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¡La esperanza en sus ojos! Tan cegadora a veces que tengo que mirar hacia otro lado.

O quizá sea furia. Furia ácida, rescoldo al rojo vivo, bloqueada en sus entrañas ulceradas.

Claude Loomis, por ejemplo. Que finge no recordarme aunque han pasado menos de dos meses desde que estuve con él en esta misma habitación, en esta misma mesa.

Y el modo en que choca -con lo que parecen ser espasmos musculares erráticos e involuntarios- contra el borde de la mesa con superficie metálica que nos separa. Su voz es un murmullo muy bajo apenas audible ¿Señora? No la he oído. Hombros huesudos y deformes de una manera tal que hacen preguntarse si, debajo del uniforme carcelario de color caqui, habrá señales de amputación, alas arrancadas de los hombros sin miramientos. Señora, no la he oído, señora. Falsamente cortés, torciendo un lado de la cara, de color morado tirando a negro, llena de marcas y rayas y con una mano formando bocina alrededor de la oreja, carnosa y mutilada.

Sí, hablo de la oreja. Carnosa, mutilada, pero «curada».

Entre nosotros, sobre la mugrienta mesa rectangular, hay una mampara de plexiglás de unos veinte centímetros de altura. Una barrera entre el visitante y el cliente (preso) que debe de ser puramente simbólica, simple sugerencia. Porque cualquiera de los dos podría extender el brazo por encima antes de que un oficial de prisiones tuviera tiempo de intervenir. Cualquiera de los dos podría alzarse y agarrar por encima.

… ¿señora? ¿Le importa repetirlo, señora?

Claude Loomis lleva preso en el Centro Penitenciario para Hombres del Estado de Nueva York, situado en Newburgh, desde 1991, acusado de homicidio en segundo grado, agresión con arma letal, posesión sin licencia de arma de fuego y resistencia a la autoridad. Se encuentra en su undécimo año de una sentencia de veinticinco a cadena perpetua y su cara ha llegado a parecerse a uno de esos rostros que son como máscaras primitivas en ciertos cuadros de Picasso, algo así como los restos de una cara que se ha derretido y vuelto a solidificarse numerosas veces. En el labio superior tiene una cruel cicatriz blanca en forma de hoz que parece una cosa viva, y sus ojos son oscuros y luminosos y saltones como si, desde dentro del cráneo, se ejerciera sobre ellos una presión tremenda.

¿No se lo dije, señora? Me esfuerzo lo más que puedo por recordar…

Señora es lo que me llaman en la mayoría de los casos. Una palabra farfullada y casi inaudible, que es como un ruido de flemas en el fondo de la boca. Señora porque no se acuerdan de mi nombre de una visita a otra o porque mi apellido les resulta problemático dado que si no se ve Diehl deletreado suena como Deal [trato] y Deal parece un error por tratarse de una persona encargada de representar a presos indigentes cuyas condenas se están investigando o han sido apeladas.

(¿Es «Claude Loomis» un nombre inventado? Sí. Estoy obligada por motivos profesionales y éticos a respetar la privacidad y la confidencialidad de todos los clientes incluidos en mi cartera de casos.)(Como «Krista Diehl» -el nombre que me he atribuido en este documento- es un nombre inventado, aunque sólo sea por unas pocas letras.) Mientras hablo con Claude Loomis, mientras le explico por qué estoy aquí, lo que espero hacer por él, me mira fijamente con sus ojos saltones de córneas amarillentas, entornados por la desconfianza. He aquí un hombre que ha sufrido decepciones en el pasado: no por mi mano, pero sí por la de alguien muy semejante a mí. En otro tiempo fue más joven y estuvo más esperanzado y en consecuencia sufrió una desilusión, quedó herido en sus expectativas. Confiar es arriesgar demasiado, algo así como ofrecerle la garganta a un extraño.

No parece que importe el número de veces que haya venido a reunirme con Claude Loomis. Soy una mujer de raza blanca que sonríe, nerviosa, y estoy sentada en el lado de la mesa que ocupa el visitante, de espaldas a la puerta, al otro lado de la cual hay un oficial de prisiones. Yo soy la extraña.

Señora, qué es lo que quiere me preguntó Claude Loomis, en nuestra primera entrevista hace varios meses, y yo respondí Lo que quiero es ayudar.

Y Claude Loomis se rió enseñando grandes dientes manchados ¿Es eso cierto, señora? No hay mucho dinero en esa ocupación, ¿no es así?

El guarda al otro lado de la puerta es un fornido hombre blanco de los Catskill que se apellida Emmet: me lo ha dicho él porque, a diferencia de mis colegas más agresivos, se lo he preguntado, ya que siempre me muestro amistosa con el personal de cualquier prisión o centro al que se me envía. Emmet debe de pesar más de ciento diez kilos, el pelo, de color limaduras de metal, lo lleva cortado al rape, y su rostro es una masa de músculos. Sus ojos de color piedra se deslizan sobre mí cuando me acerco, la boca esboza una sonrisa que podría ser amistosa o sólo sutilmente burlona; el personal de prisiones no siente respeto por mi profesión, de hecho su actitud es más bien de resentimiento, de desagrado. Porque lo que nosotros buscamos es anular, invalidar, poner en libertad, mientras que a ellos les preocupa encarcelar, mantener la seguridad. Pero soy una rubia joven -parezco más joven de lo que soy- y he conseguido hacerme amiga de Emmet, o al menos ésa es mi impresión. Quiero creer que este fornido hombre uniformado no es mi enemigo. Quiero creer que me protegerá si lo necesito. Y que no me mira con malos ojos aunque se me haya permitido entrar en la cárcel como visitante privilegiada, se me haya asignado una habitación para «entrevistas» y no se me obligue a reunirme con mi cliente en la gran sala de visitas, abierta, ruidosa, donde media docena de oficiales de prisiones están apostados de manera harto visible.

Quiero creer, sí, que Emmet es amigo mío. Una protesta por mi parte, el ruido de las sillas de plástico al caer al suelo, y Emmet estaría preparado para abrir la puerta y entrar a toda velocidad.

Preparado para salvarme de Claude Loomis, si es que necesito que me salven.

El señor Loomis lo sabe, todos los presos lo saben, y ése es el motivo de que me mire a mí, su asesora jurídica, con ojos irónicos. La llamativa cicatriz en su labio superior atrae mi atención, se da cuenta. Y la piel de color morado oscuro, la oreja mutilada. Sin embargo, le estoy explicando, con aparente calma:

– estos documentos, señor Loomis? Si usted pudiera confirmar… Siento que las fotocopias no sean muy claras, ¡es así como me han llegado! Y en su historial falta todavía una partida de nacimiento compulsada, he tratado varias veces de ponerme en contacto con el registro civil de Haggen County…

Haggen County, Alabama. Aunque es posible que nunca se haya expedido una partida de nacimiento a nombre de Claude Loomis.

Mi cliente es uno de los ciudadanos estadounidenses que -como él afirma- no vino al mundo en un hospital, y cuyo nacimiento nadie se preocupó de inscribir, nacimiento que, según mis cálenlos, debió de tener lugar hacia mediados de los años cincuenta.

Ni partida de nacimiento, ni número de la seguridad social. En este montón de documentos que han pasado por muchas manos y que pertenecen a Loomis, Claude T. la información relativa a «historia docente», «trayectoria laboral», «situación militar», «domicilio», «familia», y que parece haber sido cumplimentada por alguien que no era el señor Loomis, es incompleta, incoherente y poco fidedigna.

(¿Es Claude de verdad el nombre de pila de Loomis? En uno de los documentos más antiguos, el parte inicial del departamento de policía de Newburgh al detenerlo, el nombre mecanografiado es Cylde. ¿Clyde?)En esta habitación para entrevistas que carece de ventanas, iluminada con luz fluorescente, que está mal ventilada, y que mide quizá tres metros por cuatro, intento, sin éxito visible, conseguir de Claude Loomis información crucial. ¡Esta entrevista podría tener lugar en un bote salvavidas sobre un mar agitado! La luz es al mismo tiempo violentamente cegadora y débil. Mi estado de ánimo es por un lado profesionalmente optimista mientras que por otro crece mi preocupación. Claude Loomis está inclinado sobre los documentos que le he pasado y parpadea y bizquea como si tratara de enfocarlos. Joder, señora. El cliente descontento sabe bajar la voz para evitar que le oiga el funcionario al otro lado de la puerta.