Zoe había dicho Claro que volveré, cielo. Quizá sólo a por ti. Pero volveré. Antes o después.
Una vez muerta, tardaron en asumir las consecuencias de aquel desastre: Zoe no iba a volver. Durante los meses anteriores habían compartido la vaga idea, tan poco investigada como la causa de las manchas que se extendían por los techos, de que sí, de que volvería, seguro que Zoe acabaría por volver y la oirían cantando o tarareando en la cocina como siempre y su voz alegre les levantaría la moral excepto que la nueva realidad, ya, era que Zoe no iba a regresar a Quarry Road, nunca.
Viola, la hermana menor de Delray, empezó a aparecer por la casa una vez a la semana o cada diez días. Viola y Zoe se habían entendido hasta cierto punto, pero Viola no aprobaba que Zoe se tomara tan en serio su carrera de cantante y menos aún que abandonase la casa familiar. Seguro que es un infierno vivir con Delray, pero era su marido. ¿Y qué me dices de Aaron? No es más que un crío.
Apareció la tía Viola pasando la aspiradora de Zoe por las habitaciones de la casa y silbando de una manera que hacía que Aaron se acordara de su madre y que le sacaba de quicio. A mitad de las escaleras, cuando se detuvo a mirar fijamente a su fornida tía, vestida con un mono y una camisa de hombre, Viola frunció el ceño y le preguntó por qué no echaba una mano, maldita sea, había trabajo para los dos, Aaron respondió:
– Nadie te lo ha pedido. No es necesario que hagas eso .
Bueno… es «necesario» que lo haga alguien. ¿En qué clase de pocilga se convertiría esta casa si nadie hiciera nada?
Aaron pasó junto a su tía con la cabeza baja. Aunque no murmuró las palabras de manera audible, Viola tuvo la seguridad de que había dicho Anda y que te den por culo, Viola.
Ella se echó a reír, escandalizada. O quizá sin escandalizarse. Aaron era esa clase de crío.
Viola, de todos modos, no se lo contó a Delray: no era una persona dispuesta a crear nuevos problemas entre los miembros de la familia Kruller cuando ya existían más que suficientes. Sobre todo no iba a crear problemas entre Delray y su hijo, ambos en un estado de profundo dolor del que no eran conscientes ni estarían dispuestos a reconocer.
Y además, el chico había mentido para favorecer a su padre. En el seno de la familia Kruller todos estaban convencidos. Era imposible que Delray estuviera en casa cuando asesinaron a Zoe -¡un sábado por la noche!-, pero Aaron así se lo había declarado a la policía y estaba dispuesto a jurarlo.
«Hay un vínculo especial entre tú y yo, Aaron», le había dicho Viola a su sobrino, que no tenía ni idea del significado de aquellas palabras.
Aaron no entendía lo que quería decir la mayoría de las mujeres. Incluso la mayoría de las personas mayores. Las palabras que salían de su boca podían haber estado en algún idioma extranjero, tan poco era lo que te podías fiar de ellas.
Aquel vínculo especial quería decir que la familia Kruller se mantendría unida, que la familia no se desharía por lo que le había sucedido a Zoe. Incluso aunque Delray la hubiera matado. Eso era asunto de Delray. Aaron suponía que debía de ser ése el significado de las palabras de Viola. Otros miembros de la familia Kruller le habían insinuado lo mismo mirándolo con preocupación, con algo así como respeto teñido de aprensión.
Mentir para proteger a Delray. Eso demuestra que el crío lo quiere.
A Aaron no le emocionaba nada todo aquello; sentía, si hubiera sido capaz de definir la sensación, lo mismo que un cerdo al que se ha abierto en canal y se le ha destripado pero que, por alguna razón, aún sigue vivo. Aquello era lo extraño, lo impensable: que aún siguiera vivo. Después de haber encontrado el cadáver de su madre aquella mañana. Después de haberla visto y de que los ojos entornados de Zoe, semejantes a uvas reventadas, lo hubieran visto a él.
En el instituto, en la clase de ciencias, habían estudiado la evolución: «La teoría de la evolución». Aaron no había sacado buenas notas ni en los exámenes ni en los ejercicios, pero del curso sacó la idea de que Las cosas siempre están cambiando. Nada se queda como está.
Sin Zoe entre ellos era difícil para Aaron y para su padre relacionarse. Si Aaron estaba en la cocina preparándose un desayuno rápido, copos de trigo vertidos en un cuenco, leche a punto de agriarse sobre los cereales, y procedía a comerse aquella mezcla junto al fregadero, mirando -por la ventana salpicada por la lluvia- a un maizal a quince metros de distancia, Delray podía pasar por delante de la puerta de la cocina como sin ver, o saludar con un simple murmullo entre dientes, porque Delray prefería desayunar la mayor parte de los días en el Star Grill Diner, en Garrison Street, donde las camareras lo conocían y lo miraban con simpatía y donde se tenía la idea de que había sido un marido maltratado por su mujer, que lo había abandonado, que se acostaba con otros hombres y que consumía heroína; todo lo cual demostraba que quien la había matado no podía ser Delray Kruller, que dejaba buenas propinas a las camareras, les sonreía y bromeaba con ellas, de manera que se podía ver la herida en el corazón de aquel pobre hombre, y lo muchísimo que se esforzaba por curarla.
Y si Delray, de pie en el cuarto de estar en penumbra, miraba la televisión, el mando a distancia en la mano, saltando de canal en canal, demasiado impaciente para sentarse o para ver nada durante más de unos pocos minutos, Aaron podía pasar en silencio por detrás de él, subir las escaleras, entrar en su habitación y cerrar la puerta.
Sabes que nunca le haría daño, ¿verdad? Quería a tu madre.
Eso lo sabes, ¿verdad que sí?
Vamos, quédate a ver la televisión conmigo. Sólo un ratito. ¿Eh, Aaron?
El único lugar donde padre e hijo se veían sin problemas era el taller. Allí Delray emanaba autoridad y daba instrucciones a los otros mecánicos. Encargaba piezas y accesorios por teléfono, hablaba con clientes, atendía las reclamaciones, preparaba presupuestos, registraba en la caja las facturas definitivas, se ocupaba de las tarjetas de crédito, comprobaba los talones, contaba dinero en metálico. Era Delray quien pagaba a los proveedores y entregaba sus talones a los asalariados. Todo aquello generaba satisfacción, pensaba Aaron. A los otros mecánicos les gustaba su padre y lo respetaban: Delray era un mecánico experto cuando se tomaba su tiempo. En el caso de Aaron los recuerdos más felices del taller Kruller eran las ocasiones en las que Delray lo llevaba a su despacho particular, que estaba separado del ruido y agitación del garaje, y en donde había un viejo escritorio de tapa corrediza y una silla giratoria que Zoe había comprado para Delray en una «subasta por quiebra» cuando estaba enamorada de él, y también estanterías con manuales de mecánica y catálogos de la industria automotriz y en las paredes anuncios, carteles, un calendario con mujeres dibujadas por Alberto Vargas en diferentes estadios de seductora desnudez, y a las que Aaron apenas se atrevía a mirar, porque era muy intensa la excitación sexual que se le transmitía en un instante a la entrepierna. Y sentado ante el escritorio de tapa corrediza Delray podía dedicar tiempo, si estaba de humor, si el condenado teléfono no sonaba a cada momento, ni se presentaba alguien con una queja, a dibujar diagramas para mostrar a Aaron lo que era necesario hacer con un vehículo:
– ¿Ves? Así.
A Aaron le resultaba fascinante que se le enseñara la lógica de los motores; cómo las palancas del cambio, las bielas, los cilindros, los tubos de alimentación del combustible y el encendido trabajaban juntos; eran las únicas ocasiones en las que Delray le hablaba así, describiéndole lo que se necesitaba hacer como si lo que se necesitaba hacer fuese algo crucial, y algo que había que tomarse en serio y respetar, y que lo de menos era quién lo hacía.