Hizo una señal a las mujeres que tocaban los tambores, y el atronador golpeteo cesó al instante. El silencio resultó espantoso en contraste con el ruido anterior, y casi tan ensordecedor como lo había sido el rugir de los tambo res. Cuando los últimos ecos se desvanecieron, Uluye escuchó la respuesta de otros tambores a lo lejos, en las profundidades del bosque. Estupendo, pensó; estupendo. Los ancianos del pueblo transmitían la llamada; se propagaría a lo largo y a lo ancho, y la reunión sería todo lo numerosa que ella había exigido.
Era hora de dar comienzo a las primeras ceremonias...
CAPÍTULO 19
Quince pasos, Índigo los había contado tantas veces, comprobándolo y volviéndolo a comprobar, que tenía la ; impresión de que aquel número estaba grabado en su cerebro. Quince pasos de un extremo de esta miserable punta de roca al otro, y apenas siete a lo ancho. Y, entre tan limitados confines, ni un montecillo, ni una grieta, ni el más mínimo rasgo distintivo.
Se encontraba ahora sentada en la pendiente de esquisto con las rodillas dobladas hacia arriba sosteniendo la barbilla y el agua lamiendo el suelo a pocos centímetros de sus pies. El agua era tan oscura, tan silenciosa y aceitosa que daba la impresión de podredumbre, y no estaba dispuesta a tocarla siquiera. Así pues, sin una dirección que poder tomar, nada podía hacer excepto esperar e intentar controlar la impotente y fútil pero salvaje cólera que hervía en su interior.
Se había maldecido por estúpida más de cincuenta veces. Había permitido que la Dama Ancestral la hiciera bailar a su lúgubre son a través de este laberinto, convencida de que al final hallaría la luz, pero, en lugar de ello, su guía la había abandonado en este..., este... Índigo sacudió la cabeza con fuerza al no encontrar palabras lo bastante repugnantes como para describir el lugar. No podía ni imaginar cuál había sido el propósito de la Dama Ancestral al traerla aquí, pero a cada minuto que pasaba se sentía más convencida de que la había engañado. «Lo que viene ahora, vendrá a ti sin que tengas necesidad de buscarlo, había dicho la figura. ¿Cuánto tiempo había transcurrido ya? ¿Una hora? ¿Dos? ¿Más? Sin embargo, todavía no había otra cosa que la lóbrega oscuridad y el silencio y la sensación de que nada sucedería aquí, porque nada podía suceder aquí.
—... suceder...
Índigo dio un respingo cuando el débil eco pareció susurrar la palabra a su espalda. No se había dado cuenta de que había hablado en voz alta, y sintió un escalofrío, no gustándole el tono inerte y mezquino que el oscuro túnel daba a su voz. Mientras el escalofrío desaparecía, echó una mirada a su lado, donde el fuego de san Telmo se encontraba encajado en los guijarros. Su débil resplandor de luciérnaga seguía derramándose sobre las piedras, pero . Índigo le dio la impresión de que era más tenue que mi ñutos antes. La Dama Ancestral le había advertido, burlona, que la luz no duraría indefinidamente, y se preguntó cuánto tiempo más seguiría brillando. La idea de quedar en una total oscuridad sin tan siquiera esta chispa de consuelo resultaba desalentadora, e Índigo tomó con sumo cuidado la luz y la sostuvo en la palma de una mano. No se parecía a nada que hubiera visto antes; era simplemente una esfera de algo parecido a cristal verdoso de apenas tres centímetros de ancho, suave y fría al tacto. La luz que desprendía no tenía un origen visible, y nada parecía afectarla ni en un sentido ni en otro.
El cristal parpadeó de improviso, como una vela atrapada en una corriente de aire, por lo que Índigo se apresuró a depositarlo otra vez en el suelo. Lo observó con atención durante un rato, pero no volvió a parpadear, de modo que finalmente suspiró y reemprendió la contemplación de las oscuras aguas. Sin duda, sin duda, no iría a verse obligada a permanecer aquí de forma indefinida... Era una idea demencial. Debía de existir alguna manera de abandonar esta tres veces maldita roca...
—... roca...
Esta vez dio un violento respingo, ya que el susurrante eco había sonado mucho más cerca. Diosa querida, pensó, debía de estar empezando a perder la razón si se dedicaba a hablar en voz alta sin darse cuenta. —... darse cuenta... -¡Ahhh...!
Fue una exclamación y una protesta a la vez, e Índigo se puso precipitadamente en pie, el corazón latiéndole con violencia. Esta vez no había hablado en voz alta; lo sabía, estaba segura. Pero algo le había contestado... —... contestado...
Juró en voz alta al tiempo que giraba en redondo, intentando ver en la oscuridad. Apenas si pudo entrever la leve curva del islote y el tenue brillo fosforescente de la superficie del río algo más allá. No se movía nada en la roca. No había nada allí.
Índigo se pasó la lengua por los labios. El primer instinto fue gritar, desafiar a la voz, pero la contuvo una desagradable convicción de que eso podría provocar una respuesta para la que no estaba preparada. Deseó que su cuchillo se encontrara en su mano, en lugar de haberse quedado junto con sus otras pertenencias en la cueva del oráculo de la ciudadela. Mejor aún, la ballesta y una buena provisión de saetas... aunque cómo podría defenderse de un asaltante invisible era una pregunta que no se molestó en responder. Durante un minuto, puede que dos, permaneció inmóvil, escudriñando la roca, pendiente del menor sonido. Nada; y empezó a preguntarse si no lo habría imaginado. Quizá si cogiera el fuego de san Telmo y explorara con él la roca otra vez... —... roca otra vez...
—¿Quién eres? —aulló Índigo— ¡Muéstrate! Los ecos de su voz rebotaron tumultuosamente en las paredes del túnel, para luego desvanecerse. No obtuvo respuesta.
—Maldita sea...
Índigo se agachó, agarró la pequeña esfera de luz y la sostuvo frente a ella con el brazo extendido. Por un instante un chorro de fría luz procedente de la diminuta esfera le iluminó la mano..., y entonces el fuego de Santelmo parpadeó, perdió intensidad, volvió a parpadear y se apagó, dejándola sumida en una total oscuridad.
Se mordió las comisuras de los labios para reprimir el grito que intentaba brotar de su garganta. Se trataba de un sobresalto momentáneo, nada más; no había de qué estar asustada...
—... asustada... nosotros...
Había sonado a su espalda; giró en redondo, pero todo lo que pudo ver fue el débil resplandor nacarado del agua.
—... nosotros... Índigo...
Su respiración se aceleró hasta convertirse en un áspero sonido en su garganta, pero esta vez su voz estaba bajo control.
—¿Qué eres? Te lo vuelvo a decir: ¡muéstrate!
—... nosotros... ayúdanos...
Se trataba de una voz tan fina, observó con un repentino escalofrío interior. Inexpresiva, sin vida... y triste. Y decía «a nosotros», no «a mí».
Aspiró el malsano aire, llenándose de él los pulmones, y cerró la mano con fuerza alrededor de la extinguida esfera de luz.
—No te veo. Te oigo, pero no te veo.
La voz volvió a responder, a su espalda, desde la roca desnuda del islote:
—Índigo... casa... nosotros... Índigo... queremos... ayuda nos... queremos...
La muchacha cerró los ojos con fuerza y siseó una oración por entre los apretados dientes.
—¡Madre todopoderosa, si puedes oírme, si tienes piedad de mí, ayúdame ahora! ¡Muéstrame qué he de hacer!
Si la Madre Tierra la escuchó, no le contestó. Y la monótona vocecilla volvió a hablarle, ahora desde otro lugar.
—... nosotros casa... Índigo... queremos casa... ayúdanos...
Se escuchó un nuevo sonido, un leve crujir y tintinear, y parecía emanar de todo lo que la rodeaba, Índigo parpadeó en un esfuerzo desesperado por obligar a sus ojos a atravesar la oscuridad, pero fue inútil. No había luz, no había nada.