El olor de mi padre llenaba la habitación. Era un olor que recordaría durante mucho tiempo, salobre y sudoroso y acre y desesperado, el olor de un hombre que ha perdido la esperanza.
Como si papá leyera mis pensamientos dijo alegremente:
– Krissie, cariño, obsequia con una sonrisa a tu papá, ¿eh? Como me has sonreído al subir al coche. ¿Ves? Este revólver es un Smith & Wesson calibre 38 de una calidad excepcional. Esta arma no va a hacer daño a Krissie. Esta arma es sólo para actuar en defensa propia. Todo lo que necesitas saber es que aquí estamos a salvo. Si nos hubieran estado siguiendo, ya habrían entrado aquí a estas alturas.
En el camino de entrada para llegar con el coche al Days Inn, mi padre había estado mirando tanto por el espejo retrovisor encima del salpicadero como por el exterior. En aquel momento pensé que otro vehículo se le debía de estar acercando demasiado. Antes había torcido en varias esquinas de manera brusca y en los cruces había seguido adelante con descaro cuando las luces amarillas se cambiaban a rojas. Ahora comprendía que se había estado asegurando de que nadie nos seguía.
Los enemigos de papá. Nuestros enemigos. Pero estábamos a salvo en aquella habitación cerrada con llave.
Me preguntaba por qué estábamos allí. Qué se iba a perpetrar allí.
– ¿Quieres una coca-cola, Krista? Hay una máquina expendedora ahí fuera. Te traeré una. Tú quédate aquí.
Rápidamente dije No, papá, no, muchas gracias.
Si abría la puerta y salía fuera, tal vez corriera peligro. Quizá -aquellos pensamientos cruzaron revoloteando por mi cerebro como mariposas aturdidas- podría apartarlo, salir corriendo y pedir auxilio y papá nunca más volvería a confiar en mí ni a quererme.
– ¿Estás segura? Voy a beber algo. ¿Estás segura de que no quieres nada?
Mi padre seguía empuñando el revólver. Aunque no apuntaba a ningún sitio con intención, ni tampoco en aquel momento, hablando con propiedad, era aquello una pistola, un arma de fuego; se podría argumentar que era sencillamente un objeto.
Ocupábamos una habitación al fondo del primer piso de un edificio blanco de dos plantas un tanto venido a menos e impregnado de melancolía; algo en la desenvoltura misma del cartel Days Inn Habitaciones Libres desprendía ya ese aire gastado y melancólico. De los libros se dice que tienen significado, en la clase de inglés nuestro profesor nos leía poemas de Robert Frost y a mí me parecía asombroso, y me daba un poco de miedo, ver todo el significado que tienen las palabras de un poema, pero en la vida real, en sitios como el motel Days Inn, no existe mucho significado, son cosas que se limitan a ser. En el exterior de nuestra habitación había un seto achaparrado de hoja perenne que daba toda la sensación de estar muriéndose, y más allá del seto se encontraba un contenedor para basura que olía muy mal. La habitación misma era deprimente, como cabía esperar; la cama estaba «hecha» de manera tan descuidada como para sugerir burla o indignación: alguien, al parecer mi padre, al levantarse por la mañana se había limitado a tirar en diagonal de la colcha de felpilla para cubrir las sábanas, arrojando de paso al suelo una almohada manchada de sudor. En casa, nuestra madre insistía en que nos hiciéramos la cama a diario, incluso Ben había aprendido a cumplir con aquella obligación poco después de levantarse, era algo así como cepillarse los dientes, lavarse la cara y peinarse, era algo que se hacía. Pero no papá, y no en el motel.
Desperdigadas por la habitación estaban las cosas de papá: carpetas de papel marrón, documentos de aspecto oficial, periódicos, una botella vacía de bourbon Four Roses en la mesilla de noche, un paquete de seis latas de Pilsner Ale del que sólo quedaban dos. En casa existía el acuerdo de que el territorio de papá en el sótano, que era casi su totalidad, no había que tocarlo: el «banco de trabajo» de papá, que era como él lo llamaba, una mesa larga hecha de tablones donde tenía sus numerosas herramientas de carpintero, así como las eléctricas, algunas colgadas de escarpias, siempre en el mismo orden, era algo sagrado. Se podía ver que Eddy Diehl era un tipo serio, pese a sus chistes y a sus bromas y a su afición a beber con los amigos, que Eddy era un hombre responsable que se tomaba su trabajo y sus herramientas con la mayor seriedad; nada de hacer el tonto -menos aún engañar o tratar mal a nadie- en el taller de papá, nunca jamás.
Pero en aquella habitación, en aquella terrible habitación del Days Inn, las pertenencias de papá daban la sensación de estar tiradas, como si un vendaval hubiera devastado la habitación aunque, eso sí, dejando intacto el aire viciado.
Después se llegaría a saber que varias noches antes mi padre se había inscrito en el registro del hotel con el nombre de «John Cass». No quedaba claro -aunque las explicaciones del recepcionista fueron imprecisas, se podía deducir que no había examinado a fondo el documento de identidad que mi padre le mostró- por qué había elegido el nombre «John Cass», pero yo lo supe de inmediato: Ha sido por Johnny Cash.
Sonreiría al recordarlo. No una sonrisa feliz pero sí una sonrisa que podría haber compartido con papá. Uno de sus secretos que yo no revelaría a nadie.
Como tampoco revelaría la mayoría de las confidencias que me hizo en las dos horas que siguieron. Habló, como nunca lo había hecho antes, del tiempo pasado en el ejército de los Estados Unidos: en un campo de entrenamiento en Fort Pendleton y después en Vietnam durante cinco meses; lo «raro y asustado» que había estado en Vietnam; cómo la blanda tierra negra había parecido entrar en erupción desde dentro, como si la explosión hubiera surgido de debajo de sus pies y no por el aire; cómo al recordarlo quería reír, por lo fácil que había sido; caer, perder el conocimiento, renunciar… tan fácil; sabía, por tanto, que morir tenía que ser fácil, lo difícil era volver a la vida, vivir tu vida, despertarte delirando a causa del dolor en una cama de hospital y funcionar con dolor durante el resto de tu vida, así como determinados recuerdos, eso era lo más duro. Y luego trabajar en la construcción en las Mil Islas después de que le dieran de baja en el ejército y lo enviaran a casa cojo, con dolores de cabeza y un zumbido en los oídos con el que iba a tener que vivir; habló de cómo había llegado a vislumbrar, el verano en que cumplió los veintidós años, lo que era la «riqueza», lo que era «ser rico de verdad», no sólo el «chalet» que su cuadrilla estaba construyendo para un millonario, hombre de negocios, del sur del estado, sino la mayoría de las propiedades de la isla en la que trabajaba y que era Harbor Island: residencias de verano con quince, con veinte habitaciones, y no se trataba de habitaciones pequeñas, las maderas de mejor calidad (secuoya, cedro), las mejores cocinas, baños, calderas, todo tipo de instalaciones y accesorios eléctricos; y los embarcaderos de diez metros, y los yates, tantísimos yates, todos ellos de un blanco deslumbrante y algunos tan grandes que se necesitaba una tripulación para manejarlos; y barcos de vela de un tamaño y de una calidad que Eddy Diehl no había sabido que existían, motoras de lujo, incluso canoas. ¡Canoas! ¡Se podían gastar cientos de dólares en una canoa! Aquel verano fue lo que suele llamarse una «revelación», dijo papá, limpiándose la boca mientras bebía.
– Hizo que me planteara qué demonios es la vida, cómo podía haber llegado a la edad que tenía, después de haber estado en el ejército de los Estados Unidos que Dios confunda como era mi caso, y creyera que sabía algunas cosas, como ver saltar a la gente por los aires hecha pedazos y sentir que tú mismo te vaciabas por dentro como algo que se escapa por un sumidero, pero que eso no era nada, sólo material para cine, para historietas, no como lo que el mundo es de verdad. Lo que el mundo es, Krissie, es que la gente posee cosas y te posee a ti. No es algo que nadie te enseñe ni que puedas ver con la simple luz del día. Yo tenía veintidós años y no sabía un carajo. Ni una mínima parte de lo que sucede. No más de lo que sabe un escarabajo cuando se arrastra por el casco de uno de esos yates Chris-Craft de trece metros de eslora. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo, Krissie? -me guiñó un ojo. Bebió de nuevo, limpiándose la boca con brusquedad-. Tienes que darte cuenta de que duele como un demonio, igual que si te metieran una barra de hierro por el culo, enterarte de todo lo que no vas a tener. Todo lo que nunca vas a tener por mucho que te rompas los cuernos, aunque te sacaran del cuerpo hasta la última gota de sangre no sería suficiente, ¿lo entiendes? Nunca es suficiente, tratándose de un tipo como yo. Lo supe entonces. Era más duro saber aquello que saber que te vas a morir. Porque con esto tienes que seguir viviendo; en el otro caso, sencillamente te rindes. Ya por entonces, en realidad no era más que un crío, supe cómo se desarrollaría todo. Tenía a mi padre y a mi abuelo. Y gente que trabajaba en la construcción, que se «ganaba bien la vida» en el sindicato. Nunca me hice ilusiones de grandeza como algunas personas. A tu madre le hubiera gustado que «invirtiera» con sus hermanos (decía que quizá pudiera crear mi propio negocio de construcción), y aunque no sabía ni lo más elemental sobre mi trabajo, me sacaba de quicio tratan do de decirme qué era lo que tenía que hacer. De manera, Krissie, que no es una clase de saber que te ayude a avanzar en la vida, pero por lo menos sabes a qué atenerte. Y lo tenía todo allí delante.