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—... excepto nosotros... casa... nosotros casa... Índigo... que remos... queremos...

Los crujidos sonaron con más fuerza. De repente se produjo un movimiento en la oscuridad; tuvo una lenta, ciega sensación de algo que se movía a ambos lados de ella, masilla del islote, más allá de las deslizantes aguas.

E Índigo recordó lo que se encontraba enterrado en las paredes de este túnel.

De improviso, sin avisar, la esfera de luz de su mano volvió a encenderse. Lanzó un grito de sorpresa al ver que un brillante resplandor blanco surgía de entre sus dedos, e involuntariamente arrojó la esfera lejos de ella. El cristal rebotó sobre la piedra, rodó, y fue a detenerse en la cima del suave desnivel de esquisto, no un apagado gusano de luz ahora, sino una diminuta estrella reluciente que . arrojaba haces de luz y sombra por todo el islote.

Las paredes del túnel se movían. Toda su superficie parecía haber cobrado vida, moviéndose y agitándose. Pedazos de arcilla, liberados por el cataclismo, se desplomaban en el agua como diminutas avalanchas, y en los agujeros y cicatrices resultantes se veían movimientos convulsos y un apagado brillo de huesos marrones, húmedos, vagamente fosforescentes. A la fría luz del fuego de

san Telmo, Índigo vio cómo las peladas calaveras surgían de las paredes que las habían mantenido aprisionadas; en el fondo de las cuencas de los ojos brillaba una débil luz como de brasas mortecinas, y el primer destello de una inteligencia vacía y aterradora.

Horrorizada, sintiendo que iba a vomitar en cualquier momento, Índigo empezó a retroceder instintivamente antes de darse cuenta con un escalofrío de que no había ningún sitio al que pudiera retroceder. Los cadáveres vueltos a la vida la rodeaban por todas partes; se encontraba atrapada entre sus filas, y ni tan sólo el río, si se hubiera atrevido a introducirse en él, ofrecía escapatoria, pues también se encontraban allí, en las paredes que lo flanqueaban; y, si penetraba en el río y ellos abandonaban las paredes y caían al agua, entonces estarían allí, con ella y... —¡No, oh, no!

Se llevó las manos a la cabeza, retorciéndose de un lado a otro en frenética negación a la vez que intentaba no escuchar los terribles crujidos que ahora parecían llenar el túnel, salpicados de furtivos chapoteos producidos por nuevos pedazos de arcilla que caían al río. Deseaba cerrar los ojos también, no tener que contemplar este horror, pensó la idea de no ver, de no saber lo que sucedía, resultaba más aterradora aún.

—¡Regresad, regresad! —La voz se le quebró por los nervios—. ¡Por favor..., en nombre de la Madre, deteneos.

—... miedo... Índigo... miedo... —La respuesta le llegó débil, entristecida y apagada, por entre los chasquidos y corrimientos de tierra. Las voces volvían a empezar.

—No...

—... nosotros... miedo, Indigo... nosotros... no...

Conteniendo las náuseas, Índigo intentó coger la esfera de luz, su único bastión contra los horrores que se arras traban a su alrededor. Pero, cuando cerró la mano sobre ella, se vio obligada a dar un salto atrás con un grito de dolor: la diminuta esfera ardía. Jadeante, se retorció los dedos chamuscados; luego, a medida que recuperaba la respiración y el dolor disminuía hasta convertirse en fuertes punzadas, se dio cuenta de que este pequeño incidente la acababa de salvar de caer en un pánico total. El sobresalto producido por algo tan corriente como hacerse daño había desviado la atención de sus sentidos por un instante, y su cerebro había aprovechado la oportunidad para reafirmar un cierto autocontrol. Agachada sobre el esquisto, con el fuego de san Telmo brillando a su lado y la mano dolorida cerrada con fuerza, paseó la mirada rápidamente de un lado a otro, conteniendo el terror, conteniendo la sensación de náusea y repugnancia.

—No tengo miedo. —Pronunció las palabras como en una letanía—. No tengo miedo.

—... miedo... no... Índigo —respondieron las voces.

Dulce Diosa, veía cómo se movían aquellas mandíbulas destrozadas...

—No tengo miedo. No podéis hacerme nada.

—... nada... no, Índigo... miedo... nosotros...

Una pausa, un momentáneo silencio; luego, como si lentamente las voces aprendieran —o volvieran a aprender un modo más claro de expresarse, le llegó un suave y sibilante coro que la dejó helada.

—;... no nos tengas miedo, Índigo... ayúdanos... elévanos contigo, Índigo... casa... casa... no tengas miedo...

Índigo sintió que se le contraía el estómago y jadeó, sin aire. Por primera vez comprendía la terrible aflicción que expresaba el coro de voces, y su terror quedó súbitamente eclipsado por una horrorizada piedad. Muy despacio, se puso en pie, con el corazón latiéndole enloquecido, y miró a su alrededor.

—¿Qué es lo que queréis? —gritó— ¿Qué es lo que creéis que puedo hacer?

La respuesta le llegó con una horrible y hueca ansiedad e impaciencia.

—... libres... libres, Índigo... nosotros... libéranos...

—No puedo liberaros. No tengo ese poder.

—... sí... libres... nosotros... poder... libéranos...

—¡No puedo! No soy una diosa.

—... no... no... no... no... no... no...

Había un repentino nerviosismo en las respuestas, y no sabía si las voces confirmaban o negaban sus palabras. Entonces, mientras el coro de voces se apagaba, un solitario susurro flotó sobre las oscuras aguas.

—... miedo... nosotros, Índigo... nosotros... tenemos miedo...

Dos diminutas estrellas relucientes llamearon en la oscuridad fuera del alcance del fuego de san Telmo. A Índigo se le puso la carne de gallina.

—¿Miedo? —Su voz era indecisa, temblorosa casi—. ¿De qué tenéis miedo? ¿Qué podéis temer?

Se escuchó un siseo, como si un millar de serpientes hubieran hecho acto de presencia en el túnel. En un principio Índigo pensó que se trataba de un sonido incoherente, pero luego se dio cuenta de que las voces repetían una palabra, una única palabra, una y otra vez.

—... sí... sí... sí... sí... sí... miedo... ella, Índigo... ella tiene miedo... nosotros tenemos miedo... nosotros somos ella... ella es nosotros... ella tiene miedo... nosotros tenemos miedo... ayúdala, Índigo... ayúdanos, Índigo...

El corazón de Índigo retumbaba contra sus costillas.

Creía empezar a comprender lo que las voces querían decir, y de repente algunas de las enigmáticas y aparentemente insensibles palabras de la Dama Ancestral empezaron a encajar y a conformar un todo coherente. «Nosotros somos ella, ella es nosotros. El tiene miedo, nosotros tenemos miedo.» Oh, sí, pensó Índigo; oh, sí...

—¿A qué tenéis miedo? —gritó a los inquietos y agitados cadáveres aprisionados entre las paredes—. Decidme su nombre y su naturaleza.

Al instante cesó todo sonido. El silencio cayó sobre el islote como un sudario; incluso el río dejó de realizar sus leves chapoteos, Índigo arrastró un pie sobre el esquisto, rompiendo el abrumador silencio; pero las voces siguieron sin responder.

—Decidme —repitió.

Algo empezaba a agitarse en su interior, una nueva energía que emanaba de un punto que no podía definir pero que la llenaba de repentina seguridad. Poder, pensó. El poder para vencer a un demonio...

Su voz resonó por el túnel como un repiqueteo de campanas.

—¡Os lo ordeno, y no me lo podéis negar! ¡Decidme el nombre de vuestro temor!