—Vamos..., por favor. Sé buena. Te prometo que no...
Grimya gruñó. En ese mismo instante, volvió a centellear el relámpago, y, cuando éste iluminó el cielo, los ojos ambarinos del animal parecieron incendiarse. La joven lanzó un grito de terror y, poniéndose en pie precipitadamente, retrocedió tambaleante; en respuesta a su grito se escuchó el sonoro rugir del trueno, seguido del lejano pero cada vez más audible siseo de la lluvia al caer. Mientras las primeras gotas golpeaban el suelo como diminutas flechas, Grimya volvió a gruñir con renovada furia y, tensando las ataduras, se lanzó en dirección a la muchacha, chasqueando los dientes.
Fue suficiente. Olvidadas las instrucciones de sus mayores, la muchacha huyó de los dos terrores que eran la tormenta y la enfurecida loba. A la luz de un nuevo relámpago, Grimya la vio subir a toda prisa la escalera para penetrar en la ciudadela, y escuchó sus sollozos justo antes de que el trueno ahogara todo otro sonido. En otras circunstancias, la loba la habría compadecido, pero ahora no había tiempo para tales indulgencias. En cuestión de segundos, la lluvia se había convertido en un aguacero que había empapado su pelaje y formado charcos y arroyos en la arena, y Grimya empezó a roer la cuerda que sujetaba sus patas delanteras. El corazón le latía con fuerza y sabía que debía trabajar con rapidez. Existía la posibilidad de que la joven sacerdotisa se sintiera demasiado avergonzada de su miedo para confesar su negligencia a cualquiera de sus compañeras; pero también existía la posibilidad de que fuera directamente en busca de alguien más valiente, que pudiera venir a hacer algo.
La cuerda era bastante gruesa, pero también vieja, y nada hecho de materia vegetal duraba mucho tiempo en este horrible clima. La lluvia le facilitaba la tarea al empapar las fibras, y en menos de un minuto los dientes de Grimya habían conseguido morder suficientes hebras y la cuerda se rompió. Se detuvo para recuperar el aliento y lamer agradecida la cortina de agua que le caía encima; luego torció la cabeza todo lo que pudo y empezó a trabajar para liberar las patas traseras. Se mordió en dos ocasiones en su precipitación, pero al fin la segunda cuerda también se rompió.
Llena de regocijo, Grimya se incorporó de un salto... pero dio un traspié y se desplomó sobre el suelo cuando sus entumecidas patas se negaron a sostenerla. Permaneció tumbada otro minuto, jadeante e indefensa, temiendo que en cualquier momento fueran a descubrirla. Pero las sacerdotisas tenían otras preocupaciones; nadie apareció, y al cabo sintió que podía confiar en sus patas y se puso en pie.
El cielo sobre su cabeza era ahora tan negro que ocultaba todo atisbo de luz; el chaparrón había apagado las antorchas situadas junto al lago, y únicamente los frecuentes pero cortos relámpagos iluminaban la escena. Grimya dio gracias en silencio por la tormenta, ya que la oscuridad y la lluvia la ocultarían mientras corría en busca de la seguridad del bosque. Totalmente empapada, con el pelaje pegado al cuerpo, atisbo por entre la cortina de agua hasta que un relámpago triple le mostró que el camino estaba despejado; entonces se lanzó a toda velocidad hacia los árboles. Cuando el rugido del último trueno se desvaneció, un sonoro lamento surgió de las gargantas de las sacerdotisas situadas junto al lago, y por un instante Grimya pensó que la habían descubierto; pero los gritos fueron contestados tan sólo por un renovado repiqueteo de los sistros, y comprendió que se trataba simplemente de parte de las ceremonias, que la tormenta había convertido en más frenéticas. Siguió corriendo, y al cabo de unos momentos, lanzando un involuntario ladrido de alegría, se hundió en la húmeda negrura de la maleza del bosque.
El sonido de tambores y sistros se escuchaba todavía a rachas por entre los truenos mientras Grimya se abría paso a través de la tupida vegetación. Se dirigía al otro extremo del lago; aunque no existía una razón lógica para ello, el instinto parecía conducirla en esa dirección. Además, allí se encontraría lo más alejada posible de Uluye y sus mujeres, aunque sin dejar de ver la ciudadela. El aguacero quedaba atenuado por el espeso follaje que se extendía sobre su cabeza, y los relámpagos, ahora casi continuos, le mostraban el mejor camino a seguir. Estaba casi en el extremo más alejado del lago cuando algo nuevo brilló débilmente en la periferia de sus sentidos. Aminoró el paso y vaciló, no muy segura de lo que su conciencia podía haber captado.
Y entonces, en su cerebro, percibió la suave y tímida llamada telepática.
«¿Grimya...? ¿Grimya, dónde estás? ¿Me escuchas?»
—¡Índigo! —ladró Grimya en voz alta presa de incontrolable excitación.
La loba echó a correr, serpenteando por entre la concentración de arbustos empapados en dirección al lugar del que provenía la llamada, Índigo estaba cerca; estaba aquí, junto al lago. Su instinto había acertado...
La loba salió a campo abierto bajo una cegadora cortina de agua. Por un momento le fue imposible ver nada, hasta que los relámpagos iluminaron el revuelto centelleo plateado de la superficie del lago, a pocos metros de distancia. Grimya parpadeó, intentando sacudirse el agua de los ojos. Entonces se produjo un nuevo centelleo titánico, y descubrió a la aturdida figura empapada que yacía a la orilla del agua.
—¡Índigo!
El grito de la loba se perdió en medio del rugir del trueno mientras corría hacia la muchacha y, sin prestar atención a los últimos restos de la máscara de cenizas y carbón que el lago y la lluvia no habían hecho desaparecer, empezó a lamerle la cara llena de alegría y alivio. Demasiado excitada para hablar con coherencia, cambió a la comunicación telepática.
«¿Dónde has estado, dónde has estado?¿Qué te ha sucedido?»
Índigo la abrazó con fuerza. Se encontraba todavía demasiado aturdida para hablar y apenas si podía creer que estuviera realmente de regreso en el mundo mortal. Mientras luchaba por abrirse paso por entre las negras aguas, con la cabeza martilleándole y miles de luces centelleando ante sus ojos, supo que sólo podría resistir unos pocos segundos más antes de verse obligada a abrir la boca e intentar respirar. Entonces, justo antes de que la presión resultase demasiado fuerte para resistirla, su cabeza había surgido de entre la arremolinada oscuridad al caos de la tormenta; tragó aire con una poderosa y jadeante aspiración y sintió cómo la lluvia le golpeaba el rostro, y, en tanto las palpitaciones y las lucecitas empezaban a desvanecerse, encontró sin saber muy bien cómo la serenidad necesaria para flotar hasta la orilla y arrastrarse fuera del lago, para tumbarse en la arena tosiendo y boqueando con los relámpagos centelleando a su alrededor y el trueno rugiendo en sus oídos.
Todavía estaba mareada, y sentía la garganta como si estuviera en carne viva; pero la implacable realidad física de la tormenta iba eliminando su desorientación, cosa que le agradecía. Inmortal o no, prefería no hacer conjeturas sobre lo que podría haberle sucedido de no haber alcanzado la superficie cuando lo hizo. Pero ahora estaba de regreso. Estaba a salvo. Y había tanto que contar...
Grimya estaba algo más tranquila, pero seguía rebosante de preguntas.
«.¿De dónde has salido, Índigo?», preguntó. «He estado intentando establecer contacto, pero no te encontraba, ¡no te oía!»
—Espera un poco, cariño; deja que respire.
Un nuevo retumbo eclipsó las palabras de la joven, que aprovechó para acariciar el pelaje de la loba. Durante otro minuto o más, permanecieron abrazadas bajo el aguacero. Los relámpagos eran menos frecuentes ahora, aunque la lluvia seguía cayendo con la misma fuerza, y, mientras sus vacilantes sentidos empezaban a regresar a un orden más racional, Índigo pensó: «Oh, Diosa, ¿por dónde empezar?». Había tanto que contar, tantos hilos sueltos que desenredar... Pero entonces recordó la primera cosa, la más terrible de todas, y cerró los dedos con fuerza alrededor del pelaje de la loba.