—No. —La tranquila expresión de la figura no se alteró lo más mínimo—. No he hecho nada. Sencillamente has visto un poco de tu propio pasado, Índigo, y eso acabó ya, de modo que carece de importancia. El demonio se encuentra delante de ti... si puedes encontrarlo. ¿Sigues dispuesta a continuar con tu búsqueda por esta ruta?
Los estremecimientos y temblores de Índigo empezaban a disminuir; sin nuevas apariciones para atormentarla, comenzaba a recuperar el dominio de sí misma.
—Sí —contesto, apretando los dientes con fuerza.
Se escuchó un crujido, como el de seda vieja agitándose, y el ritmo de la espadilla se alteró ligeramente.
—Muy bien —dijo la Dama Ancestral sin la menor emoción en la voz—. En ese caso lo que debe hacerse se hará. Y, cuando haya finalizado y hayas admitido la derrota, confío en que recuerdes que las consecuencias las elegiste tú misma.
El remo se hundió más profundamente de improviso. El bote viró con violencia, cambiando de dirección, e Índigo se vio lanzada con fuerza a un lado. Se incorporó con cierta dificultad, con un juramento en los labios, y se quedó como paralizada al ver que una forma más oscura que el agua surgía de las tinieblas que tenía enfrente. Era una lengua de tierra, aunque no podía decir si se trataba de una isla pequeña o una península de una masa de tierra mayor. Un resplandor translúcido mostraba el lugar donde la corriente chocaba contra una pequeña playa de esquisto, y el río del otro mundo se dividía en dos canales estrechos al pasar junto a la llana masa de tierra.
La embarcación se encaminó hacia la playa y encalló en ella, Índigo miró más allá de la débil luz de la proa. El terreno que se extendía ante ella apenas si se alzaba unos centímetros por encima del agua. Estaba pelado, yermo, sin que se apreciara ni tan siquiera una brizna de hierba; no se movía nada allí, e Índigo se volvió para mirar de nuevo a la negra figura.
—¿Quieres que baje?
Una tenue sombra cruzó el cadavérico rostro de la Dama Ancestral al inclinar ésta la cabeza.
—Sí. Ya no podemos seguir viajando juntas por el agua.
Índigo se levantó y saltó por encima de la borda. El esquisto era frío y cortante al contacto con sus pies; avanzó unos cinco pasos playa arriba antes de que el rumor del agua al removerse la hiciera darse la vuelta.
La Dama Ancestral había utilizado el largo remo para desencallar la embarcación, que ahora se alejaba lentamente de la playa. La mujer seguía de pie en la popa, la cabeza vuelta hacia ella.
—Ha llegado el momento de que te deje —anunció—. A partir de ahora deberás enfrentarte a tus pruebas sola.
Índigo miró por encima del hombro la negra extensión de terreno que tenía a su espalda.
—¿Cuánto tiempo he de permanecer aquí?
—Oh, tu viaje ha terminado. —Los negros labios se curvaron en una leve sonrisa burlona—. Lo que viene ahora, vendrá a ti sin que tengas que buscarlo. Y, cuando venga y le hayas dado un nombre, entonces me llamarás y yo responderé.
La alta figura se inclinó hacia la proa y arrancó el fuego de san Telmo del lugar al que estaba sujeto.
—Mi regalo de despedida —dijo, al tiempo que arrojaba la luz en dirección a Índigo, la cual fue a caer sobre el esquisto a sus pies—. Cuídala bien, porque no durará mucho. Adiós, oráculo mío..., por el momento. Espero que estés lista para lo que te espera ahora.
Mientras Índigo se agachaba para recoger la luz, el bote empezó a alejarse. El remo se hundió rítmicamente y su paso por el agua resonó con un ruido hueco y monótono. Luego las tinieblas lo envolvieron, e Índigo se quedó sola.
CAPÍTULO 18
El sonido de los tambores que enviaban el mensaje de Uluye a los poblados era diferente de cualquier cosa que Grimya hubiera escuchado antes. La loba contempló con inquietud cómo sacaban las enormes estructuras de madera con sus antiguas y tensas pieles y las colocaban en sus lugares correspondientes en la plaza, y cómo las transmisoras de mensajes, dos mujeres para cada tambor, empuñaban los enormes bastones. A una señal de una de las sacerdotisas de mayor rango, los bastones golpearon la piel... y pareció como si una terrible tormenta hubiera estallado sobre sus cabezas cuando las voces retumbantes de los tambores rugieron su mensaje al aire haciendo pedazos el silencio de la mañana. Las percusionistas balanceaban los brazos como guerreros que empuñaran espadones, y golpeaban un compás complejo, apremiante y siniestro que seguramente se podía oír a kilómetros de distancia. Del bosque, apenas audibles en medio del estruendo, se elevaban los chillidos de protesta o temor de animales y pájaros, pero el retumbar proseguía inalterable, las mujeres sudorosas ahora y con el rostro torvo mientras atacaban los tambores con todas sus fuerzas.
Abajo, en la orilla, se desarrollaba una actividad diferente. Otras nueve sacerdotisas habían salido de la ciudadela, cada una con una antorcha y cada una con el rostro pintado precipitadamente con sigilos grotescos; iban llenas de amuletos y fetiches, y su jefa llevaba cuatro largas estacas. Tras hundir las estacas en el blando suelo del extremo más alejado de la plaza para formar un cuadrado, y sin dejar de entonar agudos cánticos, las mujeres empezaron a depositar nuevos amuletos formando un dibujo ritual alrededor del perímetro del cuadrado. Sujetaron cuatro de las antorchas a las estacas, cuyas llamas oscilaban como pálidos andrajos bajo la poderosa luz del sol, y, cuando hubieron terminado, las mujeres sacaron de las bolsas que colgaban de sus cinturas puñados de arena negra y de pequeños guijarros oscuros y señalaron un estrecho sendero que discurría desde el cuadrado, cruzando el sendero del lago, hasta el límite del bosque.
Luego, satisfechas al parecer con su trabajo, se dieron la vuelta como una sola y se encaminaron despacio y con clara desgana al lugar donde se encontraban los cuerpos de Shalune e Inuss junto a la orilla. Nadie se había atrevido a tocar los cadáveres; condenados y expulsados, en estos momentos eran legítima presa de los hushu. Pero los crímenes de las dos mujeres eran de una naturaleza tal que los hushu no enviarían espíritus necrófagos normales para reanimar los cuerpos. Los horrores que vendrían a reclamar a los blasfemos eran los más poderosos de todas las legiones de demonios y no-muertos, y por lo tanto se los debía aplacar con ofrendas y evitar que escaparan al control para aterrorizar a los vivos. El sendero y el cuadrado señalarían el camino que tomarían tan espantosos visitantes, y los amuletos y otros objetos poderosos los mantendrían bajo control.
Las mujeres de los tambores, que seguían golpeando con una energía inexorable y frenética, volvieron las cabezas para no mirar cuando cuatro de las mujeres que habían marcado el cuadrado levantaron los cuerpos de Shalune e Inuss. Las mujeres restantes iniciaron entonces una serie de sonoras lamentaciones y, agitando sistros en dirección a los cadáveres, arrojaron más puñados de arena sobre ellos, tras lo cual las cuatro mujeres los condujeron apresuradamente hasta el cuadrado y los colocaron en el centro, los cuerpos cruzados el uno sobre el otro formando ángulos rectos. Hecho esto, con los cánticos y los repiqueteos resonando aún con toda su potencia, las cuatro mujeres que habían trasladado los cadáveres corrieron hasta el lago y se arrojaron al agua de la orilla mientras sus compañeras arrojaban más agua sobre ellas para ayudarlas a eliminar la mácula dejada por las criaturas impías que acababan de tocar.
Grimya presenciaba la escena desde las sombras del pie de la escalera inferior donde se encontraba acurrucada. El miedo y la congoja hacían latir con fuerza su corazón, y no podía dejar de temblar; habría dado una fortuna por dejar de oír el sonido de los tambores, pero no había ningún lugar en el que refugiarse del estrépito, ningún lugar donde encontrar el silencio que precisaba para poder pensar con claridad.