– ¡Aaron Kruller! Aquí no eres bien recibido. Haz el favor de marcharte.
Detrás de una de las vitrinas refrigeradas, trémula, los labios apretados, se hallaba la señora Honeystone. La boca de Krull se movió, no con una incómoda sonrisa juvenil -no la sonrisa intranquila de Aaron Kruller-, sino una mueca grosera enseñando los dientes. Adele Honeystone conocía a Aaron desde muy pequeño -trataba a su madre desde hacía quince años o más- pero aquel muchacho casi no parecía Aaron Kruller. No era un niño demasiado crecido sino un adolescente de una edad que nadie podía adivinar, más alto que ella, y vestido con una camiseta negra muy sucia, unos pantalones de trabajo manchados de grasa y, a imitación de los moteros adultos, con una tira de cuero negro en la muñeca izquierda. Cualquiera creería que se trataba de un reloj de pulsera pero no era más que una tira de cuero negro. Ojos muy hundidos en las órbitas debajo de cejas espesas que brillaban con una especie de burla juvenil que turbó a la anciana. Llevada por la histeria, la señora Honeystone afirmó más adelante que había vislumbrado el mango de un cuchillo -o alguna otra arma, como un martillo- que sobresalía de uno de los bolsillos del pantalón, porque estaba claro que Aaron Kruller había entrado a robar y a aterrorizar, por lo que la anciana de cabellos blancos empezó a gritar:
– ¡Deténganlo! ¡Es un ladrón! ¡Llamen a la policía!
Krull se sorprendió. No ya Aaron, sino Krull, que no se había esperado una cosa así. Como un gilipollas se había presentado ingenuamente ante la enemiga de su madre sin plan alguno. El miedo y el odio que sentía brillaron en las gafas de la anciana mientras avanzaba, audaz, contra él al ver que Aaron retrocedía; con furia blandió -dirigido a la cabeza del muchacho- algo que podría haber sido una bandeja de horno de la que se había apoderado detrás del mostrador, esparciendo fragmentos de bizcocho de chocolate, algunos de los cuales caerían sobre la ropa de Krull.
– ¡Socorro! ¡Ladrón! ¡Es el hijo de Zoe Kruller! ¡Lo ha mandado aquí! ¡Llamen a la policía!
Había pocos clientes en Honeystone's en aquel momento. Unos cuantos hacían cola esperando a que los atendieran, otros estaban sentados en torno a las mesas de hierro fundido. Había madres con niños pequeños. Ninguna vería el arma en el bolsillo del muchacho y menos aún en su mano, tal como la señora Honeystone afirmaría en el futuro, pero rápidamente se contagiaron de la alarma, asustadas y abrazando a sus hijos, mientras la canosa señora Honeystone dirigía la bandeja de horno contra la cabeza del muchacho como para empujarlo hasta la puerta, pero con furia repentina Aaron dio un puñetazo ciegamente a la anciana, golpeándola en la cadera, provocando que perdiera el equilibrio y se tambaleara, al tiempo que con el rostro contraído, como un animal que ataca, se agachó para asestar un segundo puñetazo que habría sido un peligroso golpe bajo de no ser porque, de repente, algo le hizo darse cuenta de que mejor no, mejor marcharse con viento fresco, por lo que salió corriendo para subirse a la bicicleta de color de rata que había dejado fuera, mientras dentro de Honeystone's alaridos femeninos se alzaban tan estridentes como los chillidos de pájaros aterrorizados.
¡No, nunca! Jamás dije que la fuese a matar.
No tenía intención de golpearla, esa vieja bruja me atizó primero.
Nunca tuve un cuchillo. ¡Nadie vio un cuchillo!
… dijo mentiras sobre mi madre. Supongo que fue ésa la razón.
Lo buscaron en la dirección que indicaba la orden de detención: 1138 de Quarry Road. En dos coches patrulla de la policía que entraron a toda velocidad por el camino de tierra lleno de baches hasta la casa de color melocotón entre maizales. Se precipitaron sobre él con pistolas desenfundadas como si fuese un adulto del que se sabía que estaba armado y era peligroso. Le hablaron con dureza y cuando ingenuamente se resistió -alzando los brazos contra ellos, volviéndose como para escapar a la carrera- lo derribaron tres agentes encargados de la detención (sobre el suelo de linóleo de la cocina, que Zoe no mantenía tan limpio como los suelos -relucientes a no poder más- de los anuncios de la televisión), le volvieron del revés los bolsillos en busca de armas, y lo esposaron con las manos a la espalda de una manera muy profesional que le hizo gemir de dolor. Luego lo levantaron -dos polis jóvenes de rostro colorado por el esfuerzo lo sujetaban por los brazos sin miramientos-, y lo sacaron a la fuerza hasta el primer coche patrulla, mientras él casi se desmayaba del dolor. Delray no estaba en casa ni tampoco en el taller junto a la carretera y en cuanto a dónde estaba Zoe, Aaron tartamudeó que no lo sabía.
Lo que había jurado era no llorar. Maldita sea no iba a llorar.
En la jefatura de policía de Sparta se formularon contra él los cargos de agresión criminal y tentativa de robo con amenaza a la vida humana y a la propiedad. La denunciante era la señora Adele Honeystone. El nombre en la orden de detención era Aaron Kruller.
En el momento de detenerlo, Aaron tenía doce años, cuatro meses y seis días. Como había perdido curso estaba aún en sexto grado.
Fue horas más tarde cuando Zoe contestó al teléfono en su casa, se la convocó en la jefatura de policía y se presentó estremecida y asustada y furiosa y a su hijo se le dejó en libertad a su cuidado después de varias horas más de consultas con participación de los agentes que habían llevado a cabo la detención y de un representante del tribunal de menores de Herkimer County. Entre tartamudeos y la cara colorada como si fuese culpable -desde luego, su aspecto era de culpable-, Aaron repitió que había ido a la granja sin motivo alguno, sólo se trasladó en bicicleta hasta allí, entró únicamente por divertirse sin la menor intención de robar a nadie, sin propósito de «destrozar» nada ni de «amenazar» a nadie, la anciana había empezado a gritarle de inmediato como una loca, y él no había hecho nada en absoluto para provocarla.
Quizá la había golpeado, sí, quizá la había golpeado con el puño para hacerla retroceder mientras ella le pegaba, con algo parecido a una bandeja, en la cabeza y en los hombros. Para defenderse había golpeado a la anciana pero sólo una vez, juró. Y no con fuerza.
Al volver a casa a última hora de la tarde, Zoe se detuvo en una tienda de vinos y licores para comprar seis latas de cerveza y empezó a beber en el aparcamiento mismo para calmar sus nervios destrozados.
– Coge una, vamos, coge una cerveza -le dijo a Aaron, que se estaba frotando las muñecas y los brazos que empezaban a oscurecerse con los moratones-. Sé que bebéis aunque no seáis más que críos, puñetero -su hijo había estado tratando, en primer lugar, de explicarle por qué había ido a la granja (era la pregunta crucial, Zoe no se cansaba de insistir) ya que debería haber sabido, por el amor de Dios, si no era idiota ni subnormal, debería haber sabido que los Honeystone no lo querían en su establecimiento, y ninguna explicación que pudiera dar tenía el menor sentido ni siquiera para el mismo Aaron, hasta que por fin renunció a explicarlo y Zoe dijo-: El motivo de que hayas hecho eso, hijo, he sido yo. Lo has hecho por tu madre. Pero era una cosa que estaba mal, ¿no te das cuenta? Era una cosa insensata y equivocada. Incluso aunque hubieras ido después de que la granja estuviese cerrada, como para «destrozarla» o «prenderle fuego», era una cosa que no había que hacer. No porque los Honeystone no se lo merezcan, sino porque te iban a pillar. No lo dudes, te hubieran pillado. Así que se jodan, haremos que no salga adelante la acusación. Esos cargos contra ti son una mierda, esa vieja bruja no puede probar nada. ¡Que lo intente! Déjalos que traten todos de calumniarme, que digan sus asquerosas mentiras sobre mí, me importa un rábano lo que digan. Eso no es más que mi antigua vida de aquí en Sparta, ¿te das cuenta? Algún día me reiré de todo eso. Y tú también, corazón. No tienes más que esperar.