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¡Agua! Se encontraba bajo el agua, aspirándola, tragándola, perdiendo los últimos restos de su precioso aire! Índigo comprendió al instante lo que la Dama Ancestral había hecho, y el pánico se apoderó de ella. ¡El lago! Se ahogaría; nunca conseguiría llegar a la superficie a tiempo...

¡No! El pánico cedió paso a la razón, y cerró la boca ante el embate de las aguas. Recordó sus últimas palabras a la Dama Ancestraclass="underline" ¡ella no podía morir! Existía una forma de llegar arriba, de regresar a la luz, a la cordura, al lugar donde la esperaban, ¡la esperaban! Tenía que llegar hasta ellas. ¡Debía hacerlo!

Índigo pegó los brazos a los costados y empezó a impulsarse con las piernas. Experimentó la repentina sensación de flotar; el instinto del nadador la atraía hacia la luz y el aire, y se lanzó hacia arriba desde las profundidades del lago, surcando las negras aguas con la velocidad de un pez. Atrás quedó su mortífero perseguidor.

CAPÍTULO 20

Se acercaba una tormenta. Grimya la había olfateado en el aire mucho antes de que las primeras neblinas empezaran a teñir el cielo, y en estos momentos el sol, que había traspasado el meridiano e iniciado el declive, colgaba como un borroso disco de cobre batido en un cielo espeso e incoloro que se oscurecía con rapidez por el oeste.

A la orilla del lago, las macabras ceremonias habían dado comienzo; preparativos para los ritos aún más desagradables que tendrían lugar a la puesta del sol. La gente seguía llegando procedente de pueblos remotos y se situaba alrededor de la plaza y en los límites del bosque. No desempeñarían ningún papel en lo que iba a suceder; su función se limitaba a presenciar los acontecimientos para que les sirvieran de lección. La multitud permanecía en silencio e, incluso desde el lugar donde yacía junto a la escalera, Grimya podía oler su miedo.

Un poco antes, la loba había conseguido retorcerse hasta llegar a una posición desde la que pudiera ver una parte de la reunión, y se estremeció interiormente ante la visión de aquellas hileras de rostros pétreos, cuyas expresiones fluctuaban entre la curiosidad morbosa y el más absoluto terror. Muchos traían ofrendas, aunque Grimya no estaba segura de si eran para aplacar a los espíritus y demonios, o a Uluye y sus mujeres. En las mentes de estas personas no parecía existir mucha diferencia entre unos y otras.

En la orilla, las sacerdotisas construían las estructuras de madera donde morirían Yima y Tiam. Recordando los horrores de la Noche de los Antepasados y el destino de la mujer que había asesinado a sus hijos, Grimya no quiso ver cómo el familiar armazón de la estructura iba tomando forma, de modo que volvió al refugio de la escalera arrastrándose como pudo, para quedarse allí oculta a los ojos de todos, y allí seguía ahora mirando con ojos entristecidos la pared del zigurat.

Se preguntó cómo les iría a Yima y a su amante. Se encontraban aún en el interior de la ciudadela, y Grimya temía el momento en que los bajarían y tendrían que pasar a pocos pasos de ella de camino a su ejecución. La sensación de culpabilidad que atormentaba a la loba era casi tan poderosa como su temor por la seguridad de Índigo, y, aunque sabía que era inútil, no hacía más que desear poder encontrar un medio, incluso en este último momento, de rectificar el daño que había hecho a la joven pareja.

El cielo se volvió más oscuro y opresivo. De la orilla le llegaban intermitentes sonidos de cánticos, el repiqueteo de sistros y el agudo son de los pequeños tambores de mano. El calor y la humedad eran peores que nunca, y Grimya se sentía mareada y enferma; con el hocico amordazado, no podía jadear para refrescarse, y nadie había pensado —o no se había molestado— en traerle agua.

Víctima de un estado febril a medio camino entre la vigilia y el sueño,

empezaba a preguntarse si la intención de Uluye no sería dejarla morir por abandono, cuando percibió una presencia a poca distancia. Abrió los ojos con esfuerzo, y vio que una de las sacerdotisas se había acercado al hueco de la escalera y se inclinaba sobre ella.

—Aquí tienes. —La muchacha era muy joven; más joven aún, supuso Grimya, que Yima. Tenía el rostro cansado y tenso, y el sudor le perlaba la frente, nariz y barbilla—. Ten. Te voy a dar un poco de agua, mira. —Le mostró un plato y una pequeña ánfora—. Mira, aquí está.

Así pues Uluye no intentaba matarla de este modo. Grimya intentó colocarse en una posición más erguida, pero las ligaduras de las patas se lo impidieron. La muchacha miró las cuerdas frunciendo el entrecejo, y la loba se preguntó por un instante si no iría a desatarlas; pero luego sin duda lo pensó mejor, ya que volvió su atención al nudo que sujetaba la cuerda alrededor del hocico de Grimya. Nada más soltarse la cuerda, Grimya lanzó un gañido de gratitud y su lengua lamió repetidamente el aire con desesperado alivio.

—Toma.

La muchacha llenó el plato de agua y se lo colocó bajo la nariz. En ese momento, un silencioso relámpago partió en dos el cielo e iluminó todo el zigurat como si éste estuviera en llamas en su interior. La joven dio un salto y lanzó un gritito, y a punto estuvo de volcar el plato. Durante unos segundos, permaneció inmóvil, escuchando con nerviosismo, pero no se dejó oír la rugiente respuesta del trueno, y por fin obligó a sus músculos a relajarse y devolvió la atención al agua. Grimya se dio cuenta de que los movimientos de la muchacha eran nerviosos y precipitados. Estaba claro que el inicio de la tormenta la había trastornado..., pero su temor se debía también a algo más, y la loba pensó sorprendida: «Me tiene miedo...».

Durante un minuto, mientras bebía el primer recipiente lleno de agua y lloriqueaba esperanzada en petición de otro, Grimya estuvo demasiado ocupada para considerar las implicaciones, pero luego, mientras la joven volvía a llenar el plato y lo empujaba con cuidado hacia ella por segunda vez, una idea le vino a la mente. No existía más que una ligera posibilidad de que funcionase, pero, si lo hacía, si tenía éxito, podría ser su única oportunidad de conseguir liberarse.

El agua la empezaba a reanimar; tras beber un tercer recipiente, se lamió el hocico y volvió la cabeza a un lado para indicar que ya tenía suficiente. La muchacha tomó la cuerda y la sostuvo, indecisa.

—Uluye dice que tengo que volver a atarte.

Sus oscuros ojos estaban llenos de cautela y le habló en un artificial tono apaciguador, ignorante a todas luces de que la loba podía entenderla, pero hablando de todos modos para darse ánimos. De improviso, un nuevo relámpago dio al cielo fugazmente un pálido tono blanco azulado. En esta ocasión lo siguió el lejano retumbar del trueno, y por un momento sopló una brisa caprichosa que traía con ella el olor a lluvia. La muchacha cerró los ojos un instante y murmuró un conjuro de protección; luego, con un esfuerzo, recuperó el control y con sumo cuidado volvió a acercarse a la loba, sosteniendo la cuerda.

—Vamos, vamos. No te haré daño.

Grimya le mostró los dientes, y un gruñido de advertencia brotó de su garganta. La muchacha se echó atrás aspirando con fuerza, se lamió los labios nerviosa y volvió a intentarlo, aunque moviéndose más despacio ahora.