Los blancos brazos continuaron con sus suaves movimientos, el remo se agitó en el agua. Por fin la figura se dignó responder.
—No te muestro nada. Ves tan sólo lo que cualquiera puede ver en mi reino... o en su propia mente.
—¡Pero esto no es verdad! Esa..., esa parodia —hizo un gesto en dirección a la ahora invisible escena— es una mentira. ¡No sucedió, no de esta forma!
La Dama Ancestral no se molestó en replicar a sus palabras, y, rezumando cólera, Índigo le dio la espalda una vez más y atisbo en las tinieblas, pero era incapaz de poder ver más allá del tenue resplandor del fuego de san Telmo. Durante un tiempo nada más sucedió y el silencio se volvió opresivo; sentía el túnel cerrándose sobre ella, encerrándola, opresor y asfixiante. En su interior, una vocecita preguntaba sin cesar: «¿Qué va a ser lo siguiente?», y, aunque intentaba acallarla, sabiendo que era insidiosa y peligrosa, ésta persistía. ¿Qué va a ser lo siguiente? ¿Qué fantasma saldría ahora de la oscuridad para perseguirla? ¿Cual?
Entonces, de improviso, estuvo a punto de verse arrancada de su asiento cuando algo enorme e invisible atravesó el túnel como una exhalación, la golpeó y se alejó por la popa como un torbellino. Al pasar, la muchacha escuchó un grito de dolor, una voz de hombre, y, mezclada con ella, el último estertor de un mujer.
Conocía esas voces...
—¡No! Padre, madre...
Algo rió en la oscuridad delante de ella, y un humo acre se introdujo en su garganta y pulmones. Un incendio... La sombra de un gran edificio en llamas se reflejó en las paredes, y detrás de la sombra pudo ver las llamas que se elevaban igual que serpientes por encima de las torres que se derrumbaban, y escuchó el rugido del fuego y el crujido de la piedra y la madera desplomándose sobre aquel infierno. Luego, la ilusión desapareció, aunque sus ojos siguieron contemplándola unos segundos, y, en su lugar, otra refulgente ventana se abrió en el muro y vio una triste procesión, tres féretros envueltos en ropajes de color Índigo y rematados por coronas de hojas; no el exuberante y descarado verdor de la Isla Tenebrosa, sino la salvia y la alheña, el carmesí y el añejo dorado que cubrían los árboles en el otoño meridional. Delante de los féretros avanzaba un anciano de ojos ciegos, con un arpa entre los brazos; tocaba y cantaba, pero Índigo no escuchaba otro sonido que el lúgubre gemido de un viento polar. Las mudas imágenes en movimiento quedaron atrás. Y entonces una nueva voz surgió de la oscuridad, y, al escucharla, los últimos vestigios de color desaparecieron del rostro de Índigo. Sus manos se aferraron a la borda con tanta fuerza que una astilla de madera se desprendió y se le clavó en la palma. Sin darse cuenta de lo sucedido, sin sentir el dolor mientras la sangre corría por entre sus dedos, sus músculos se agarrotaron y un grito brotó incontrolable de su garganta.
—¡No! ¡No, por favor! ¡No me la muestres, no me dejes verla! ¡No quiero verla!
—¡Anghara! ¡Mi muñequita, mi amorcito, mi princesita! —La voz, tan familiar, tan querida, temblaba de dolor y confusión mientras pronunciaba el antiguo nombre de Índigo, su auténtico nombre, aquel que había abandonado hacía ya tanto tiempo—. ¿Dónde estás, Anghara? ¡No te encuentro!
—Te busca, Índigo —dijo la Dama Ancestral con voz distante—. ¿Tienes demasiado miedo para contestarle?
—¿Dónde está mi amorcito? —gimió la voz, entrecortada por la emoción—. Ven a mí, querida; ven a mí, ¡te lo suplico! Oh, Madre todopoderosa; tráela de vuelta. Devuélvesela a Imyssa que tanto la quiere, y no volveré a dejar que se vaya. —¡Imyssa! Índigo no pudo soportarlo más; se vio arrollada por lealtades y anhelos que había aprendido a acallar durante medio siglo, y gritó el nombre de su antigua niñera a la oscuridad. Mientras el túnel le devolvía la llamada violentamente en forma de una atronadora andanada de ecos, una reluciente aureola se formó sobre el agua, y una figura se materializó en el anillo de luz.
Imyssa, su niñera, protectora y mentora, extendió los marchitos brazos, y los ojillos, brillantes y tan oscuros como un petirrojo, brillaron como estrellas.
—¡Mi muñequita! ¡Mi dulce princesa, mi niña, mi pequeñina! ¿Oh, dónde estás?
Índigo se puso en pie, sin importarle el repentino y violento balanceo de la embarcación.
—Estoy aquí, Imyssa. Estoy aquí. ¡Estoy viva!
Los viejos ojos se movieron de un lado a otro, trasladando la mirada de aquí para allá.
—Sólo te pido que me la dejes ver una vez antes de queme reúna con la Madre. ¡Sólo dime que ella no murió! Sólo dime que...
—¡Imyssa!
Una horrorizada sensación de náuseas se apoderó de Índigo cuando ésta comprendió que la niñera no podía ni oírla ni verla, y se volvió enfurecida hacia la Dama Ancestral.
—En nombre de la Madre, ¿es que no tienes compasión? ¿Por qué la atormentas... y me atormentas a mí?
La negra figura sacudió la cabeza con aire solemne.
—Los mortales crean sus propios tormentos, Índigo; no soy yo quien se los inflijo.
La Dama Ancestral contempló la brillante aureola. El bote se encontraba muy próximo ahora, y su expresión adoptó un leve matiz de reflexivo interés, sin perder su aire de indiferencia.
—Se volvió loca antes de venir a mí. El dolor y el remordimiento son fuerzas muy poderosas, y jamás dejó de creer que podría haberte salvado. Al final, eso provocó la definitiva pérdida de su cordura.
El fantasma de Imyssa sollozaba en estos momentos, retorciendo las manos, y, a medida que el anillo de luz quedaba más cerca, Índigo pudo apreciar con un sobresalto la forma tan terrible en que había cambiado su vieja niñera antes de que la muerte la reclamara. La edad había pasado factura, sí; pero la profundidad de las arrugas de su rostro, y la negrura de los círculos bajo los ojos, delataban estragos mucho peores que los debidos al paso de los años, Índigo se desesperó; si tan sólo pudiera comunicarse con Imyssa, si pudiera hacerle ver, hacerle comprender...
—¡Imyssa! —Se encontraba todavía de pie en la proa, y se estiró al frente y hacia arriba en dirección al fantasma, intentando alcanzar las manos que se abrían y cerraban, retorciéndose dentro de la brillante aureola—. Imyssa, escúchame. Mírame. ¡Estoy viva!
La embarcación penetró en el óvalo de luz. El resplandor se desparramó por el rostro y manos de Índigo, hasta alcanzar la impasible figura de la Dama Ancestral, Índigo sintió un ligerísimo cosquilleo cuando por un momento casi — aunque no del todo— consiguió tocar los nudosos dedos de la niñera, y el fantasma de Imyssa flotó a través de ella, la dejó atrás y, sin dejar de sollozar, desapareció.
La muchacha empezó a temblar. Brazos y piernas se agitaban como víctima de una perlesía; todo su cuerpo se estremecía con un deseo de llorar o gritar o encolerizarse... No sabía cuál de estas cosas, pero tampoco importaba, ya que no podía expresar sus sentimientos; carecía del poder para liberarlos. Volvió a dejarse caer sobre el banco, intentando recuperar el control de sí misma. Pero también eso era imposible, pues su cerebro estaba en tensión como un gato en una trampa, aguardando que la siguiente visión emergiera de la oscuridad que tenía delante, y temiendo lo que pudiera ver.
El bote siguió adelante, y se produjo un silencio roto tan sólo por el ininterrumpido ritmo de su avance. Los sentidos de Índigo se encontraban ahora sujetos al máximo de tensión, y ésta fue empeorando hasta casi no poder soportar la ansiedad por lo que pudiera aparecer. Por fin no pudo aguantar más. Volvió la cabeza, la mirada llena de rabia y de dolor, y contempló a la Dama Ancestral.
—¿Ha sido eso todo tu desafío, señora? —inquirió furiosa—. ¿Debo entender que ya no puedes realizar nada más terrible?