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Uluye era ya una figura lejana en la escalera, ascendiendo en dirección al templo, desde donde vigilaría el regreso de los grupos de búsqueda. Por unos instantes, Grimya continuó con la cabeza levantada mirándola; luego, con un sentimiento de muerte en el corazón, dio media vuelta y se perdió en la oscuridad.

Descender por la escalera era como moverse en un sueño. La luz procedente de la extraña trampilla hacía rato que se había desvanecido detrás de ellas, y, aunque todavía tenían la vela, su brillo era muy tenue para mostrar cualquier cosa más allá del siguiente peldaño. El silencio era tan intenso que incluso el pisar de sus pies desnudos sobre la piedra resultaba atronador y molesto; Índigo escuchaba con atención en busca de otros sonidos, cualquier cosa que pudiera darle alguna pequeña pista sobre lo que las rodeaba, pero no se oía nada... hasta que, sin advertencia previa, la escalera llegó a su fin.

Se detuvieron, contemplando vacilantes el último escalón. Más allá, el resplandor de la vela se reflejaba en lo que parecía un suelo de piedra llano, pero ninguna podía decir, ni deseaba adivinar, lo que podía haber más allá.

En respuesta a un cauteloso gesto de asentimiento por parte de Shalune, las tres avanzaron y posaron los pies en el suelo, para permanecer luego apretadas las unas contra las otras, esperando. El rancio olor a humedad era más fuerte aquí, y el enrarecido aire las rozaba con cálidos dedos mojados e informes. Inuss se estremeció; Índigo extendió la mano para coger la de la joven e infundirle confianza. De pronto, la mano de Inuss se cerró con más fuerza alrededor de la suya y las tres mujeres observaron con sorpresa que la oscuridad se aclaraba ligeramente.

Fue una transición gradual, pero en cuestión de segundos la total oscuridad dio paso a una penumbra profunda y opresiva, como el crepúsculo que precede a una

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tormenta. Las sombras empezaron a adoptar formas vagas, luego se perfilaron con nitidez... y a poco el cambio era completo y, en el crepúsculo de color estaño, Índigo y sus compañeras pudieron ver por primera vez el lugar donde se encontraban.

El débil suspiro de asombro que Shalune dejó escapar fue contestado por un centenar de susurrantes ecos. Detrás de ella, Inuss profirió un gritito, mientras que Índigo era incapaz de hacer otra cosa más que contemplar en silencio la escena que se ofrecía ante ellas. Se encontraban a la orilla de un enorme lago inmóvil, cuya orilla opuesta se perdía en una oscuridad impenetrable. Sobre sus cabezas y a su alrededor se curvaban las paredes y techo de una gigantesca caverna, y, bajo la cúpula de la caverna, la superficie del lago resplandecía como un espejo negro. A Índigo se le ocurrió de repente que casi podría ser un espejo que reflejara una imagen del otro lago situado sobre sus cabezas, allá arriba junto a la ciudadela, pero la ilusión desapareció al darse cuenta de que ningún sol, ni luna, ni estrellas habían proyectado jamás su luz sobre este lugar desolado. Ningún pez había nadado en estas aguas, y ni una sola brizna de hierba había arraigado entre las desnudas rocas que las rodeaban. Realmente, ésta era una región de los muertos.

Entonces, mientras permanecían inmóviles en silencio, sin saber qué pensar y mucho menos qué hacer, un sonido apenas audible se abrió paso por entre el silencio. En un principio resultó inidentificable, pero, al cabo de unos instantes, Índigo empezó a reconocer un ritmo claro y familiar. Era el sonido de un único remo, una espadilla, que hendía la superficie con paletadas largas y regulares, y junto con este sonido vino el inconfundible chapoteo de un bote avanzando despacio por el agua hacia ellas. De improviso, Inuss se aferró a su brazo, ahogando un chillido de terror. En el otro extremo del lago una silueta surgía de la oscuridad. Primero fue la elevada proa lo que se hizo visible, como una criatura marina saliendo con cautela de su guarida. Luego fue el bote en sí el que hizo su aparición; era mucho más pequeño de lo que Índigo había esperado, ancho y plano, y recordaba en gran manera a los botes que llevaban las naves escolta davakotianas; y surgía despacio de entre las sombras, balanceándose ligeramente mientras se deslizaba sobre la superficie del lago.

Y desde la popa, guiando el largo remo con manos esqueléticas, la espesa melena negra ondeando sobre los estrechos hombros, el solitario ocupante del bote las contemplaba a través de la penumbra con ojos que brillaban como un par de frías estrellas.

Tan despacio que parecía estar en trance, Shalune cayó de rodillas. Inuss se arrodilló junto a ella, y ambas inclinaron las cabezas hasta que la frente de Shalune y la máscara de Inuss tocaron el suelo de la caverna. Sólo Índigo permaneció sin moverse, observando el bote que se acercaba, mirando los extraños ojos helados que le devolvían la mirada con tranquila pero temible intensidad. No era esto lo que había esperado; había esperado que se enviara a su encuentro a algún sirviente, a algún habitante menor de este mundo, para conducirlas en el último tramo de su viaje al corazón del reino. Pero éste no era ningún sirviente. Percibía el poder del ser, lo veía brillar en los fríos ojos, sentía un escalofrío en todo su cuerpo como respuesta a su mirada. Ante ella tenía al demonio. Ante ella se encontraba la Dama Ancestral en persona.

La criatura era, en un sentido terrible, hermosa. El rostro, aunque exangüe y de una palidez cadavérica con un horripilante tinte grisáceo, poseía sin embargo un encanto translúcido que resaltaba las afiladas y orgullosas facciones y le otorgaba un aire casi entristecido. Los labios eran negros, gruesos y sensuales, y los cabellos, una negra cascada reluciente que parecía fundirse con la negra túnica, en la que brillaban diminutos puntos plateados como si fueran reflejos del agua.

Plata... El corazón de Índigo se contrajo. Plata, el color de Némesis, la pista que no podía ocultarse. Pero no; sin duda no podía existir una conexión. Conocía demasiado bien a Némesis, y, por muy siniestra que pudiera ser su naturaleza, no poseía un poder de este calibre...

El bote se detuvo. Las aguas no se agitaron; no se produjo ni una simple ondulación. El bote sencillamente se paró y quedó flotando inmóvil en el lago mientras Índigo y la Dama Ancestral seguían mirándose. Con un segundo sobresalto, la muchacha descubrió ahora que los ojos del ser eran tan negros como sus labios y cabellos, pero que alrededor del iris mostraban una aureola de brillo plateado, como una sobrenatural corona que refulgiera alrededor de una luna en eclipse.

Entonces, con un gesto elegante aunque con algo de reptil, la señora volvió la cabeza. Miró primero a Shalune, luego a Inuss, y sus negros labios se abrieron.

—Levantaos —dijo.

Tenía una voz potente, pero a la vez fría y curiosamente sin vida. Despacio, temblorosas, las dos mujeres se levantaron hasta quedar de rodillas. El rostro de Inuss quedaba oculto, pero a través del velo de la sacerdotisa Índigo pudo distinguir la expresión transfigurada de Shalune, que combinaba una extraordinaria mezcla de terror y de amor desvalido. La señora las contempló con fijeza.

—Habéis recorrido un largo camino para encontrarme. ¿Qué traéis a mi reino?

Shalune había ensayado el discurso ritual cientos de veces bajo la feroz dirección de Uluye, pero, ahora que el momento había llegado, el valor la abandonó. Luchó por recuperar la voz, titubeó, juntó las manos, volvió a titubear, se quedó de rodillas temblando como un animal aterrorizado, y no consiguió pronunciar una sola palabra.

—Responded. —La voz de la Dama Ancestral mostraba ahora un matiz de impaciencia.

—Gran señora —empezó Índigo de improviso al darse cuenta de que Shalune no podría seguir adelante. Conocía las palabras prescritas, o al menos su esencia; si Shalune no podía pronunciarlas entonces debía de hacerlo ella—.