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Delray se echó a reír ¿Y quién tendría que ser ese «modelo», estás pensando en ti misma?

A Zoe le preocupaba que Aaron tuviera un accidente en el garaje. ¿Y si un coche o una motocicleta levantados con el gato se caían y le rompían una pierna? ¿O lo aplastaban? El garaje de Kruller no era ni mucho menos el mejor equipado en la zona de Sparta. De hecho ocurrían accidentes, en ocasiones los mecánicos se lesionaban. El mismo Delray tenía un dedo aplastado e insensible en la mano izquierda y otro en un pie, también el izquierdo, con la uña tan gruesa y amarilla como una pezuña, pero él se reía de tales lesiones y decía que al menos a él no le habían amputado nada como a algunos de sus amigos que habían estado en Vietnam. Nada irritaba tanto a Zoe como que su hijo, apenas adolescente, regresara a casa hundido de hombros como un hombre maduro, con el mono tieso de grasa y apestando a aceite, gasolina y sudor; Zoe insistía en que se lavara las manos y los antebrazos con un detergente poderoso y, antes de dejarle que se sentara para cenar, también insistía en limpiarle, con su lima metálica para uñas, la grasa negra que se le metía debajo, y en cortárselas con sus tijeras diminutas; incluso en limárselas cuando se le habían roto. A veces Aaron se presentaba en casa con la cara manchada de grasa como si fueran pinturas indias de guerra, y hasta con grasa en las pestañas y en el pelo. De manera que Delray se lo llevó a que se lo cortaran como a un recluta de infantería de marina. Delray se reía de los temores de Zoe: Sandeces. Aaron está perfectamente bien conmigo.

Era verdad. Aaron estaba bien con Delray. La mayor parte del tiempo.

Tener un padre como Delray, que entendía de coches y de motocicletas, hacía que uno se sintiera orgulloso.

Un padre propietario de una Harley-Davidson que todavía utilizaba a veces, en compañía de sus amigos moteros.

Según un rumor, Delray Kruller había pertenecido en otro tiempo a los Ángeles del Infierno en la región de los Adirondack. Si alguien la interrogaba, Zoe se encogía de hombros para zafarse y decía Pregunta a Del. Lleva los tatuajes.

Debía de ser cierto: algo había sucedido con una pandilla de moteros, años atrás. Algo salió mal. Quizá fuese la época en la que el padre de Aaron había estado encarcelado en Potsdam. El chico no era tan tonto como para preguntar. Lo había sabido incluso cuando era todavía muy pequeño. La boca tenia bien cerrada, y si tu padre te quiere contar algo, te lo contará. Nada enfadaba tanto a Delray como oír a alguien preguntarle a Zoe cosas que tenían que ver con él.

Cuando era más pequeño, Delray había invitado a Aaron en alguna ocasión a salir con él en la Harley-Davidson. Rebosante de felicidad, Aaron se subía en el ancho asiento afelpado detrás de Delray, los brazos en torno a la cintura de su padre de una manera que habría sido impensable en cualquier otra circunstancia excepto en la moto y en ocasiones como aquélla. ¡Tan cerca de su papá! Y qué musculoso era, aunque la parte baja de la espalda y la cintura de Delray se estuvieran volviendo flácidas y acumulasen algo de grasa. Ya no había motivos para que Aaron y Delray se tocaran, y menos aún de forma tan íntima. La felicidad de Aaron en aquellos casos era una especie de enajenación que, en momentos de honda infelicidad, en clase por ejemplo, o en la cama, agitado y sudoroso, incapaz de dormir, podía repasar una y otra vez en la memoria como si se tratara de reposiciones en la televisión.

Zoe protestaba Del, ¡haz al menos que lleve casco! Los dos. Delray se burlaba diciendo Tranquilízate, cariño, el chico está a salvo conmigo. No nos vamos a estrellar.

De hecho los dos, padre e hijo, llevaban casco en la Harley-Davidson cuando Delray creía que era necesario. No para paseos cortos con entrechocar de dientes por caminos de tierra entre maizales donde plantas de más de dos metros se agitaban al viento y aullaban y restallaban como desamparadas criaturas vivas mientras la motocicleta pasaba a toda velocidad. Si el paseo era más largo y salían a una carretera asfaltada -por Quarry Road hasta Post, y luego a River Road, por ejemplo-, con una parada en la Post Tavern, Delray se ponía el casco y se lo ponía a su hijo, que no protestaba y que inclinaba la cabeza como un joven piloto de caza, o un astronauta, a quien prepara su comandante, para una misión que podría acabar con una muerte gloriosa.

Agárrate, chico. Puede que demos algunos saltos al principio.

Con Aaron detrás, abrazándolo con fuerza, Delray raras veces ponía a la Harley-Davidson, tan rugiente y estruendosa, a más de ciento quince kilómetros por hora. Y eso en tramos despejados de carreteras rurales. Más allá de ciento quince, de ciento veinte, la moto empezaba a vibrar y a estremecerse de manera ominosa. Delray no quería arriesgarse a tener un accidente. No con Aaron a bordo. La mayor parte de su vida había sido un temerario hijo de puta -nadie estaba más dispuesto a reconocerlo que Delray-, pero ahora, con más de cuarenta años, estaba aprendiendo a ser prudente. Incluso medio borracho, Delray se enorgullecía de su instinto como motorista que sabía frenar en rápidas sacudidas al entrar en las curvas -para no derrapar sobre gravilla suelta ni siquiera a velocidad moderada-, dado que había presenciado accidentes así en pleno día, uno de ellos condenadamente desagradable, y mortal.

Agarrado con fuerza a la cintura de Delray mientras aceleraban en la Harley-Davidson, a Aaron se le secaba la boca de asombro al ver cómo el paisaje familiar empezaba a desdibujarse como algo dentro del agua, como ondas en el agua -vehículos en dirección contraria por la carretera que se les acercaban a velocidades asombrosas y pasaban volando como juguetes ensartados en una cuerda- mientras el cielo, en lo alto, se disolvía, volviéndose tan pálido como vapor de agua penetrado por parpadeantes momentos de sol a través de nubes semejantes a llamaradas, y Aaron entendía con claridad que Esto es lo más feliz que puedes ser, nunca volverás a ser tan feliz como ahora.

Más adelante, Delray raras veces sacaba la Harley-Davidson. De hecho estaba tratando de vender aquel condenado trasto. Tenía problemas en la espalda -«presión en la columna vertebral a la altura de las cervicales»-, y al hacerse mayor se reconocen determinados riesgos.

Delray era, de todos modos, un hombre alto y fornido, con facciones indias nítidamente talladas, y pelo negro enmarañado como el de la piel de un bisonte, como decía Zoe medio entre la repugnancia y la admiración -el loco marido motorista con el que se había casado joven «demasiado joven para saber qué demonios estaba haciendo»-, que con el calor del verano llevaba una cinta para el pelo como un hippy de otra época, bebía cerveza y a veces incluso fumaba hierba en el taller de reparaciones, un negocio que a comienzos de los años ochenta apenas llegaba a ser solvente y que, según Zoe había acabado por entender, seguiría perdiendo clientes de manera inevitable a medida que otros talleres más nuevos y mejor equipados se establecieran en la zona de Sparta. Lo primero que se notaba en Delray eran sus tatuajes: hombros y brazos musculosos cubiertos de vello oscuro y, refulgentes con colores fantásticos, una bandera de los Estados Unidos enlazada con una cobra grabada en el antebrazo derecho, un águila de los Estados Unidos de deslumbrantes ojos broncíneos en el izquierdo y, en su espalda, que era ancha y de carne pálida y cubierta de pelos hirsutos como una piel de animal, un cráneo negro de sonrisa morbosa con llamas brotando tic las órbitas vacías y debajo de la calavera las misteriosas letras aiaól.

¿Ángeles del Infierno de los Adirondack 1961?

Eso era lo que Aaron imaginaba. Porque Delray desde luego no iba a revelar ningún secreto suyo.

Y en los curtidos nudillos de la mano derecha, un corazón carmesí con Zoe en letras negras.

Hablando de hombre a hombre Delray confesó con sinceridad a Aaron que tenía dudas acerca de sus tatuajes, en especial acerca de la bandera y el águila de los Estados Unidos.