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– ¿El pelo? ¡No va a engañar a nadie, desde luego! Pero nadie quiere ver mi pobre cabecita calva. Ni siquiera yo.

Con un apagado sollozo, Jacky se inclinó para cogerme la mano, amasándome los dedos, llena de ansiedad. También se habría apoderado de la mano de Aaron, pero el hijo de Zoe se mantenía fuera de su alcance, de pie en algún lugar detrás de mí mientras yo me sentaba en una hundida butaca junto al raído sofá en el que Jacky estaba tumbada, sus piernas debilitadas cubiertas por un edredón deshilachado.

– El reverendo Diggs me la compró con su dinero. ¡El reverendo Diggs es un santo! Le había dicho «cualquier viejo pañuelo para la cabeza será más que suficiente, ya no me queda nada de vanidad femenina», pero el reverendo Diggs sonrió y dijo «Un poco de vanidad es necesaria para el alma, Jacky. Tanto para la de una mujer como para la de un hombre».

Me costó entender que Jacky hablaba de la peluca barata que parecía hecha de alambre plateado.

Estaba terriblemente impresionada por el espectáculo que ofrecía la pobre Jacky DeLucca, y distraída por los olores de la habitación y por un misterioso alboroto como de voces, gritos, risas y no sé si de muebles que se trasladaban en algún otro lugar del edificio. Estábamos en la habitación de Jacky DeLucca, escasamente amueblada, en una residencia de algún tipo, centro de reinserción social o centro para los sin techo y comedor de beneficencia dependiente de la Iglesia Central de Unidad Evangélica de Sparta. Se trataba de una iglesia de ladrillo rojo del siglo xix situada en Hamilton Avenue, en un barrio de grandes iglesias antiguas y edificios municipales; en otro tiempo ocupaba aquellas instalaciones la Primera Iglesia Episcopal. Hamilton Avenue corría paralela a Hurón Boulevard, que había sido, en alguna época muy remota antes de que yo naciera, el barrio residencial más prestigioso de Sparta: allí se construyeron casas de piedra, mansiones de ladrillo y granito, enormes casas particulares con columnas, pórticos y setos de aligustre de cuatro metros de altura. Ahora las casas particulares se habían transformado en pequeñas empresas, oficinas y apartamentos. Los setos de aligustre se habían arrancado.

– ¡Siéntate, por favor, Aar-on! Acerca más esa silla…

Tan reacio como un adolescente malhumorado, Aaron arrastró una silla de rota para sentarse frente a Jacky DeLucca, pero un poco de lado. Sus ojos evitaban los míos, pero veía en su rostro lo desgraciado que se sentía.

… tanto que revelar. Antes de que se me acabe el tiempo…

Aaron había estacionado su coche fuera, en un inmenso aparcamiento abierto que era como un páramo, y en donde se había procedido a arrasar un bloque de edificios en un intento de renovación urbana que parecía haber cesado bruscamente. Gran parte del centro envejecido y deteriorado de Sparta me resultaba irreconocible después de tantos años: un laberinto de calles de una sola dirección, un vistoso pero casi desierto centro comercial peatonal en South Main, y casi un kilómetro de zona verde en la orilla del río, todo ello limitado a un lado por gigantescos depósitos de combustible y al otro por la fábrica de cojinetes, y que se anunciaba con estandartes azotados por el viento explanada de black river: un proyecto de extensión comunitaria. Aquí, en la explanada, a la tenue luz fría de una mañana de noviembre, varias personas, muy abrigadas, con aspecto de vagabundos, parecían perdidos como restos de algún naufragio o descansaban inertes en bancos, a la manera de las figuras vendadas del escultor George Segal. Si se exceptuaban los sonidos de las embarcaciones fluviales, reinaba sobre todo ello el silencio, pero se trataba de un silencio inquieto, no meditativo. Me había llegado, como en una ola de algo semejante a la desesperación, la idea de que la ciudad que mi padre había conocido tan íntimamente, la ciudad en la que había crecido, donde había trabajado de carpintero y como capataz en la construcción y donde había vivido una existencia que era importante para él, había desaparecido. Y de que mi padre había muerto porque aquella vida había tenido importancia para él.

– … tu padre, Eddy Diehl, un hombre tan atractivo, Krista, recuerdo la primera vez que lo vi, en el antiguo Tip Top Club… -Jacky DeLucca hablaba con voz ronca, entusiasta, sujetándome la mano con sus dedos fríos, enflaquecidos, mirándome con ojos inquisitivos, como si esperase reconocerme. En algún otro lugar de la residencia había un chirriante ruido de voces, de patas de sillas que se arrastraban, de música pop- rock transmitida por radio. Un olor a desayuno: a grasa de beicon, a panqueques, a huevos demasiado fritos. A bollería empalagosamente dulce. Y también el olor del cuerpo deteriorado de Jacky DeLucca hizo que se me encogieran las ventanas de la nariz-, no llegué a conocer a tu pobre madre, Krista querida. Espero que esté bien, ¿no es así? Espero que haya sido una «superviviente»… de aquella época tan triste y tan dura -Jacky suspiró, turbada, al parecer. Le apreté la mano, con la esperanza de calentársela. El chándal de color rosa parecía ser, en realidad, ropa para estar en la cama. La peluca plateada se le había torcido un poco y sentí deseos de colocársela bien. Que Aaron Kruller se agitara en su asiento a pocos centímetros del mío me estaba poniendo nerviosa-… mi época más feliz ha sido trabajar aquí. En la cocina. ¡Me encanta cocinar! Panqueques y gofres son mi especialidad. Por supuesto, no basta con tener una masa azucarada, yo le añado bayas, manzanas, almendras. Antes de venir aquí era lo que se podría llamar una «mujer de la limpieza», pero enfermé, sí, ¡ya lo creo que enfermé!: hepatitis B. ¡Qué débil estaba mi hígado! ¡Y qué «susceptible» yo! Para entonces Jesús había entrado en mi corazón. De no haber sido por Él no habría superado aquella época tan terrible, y gracias a que tuve al reverendo Diggs para mostrarme el camino, y a las personas maravillosas de aquí, en Haven House, que me han dado un hogar; el reverendo Diggs ha dicho que me conseguirá un hospital para enfermos terminales «cuando llegue el momento pero ni un solo día antes». ¡Ah, este cáncer de hígado! Han intentado toda clase de quimioterapias, que son una cosa tan terrible, cariño, espero que no llegues a comprobarlo nunca, un día me dijeron que el cáncer me había «metistado» en los huesos y que ya no me darían más quimio. El médico dijo: «Ya no podemos hacer nada más por ti, Jacky. Tienes que hacer las paces con tu alma». El doctor Waldrop es un buen cristiano y un buen hombre. Y el reverendo Diggs… -Jacky hizo una pausa, y se enjugó los ojos. Me apretó la mano una última vez y la soltó. Aaron se levantó bruscamente de la silla de rota para forcejear intentando abrir la única ventana de aquella habitación mal ventilada, pero parecían haberla repintado para impedir que se abriera, aunque con la pura fuerza de la desesperación Aaron consiguió levantarla un exiguo par de centímetros, provocando las protestas de Jacky-: ¡Una corriente no, cariño! No soporto las corrientes, empezaré a toser, corazón. No me queda más remedio que estar siempre abrigada dentro de casa y echarme un edredón encima de las piernas, los pies los tengo siempre fríos, la circulación no es nada buena. El doctor Waldrop dijo… -Aaron procedió a cerrar la ventana, tirando de ella hacia abajo. Me arriesgué a mirarle a la cara, y su expresión era tensa y cautelosa e indiferente, si bien, cuando me miró a los ojos, lo que vi fue pura desesperación y rabia silenciosas.

Consigue que hable. ¡Haz que empiece!¡Dios del cielo!

Por mi trabajo de asesora disponía de abundante experiencia con clientes que tenían historias cruciales que transmitir pero que no parecían encontrar la manera de hacerlo, que se peleaban casi a brazo partido con su cuerpo para decir lo que era dolorosamente evidente y, en consecuencia, indecible; había aprendido a tener paciencia y una buena dosis de comprensión; había aprendido la humildad del fracaso repetido. Con toda la amabilidad de que fui capaz le pregunté a Jacky DeLucca si nos había invitado a visitarla aquella mañana porque tenía «algo muy importante» que contarnos. ¿Al hijo de Zoe Kruller y a mí? ¿Se… acordaba de nosotros?