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—Acepto vuestro juicio, dulce señora —respondió Shalune, y se le quebró la voz en la última sílaba—. Soy vuestra. Somos vuestras. Lo que sea que mandéis, nosotras lo haremos.

Se produjo un silencio, durante lo que pareció una eternidad. Índigo deseaba intervenir, pero no sabía qué podía decir o hacer; una sola palabra en el momento equivocado o en el lugar equivocado podía muy bien empeorar las cosas. Shalune e Inuss permanecían inmóviles. Inuss, una figura patética ahora, seguía todavía sumergida en el agua hasta la cintura, la recargada túnica empapada y pegada al cuerpo. La Dama Ancestral paseó la mirada de la una a la otra con expresión inescrutable. Cuando volvió a hablar, su voz había perdido el leve tono de emoción y recobrado la frialdad.

—Te juzgo una valedora indigna, Shalune, pues me has traído a una postulante que no es la elegida por tu Suma Sacerdotisa. Has desafiado la voluntad de tu Suma Sacerdotisa y, al hacerlo, me has desafiado a mí. —Bajó la mirada—. En cuanto a ti, Inuss, has conspirado con tu mentora para desobedecer y engañar. No otorgo mi bendición a seres como vosotras. No sois dignas de regresar a vuestro propio reino, ni tampoco de residir en el mío.

Se produjo una pausa, durante la cual Índigo vio cómo los ojos de Shalune se abrían de par en par presas del terror. Entonces la Dama Ancestral anunció con voz tajante:

—Vuestros corazones saben que sois culpables. Y conocéis el castigo para lo que habéis hecho. Vuestras almas son mías; y os envío a residir entre los seres sin vida, que siguen vivos. Os declaro hushu.

CAPÍTULO 16

—¡No! ¡Demonio, engendro del infierno, no puedes hacer eso!

El grito de Índigo resonó por toda la enorme cueva y desencadenó una oleada de ecos que gritaron y entrechocaron en la penumbra. La Dama Ancestral giró la cabeza y dedicó a Índigo una mirada indiferente... y una tremenda fuerza hizo perder el equilibrio a la muchacha y la lanzó hacia atrás, Índigo chocó contra la pared y cayó al suelo, con el cuerpo dolorido y una neblina roja que le nublaba el cerebro. Abrió la boca, pero no había aire en sus pulmones para volver a gritar ni lanzar el menor sonido; no pudo hacer otra cosa que permanecer tumbada sobre el duro suelo, intentando recuperar el control de sus sentidos mientras contemplaba cómo se desarrollaba una horrible escena que nada podía hacer para evitar.

Inuss sollozaba con voz aguda. La joven giró torpemente y realizó un frenético intento de vadear de vuelta a la orilla, pero, antes de que pudiera dar dos pasos, la Dama Ancestral arrojó a un lado la máscara y, mientras ésta chocaba contra el agua con un sordo chapoteo, agarró a Inuss por los cabellos. El gimoteo se convirtió en un alarido de desesperación; Inuss luchó pero fue arrastrada inexorablemente y levantada en el aire hasta que sus pies quedaron fuera del agua. Sus ojos, desorbitados ahora, se encontraron con la implacable mirada de la diosa... y de improviso dejó de debatirse. En unos segundos, la voluntad de resistir la abandonó, y, con la boca entreabierta, quedó colgando de las manos de la negra figura mientras sus gritos se apagaban.

Los ojos de la Dama Ancestral llamearon, y una única palabra brotó de sus labios:

Obedece.

Inuss permaneció inmóvil durante un instante; luego un ligero temblor le recorrió el cuerpo, y sus ojos se vidriaron mientras la inteligencia, la conciencia y la vida la abandonaban. Fue sencillo, rápido, devastador. La Dama Ancestral abrió las manos, y el cuerpo de Inuss cayó al agua. Se produjo un chapoteo y el centelleo del agua y, durante unos segundos después de apagarse todo sonido, el silencio fue completo. El cuerpo de Inuss quedó flotando a menos de un metro del bote. Sus cabellos y la túnica cubierta de cintas se arremolinaban alrededor de ella como tiras multicolores de algas acuáticas. Un suave oleaje en forma de amplios círculos rodeaba el cuerpo, y los ojos contemplaban tranquilamente el techo de la cueva; la expresión del rostro era de una total y obscena placidez.

La Dama Ancestral no le dedicó ni una mirada. Sus ojos se posaron en Shalune, y la inhumana mirada paralizó a la sacerdotisa.

—Shalune —llamó—. Ven a mí. Ven.

Tumbada todavía junto a la pared de la caverna, Índigo observaba la escena en un estado de paralizada y silenciosa impotencia. Había presenciado la atrocidad del asesinato de Inuss —no se lo podía llamar de otra forma aturdida por la conmoción y el dolor, pero su cerebro, debatiéndose aún bajo los efectos del violento ataque de la Dama Ancestral, era incapaz de aceptar que aquello hubiera sucedido de verdad. Aturdida física y mentalmente, se había convencido de que se trataba de una pesadilla absurda, y no conseguía separar la pesadilla de la dura realidad.

Sin oponer resistencia, sin comprender, Índigo contempló cómo Shalune se ponía en marcha. Los ojos de la gruesa sacerdotisa estaban llenos de terror, pero su rostro seguía mostrando la misma expresión de horrible adoración. Sabía lo que le aguardaba, pero nada en el mundo la habría convencido de desafiar a su diosa. Había aceptado su destino como algo correcto y justo, y, aunque quizá no iba de buena gana, iba sin discutir y sin un murmullo de protesta. En algún lugar de su interior, Índigo empezó a gritar en silencio: «¡Shalune! ¡Shalune, no! ¡Es una mentira, un fraude, no vayas hasta ella!». Pero, sin saber cómo, su protesta parecía carecer de significado. Gritar con su voz física, o incluso intentar ponerse en pie, no serviría de nada; carecía de tal poder. Todo esto no sucedía, no era real. No podía serlo.

Como si percibiera los pensamientos de Índigo, Shalune se volvió para mirarla. Una expresión de inefable tristeza y dulzura había transformado las ásperas y toscas facciones, como si le hubieran quitado años y hubiera vuelto a ser una criatura inocente, libre, sin pecado. No existía ni una pizca de inteligencia en las negras simas de sus ojos.

Todavía incapaz de comprender, Índigo contempló cómo la mujer penetraba en el lago. Shalune vadeó hasta el bote, sin prestar atención al cadáver flotante de Inuss, y se detuvo junto a la borda. El agua le llegaba hasta el pecho; levantó los ojos hacia la Dama Ancestral pero no dijo nada. —Shalune, ¿eres mi sierva? — inquirió la figura, bajando la mirada.

La voz de Shalune era apenas reconocible; también aquí la indefensa criatura había tomado el control. —Lo soy, señora. —¿Me has agraviado?

Se produjo una pausa. Luego Shalune murmuró: —Os..., os he agraviado.

—Dime cuál es el castigo a tal pecado, Shalune —exigió la delgada figura meneando la cabeza.

La segunda pausa fue más larga que la primera. Shalune parecía debatirse consigo misma, luchando por no hablar. Pero las palabras brotaron al fin. —El castigo es... la muerte.

—Obedece —ordenó la Dama Ancestral con suavidad. Shalune bajó la cabeza sobre el pecho; de nuevo se produjo un instante de total inmovilidad, seguido de un débil estremecimiento, Índigo vio cómo el cuerpo de la sacerdotisa se hundía sin vida en el agua con un silencioso chapoteo, pero no significó nada para ella. Las aguas del lago se apaciguaron; el silencio lo envolvió todo otra vez.

—¿Comprendes ahora un poco más, Índigo? —inquirió la Dama Ancestral con

voz indiferente.

Allí, en el negro lago junto a Inuss, las manos entrelazadas sobre el pecho como en un gesto piadoso, el cuerpo de Shalune subía y bajaba, subía y bajaba, al compás del ligero oleaje. Con los ojos fijos en los cadáveres, Índigo contestó al cabo con una voz que incluso a ella misma le sonó curiosamente despreocupada y soñadora.