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—Hay que convocar a la gente para que presencie los ritos adecuados a la ocasión. Empezaremos las ceremonias de purificación. Haremos ofrendas a la Dama Ancestral, y aplacaremos a los espíritus que la sirven según las costumbres sagradas. Al ponerse el sol la pecadora Yima y su amante morirán... y convocaremos a aquellos espíritus que no han merecido el favor de la Dama Ancestral para que se lleven sus cuerpos y devoren sus almas, do modo que también ellos se conviertan en kushu a su vez.

Yima se encontraba agachada sobre Tiam, intentando en vano despertarlo, pero, cuando Uluye pronunció la terrible sentencia, la muchacha se quedó inmóvil; luego, despacio, muy despacio, levantó la cabeza y clavó la mirada en la rígida figura de su madre con anonadada incredulidad.

—Madre..., madre, no...

Uluye la miró por encima del hombro, sin decir una palabra.

—No puedes... —Yima empezó a incorporarse; temblaba violentamente, y la consternación había dejado su rostro blanco como el papel—. Madre..., madre, por favor, soy tu hija. No puedes...

—Haced callar a esa muchacha —repuso Uluye con indiferencia—, y, si no quiere callar, cortadle la lengua. No tengo nada más que decir. La señora me ha comunicado sus órdenes, y se hará justicia en su nombre. —Agitó una mano en dirección al zigurat con gesto autoritario—. Haced sonar los tambores e iniciad los preparativos.

—¡No! —gritó Yima—. ¡Madre, no, no!

Pero Uluye cruzaba ya a grandes zancadas la plaza en dirección a la escalera.

Las mujeres la siguieron con la mirada, algunas con expresión entristecida, algunas con admiración, pero todas ellas asombradas por la implacable naturaleza de su líder.

Sólo Grimya, que había contemplado la escena desde las sombras de una roca cerca de la base del farallón, vio el rostro de la Suma Sacerdotisa al pasar junto a ella; vio la dura expresión de sus facciones, el amargo llamear do la cólera en sus ojos... y las lágrimas que corrían impotentes por sus mejillas como fríos diamantes.

CAPÍTULO 17

El tiempo parecía no existir en el reino de los muertos. Puede que llevaran una hora navegando, o un día o un año, sin que nada indicara el transcurrir del viaje a excepción del tranquilo ritmo de la espadilla y el suave golpear de agua bajo la quilla del bote. La oscuridad las envolvía , como un manto de terciopelo negro, desdibujando las imágenes y amortiguando los sonidos. Un diminuto fuego de san Telmo, no más brillante que el apagado destello azul verdoso de una luciérnaga, ardía en la proa pero apenas si iluminaba; en una ocasión en que Índigo alzó una mano para mirársela, ésta apareció gris e insustancial, como la mano de un fantasma.

Ninguna de las dos había hablado desde el inicio del viaje. El bote navegó por el lago hasta que el leve destello de la piedra advirtió a Índigo que se acercaban a la otra orilla, y frente a ellas, apenas visible, apareció la boca de un túnel, abierta como las fauces de una bestia ciega. Al deslizarse bajo la arcada, el timbre del sonido del golpe del remo contra el agua varió de forma sutil y adquirió una resonancia hueca, y ahora, aunque percibía su presencia, Índigo apenas podía vislumbrar las interminables paredes que se deslizaban ante ellas en la oscuridad.

Se sentía excitada, nerviosa, y curiosamente reacia a volver la cabeza y mirar a la demacrada figura situada en la popa a su espalda. Experimentaba un temor irracional de que, si osaba mirar atrás, no vería el cadavérico rostro con su capucha de negros cabellos, sino otra cosa. Algo que, aunque no podía predecir su naturaleza, sería mucho, mucho peor.

Se quitó la idea de la cabeza con esfuerzo, pero la hormigueante inquietud permaneció, ya que le fue imposible deshacerse del miedo que acechaba en el interior de su mente. ¿Adónde conduciría este sorprendente viaje, y qué encontraría al llegar a su fin? Durante cincuenta años se había aferrado a la creencia de que Fenran estaba vivo y, tanto en sus sueños como en los extraños y efímeros momentos de realidad, había visto a su amor y hablaba con él a través del horrible abismo que los separaba. Fenran no pertenecía a este reino donde la muerte gobernaba suprema y la vida era un intruso, y, sin embargo, con sus enigmáticas palabras y por medio de una taimada manipulación mental, la Dama Ancestral había sembrado sin duda en su cerebro, el temor de que, a lo mejor, la muerte sí se lo había llevado y ahora residía aquí con la Señora de los Muertos, su siervo y prisionero para toda la eternidad.

Índigo todavía creía —y quería seguir creyendo— que era una mentira. Los demonios a los que se había enfrentado durante todos estos años de vagabundeo habían sido maestros en el arte de crear ilusiones, y esta criatura, este ser enigmático, diosa o monstruo o algo situado entre ambas categorías, era sin duda uno de tales manipuladores. Pero algo que la criatura le había dicho, una frase al azar, la obsesionaba: «Aunque lo que puedes encontrar si escoges viajar en mi compañía quizá te pondrá a prueba más allá de los límites de tu resistencia». Lo que significaban estas palabras, lo que insinuaban, Índigo no lo sabía; pero su recuerdo era como una lanza de hielo clavada en su corazón.

El bote siguió adelante, envuelto en la silenciosa oscuridad, e Índigo continuó debatiéndose entre sus revueltos y contradictorios pensamientos. Le era imposible escoger entre las atracciones gemelas de la esperanza y el temor, pues, se girara en la dirección que se girara, siempre aparecía el espectro de la duda para empañar su elección, duda que quedaba personificada en la criatura en cuyas manos se había puesto.

Volvió a pensar en Shalune e Inuss, y en el terrible destino al que las había condenado la Dama Ancestral. Expulsadas del otro mundo para convertirse en hushu. Se estremeció cuando, de forma espontánea, su imaginación evocó una imagen de sus cuerpos flotando por el oscuro lago en una obscena parodia de paz celestial. Puede que en estos mismos instantes se encontraran flotando por este río, muy cerca... ¿o habrían regresado ya al mundo mortal, y en este mismo instante sus ojos sin vida empezaban a abrirse a una nueva y terrible existencia como zombis insaciables?

«No quito la vida», había dicho la Dama Ancestral. «Me limité a reclamar lo que ya habían perdido.» ¿En qué forma habían perdido sus vidas? ¿Qué ley inmutable decretaba que debían aceptar —e incluso buscar— la muerte, y una vida futura mucho peor que la muerte, como castigo por lo que habían intentado hacer? Una fe ciega, y una aceptación ciega. «¿Cuál será la diferencia entre ser incapaz de morir y tener prohibido morir?» ¿Podría ser eso lo que la Dama Ancestral había querido decir? ¿Habían muerto las dos compañeras de Índigo porque no podían, o no querían, ver más allá de la rígida estructura mental de su culto, y era ésa la diferencia: la voluntad eclipsada por la obligación?

O por el terror...

De improviso, olvidada la anterior reluctancia, la cabeza de Índigo se volvió hacia atrás.

—¡Las engañaste! —siseó acusadora—. ¡Hiciste que creyeran que no tenían otro remedio que morir!

La Dama Ancestral seguía de pie e impasible en la popa del bote. No se había metamorfoseado en algo monstruoso y grotesco; sólo su piel parecía despedir un leve resplandor nacarado, una luminiscencia a la que el fuego de san Telmo otorgaba un tinte aterrador.

—¿A tus desdichadas amigas? —repuso con calma—. No. No tenía ningún interés en engañarlas. El engaño..., si es que hubo engaño, fue producto de algo menos evidente.

—¿Qué quieres decir?

—Nada que sea importante. No ha sido más que un comentario. —Sus cabellos se agitaron a pesar de no soplar brisa alguna, y la aureola plateada de sus ojos centelleó brevemente—. Deberías pensar en las pruebas que te aguardan, no en las de ellas.