culto, pero su muerte y la subsiguiente llegada de Índigo habían arrojado, en palabras de Shalune, una serpiente al interior del kemb.