Había estado esperando a Uluye; la Suma Sacerdotisa no había vuelto a salir de la ciudadela, y, cuando la loba intentó subir la escalera en su busca, dos guardianas le cortaron el paso amenazándola con sus lanzas y se negaron a dejarla pasar. Comprendió entonces que también ella se había convertido en un paria a los ojos de las mujeres. Creían que Índigo las había traicionado, de modo que Grimya, en su calidad de amiga de la muchacha, debía compartir su culpa. Era una locura, y la hostilidad de las mujeres hacía que fuera aún más difícil para la loba encontrar una respuesta a la pregunta que ardía en su mente, la espantosa y apremiante pregunta: «¿Dónde estaba Índigo?»
Grimya sólo estaba segura de una cosa y, aunque el consuelo que esto le proporcionaba era bastante mínimo, al menos era mejor que nada. Lo que fuera que le hubiera ocurrido, Índigo debía seguir con vida aún. Ni siquiera un demonio como la Dama Ancestral podía matar a un inmortal, y esta seguridad era lo que impedía que la loba se dejara llevar por la desesperación. Pero ¿qué había sido de su amiga? ¿Se encontraba atrapada, cautiva, herida? ¿Era capaz de regresar al mundo exterior? Y, de ser así, ¿cómo y dónde emergería? El animal estaba seguro de que Uluye podía ayudarla, si quisiera. Tenía que volver a hablar con la Suma Sacerdotisa, por mucho que costase. Uluye tenía una deuda con ella, y debía persuadirla para que la pagara.
De improviso escuchó el sonido de voces en lo alto y, a los pocos momentos, el golpear de varios pares de pies en la escalera. Salió corriendo de su refugio, levantó la cabeza, y vio que la Suma Sacerdotisa regresaba.
Uluye iba vestida de rojo de la cabeza a los pies: un rojo profundo y riguroso que la luz del sol convenía en sanguinolento. Llevaba la cabeza descubierta, y la larga melena negra suelta, impregnada de aceite y balanceándose como cuerdas alquitranadas sobre su pecho. Lo grotesco de su aspecto se veía aumentado por el rostro, pintado de modo que representara una máscara inhumana: ojos terriblemente exagerados, los labios una gruesa línea roja, trazos irregulares de diferentes colores irradiando de la nariz para atravesar luego las mejillas.
Tres mujeres enmascaradas descendían apresuradamente detrás de ella, sosteniendo una colección de utensilios cuyo propósito Grimya no adivinaba: un mayal con unas perversas púas, un sistro con plumas negras entretejidas en él, un cuchillo demasiado embotado para ser de metal, y un cáliz manchado y oxidado. Descendían cantando; no con los alaridos ululantes de sus hermanas de la orilla del lago, sino con siseantes susurros que transmitían un trasfondo de fría amenaza.
La fantasmal procesión llegó al final de la escalera, y Uluye penetró en la arena.
—¡U... luye!—Grimya surgió de las sombras para cortar el paso a la Suma Sacerdotisa y, dejando de lado toda cautela, gritó en voz alta—: ¡U... luye, tengo que hablar contigo!
Uluye se detuvo en seco; a su espalda, el siseante cántico cesó bruscamente mientras sus tres acompañantes contemplaban a la loba estupefactas. Luego, con tal rapidez que cogió a Grimya totalmente por sorpresa, Uluye giró en redondo y arrebató el mayal de púas de la mano de su asistente.
—¡Brujería!
Escupió la palabra como si se tratara de una maldición o de un grito de combate, y la tralla del mayal cayó sobre la loba. Grimya dio un salto atrás con un gañido, y la Suma Sacerdotisa se lanzó tras ella, agitando el mayal de un lado a otro y haciendo volar el polvo a cada golpe.
—¡U... luye...! —intentó volver a decir la loba, pero la mujer no le dio la menor oportunidad de hacerse oír. —¡Magia negra y demoníaca! —rugió la Suma Sacerdotisa, y el mayal se estrelló contra el suelo, errando a la loba por pocos centímetros—. ¡Incluso ahora los blasfemos nos envían ilusiones para engañarnos! ¡Coged a ese animal..., cogedlo y atadlo y haced que permanezca en silencio, o el mal quedará en libertad!
Las ayudantes recuperaron el control de sí mismas, y las cuatro avanzaron sobre Grimya al unísono. La loba se vio acorralada, con la pared del zigurat a su espalda; se agazapó, las orejas pegadas a la cabeza y el pelaje erizado, y, cuando una de las mujeres se le acercó, un pánico ciego la hizo reaccionar atacando y mordiendo. Se escuchó un grito, y la loba sintió el sabor de la sangre en la boca; agachó la cabeza y gruñó furiosa, y a través del rugido su voz gutural jadeó:
—¡No soy ningún demonio! ¡Escuchad, deeebéis escuchar! Índigo esta...
No pudo seguir. Uluye volvía a empuñar el mayal, y abatió el cincelado mango con todas sus fuerzas contra la cabeza de la loba. Grimya aulló y se tambaleó. Luz y oscuridad danzaron ante sus ojos en un tiovivo enloquecido. Sintió náuseas en el estómago; las patas le fallaron, se entrecruzaron y se doblaron bajo su peso cuando la desorientación la golpeó como un segundo mazazo físico, y el animal se derrumbó sobre la arena gimiendo aturdido.
Uluye bajó los ojos para contemplar la jadeante figura convulsionada.
—Atad las patas de esta criatura y amordazadle la boca —espetó; respiraba de forma entrecortada y con un gran esfuerzo. —¿No deberíamos matarla, Uluye? —inquirió una de las ayudantes.
—Aún no. Es el espíritu familiar de nuestro falso oráculo; puede que la Dama Ancestral desee que se lo sacrifique en la forma adecuada. De todos modos ocupaos de que no pueda emitir ningún sonido.
—Un animal que habla... —se estremeció la ayudante—, es antinatural. Un mal presagio.
—¡No quiero oír hablar de presagio! —exclamó Uluye revolviéndose contra ella presa de cólera—. ¡Obedéceme, y no se te ocurra poner en duda mis deseos!
Grimya estaba consciente pero demasiado aturdida para resistirse cuando las mujeres trajeron gruesas cuerdas de fibra y le ataron las patas delanteras y traseras. Anudaron una tercera cuerda alrededor de su hocico de modo que, aunque podía respirar sin dificultad, no podía emitir más sonido que un gemido o un débil gruñido. Cuando terminaron, Uluye ordenó a las tres ayudantes que se adelantaran —al parecer no sentía la menor preocupación por la mujer cuyo brazo había mordido la loba— y, cuando estuvieron lo bastante lejos para que no pudieran oírla, se inclinó junto al indefenso animal.
—¡No quiero volver a oír nada más sobre tu querida Índigo! —siseó, acercando los labios a la oreja de la loba—. La Dama Ancestral la tiene ahora, y ya se ocupará de ella a su manera. —La repugnante boca pintada se distendió en una mueca desagradable—. Tú me has mostrado la verdad, mutante. Tú me has mostrado que nuestro oráculo es un falso oráculo, un demonio enviado para engañarme y confabularse con los blasfemos en contra de mi ley. Te diré algo: no se puede jugar con la Dama Ancestral, ni tampoco con su Suma Sacerdotisa y leal servidora. Te he desenmascarado a ti y a tu diabólica señora. ¡Habéis fracasado!
Se irguió con un brusco movimiento, dio media vuelta y se alejó por la plaza a grandes zancadas. Incapaz de moverse o de mostrar la menor reacción, Grimya la vio alejarse. Tenía los ojos velados, y el dolor del golpe recibido la tenía todavía aturdida, pero las palabras de Uluye habían dado en el blanco; se dio cuenta de que, por primera vez, comprendía realmente lo que se ocultaba tras la amarga antipatía de la Suma Sacerdotisa.
Uluye podría haber ordenado su muerte, pero no lo había hecho. El deseo más apremiante de la sacerdotisa fue hacer callar a Grimya, impedir que revelase a nadie más no sólo su habilidad para hablar las lenguas de los humanos, sino también la historia que le había contado. Y el motivo de Uluye en ambos casos había sido el mismo: el miedo. La loba lo había visto en su rostro, a pesar de la grotesca capa de pintura, cuando la Suma Sacerdotisa se inclinó sobre ella para susurrarle su salvaje advertencia. La mujer tenía miedo de Grimya, porque Grimya era la compañera de Índigo, y ésta era una amenaza a su poder y supremacía.