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Krull murmuró que podía dejarle a él las bolsas pero DeLucca pareció no oírle. Se había ido acercando al muchacho y lo miraba con hambre.

– ¿Sabes, Aar-on? Pareces cambiado. Pareces mayor. He estado leyendo cosas acerca de ti en el periódico. ¡Ah, tus ojos no son los ojos de un niño! Lo que esos ojos han visto… Krull, desconcertado, no supo qué decir. -… tuve que dejar aquella casa, Aar-on. Aquel lugar maldito. Imposible limpiarlo. Era superior a mí. Vivo en otro sitio ya… estoy tratando de cambiar de vida. Esos hijos de puta… el departamento de policía de Sparta… la gente del sheriff de Herkimer County también… ¡interrogándome como lo hicieron!… amenazando con «encancerarme»… «obstricción de la justicia»… ¡nunca supe nada ni tuve nada que ver con nada!… Lo que deseo ahora… lo que más deseo es que se me perdone.

¡Perdón! Krull retrocedió, inseguro sobre el significado de lo que oía. Krull no se había recuperado por completo del olor a sudor femenino impregnado de polvos de talco.

Habría querido que su padre estuviera en casa. Delray le habría parado los pies a aquella hembra prepotente, la habría llevado a buen paso hasta la puerta principal y, si no se marchaba como él quería, le habría dado un golpecito con la rodilla en la parte más baja de la espalda.

– ¡Si hubiera estado allí aquella noche, Aar-on! Con Zoe. Me habría arriesgado a que me mataran también a mí si con eso la hubiese salvado. Aquella noche, porque me marché sabiendo que podía ser una equivocación. Y con un hombre… ¡un hombre que estaba segura de que era una equivocación! Ahora estoy esperando a mi redentor. ¡Aar-on!

Krull retrocedía con torpeza al mismo tiempo que Jacky DeLucca avanzaba con pasos inseguros. Los ojos, aunque rebosantes de lágrimas de compasión, estaban fijos en él como los de un hipnotizador. En su turbación, Krull no tenía ni idea de si aquella mujer tan rolliza, de la edad de su madre -o mayor-, lo atormentaba aposta, como se sabía que tenían por costumbre determinadas chicas de Sparta, a salvo en un sitio público y en compañía de sus amigas, o si hablaba de manera ingenua y sincera y estaba suplicando a Krull que fuese su aliado:

– ¡Del-roy, tu padre, ha dicho unas cosas tan terribles de mí, Aar-on! Lo entiendo, por supuesto, me esfuerzo por entender la dureza del corazón humano, trato de perdonar. Desde aquella cosa tan trágica que le sucedió a mi queridísima amiga Zoe, mi amiga íntima, y de la que yo me libré, sólo Dios sabe por qué me libré yo, he tratado todos los días de rezar y de entender. ¡Zoe me habla a veces, Aaron! No con palabras propiamente dichas, pero sí con un susurro dentro de mi alma. Está muy cambiada. «Ahora ve los dos lados.» Me ha pedido que te lo diga, lo mucho que te quiere. El que haya cambiado de estado no significa que no te quiera, Aaron, ni que haya dejado de pensar en ti… sigue haciéndolo.

Ante aquello Krull no tenía respuesta alguna. Sus torpes dedos adolescentes se cerraban y abrían en puños sudorosos.

– Aquella vez que Zoe estaba bebiendo y dijo de repente: «Jacky, me siento muy mal, no soy una buena madre». Luego se rió y dijo: «Me encantan los niños pequeños, quería mucho a mi hijo cuando era pequeño, pero los bebés crecen». Otra vez, no mucho antes de que sucediera aquella cosa tan terrible, Zoe estaba un poco colocada y en vena frívola y dijo: «Me importa un pimiento lo que me pase, Jacky, con tal de que me suceda algo». ¡Zoe lo dijo! Y le respondí: «Zoe, no lo dices en serio», y ella dijo: «¿Te parece que no?» y se limitó a reír. Cualquier locura que se le venía a la cabeza cuando estaba así, la decía. Sólo por subirse a un avión, que era lo que planeaba hacer para ir a Las Vegas, podía comentar: «Es un juego de azar. Agitas tu vida como si fuera unos dados».

Krull, de algún modo, se sentía acorralado. Le dolía la cabeza. Trataba de decirle a aquella mujer que no quería hablar de Zoe con ella.

– ¡… es tan bueno llorar, corazón! Tú no eres más que un niño. Los chicos como tú crecen demasiado deprisa, es la sangre de Del-roy, la sangre seneca… lo sé demasiado bien… estuve en otro tiempo prometida con uno… no sabéis cómo llorar, y eso es malo. Y es que un hombre… un muchacho… también necesita que lo quieran. No sólo las mujeres. Si no tienes ese cariño, hay algún tipo de veneno que se encona -pareció, durante un inquietante momento desestabilizador, que Jacky DeLucca bajaba los ojos hacia la parte inferior del cuerpo de Krull (los muslos, la entrepierna) donde un único gran pulso latía deprisa y con fuerza-. Tú y yo, Aaron, tenemos la edad adecuada, creo yo. Podría ser tu madre… Zoe me daría su bendición, desde donde está ahora. Dios nunca me concedió un hijo y esto sería una señal muy clara de que Zoe me perdona.

Con voz muy roca Krull repitió que no quería hablar de su madre. Si Jacky tenía la amabilidad de dejar las cosas que había traído…

– ¡El piano de Zoe! ¿Es ése?

En un rincón del cuarto de estar se hallaba el viejo piano vertical de Zoe. Las teclas estaban amarillentas y cubiertas de polvo ya que, por supuesto, ni Delray ni Aaron se habían ocupado de él desde la marcha de Zoe; Aaron evitaba incluso mirarlo. Pero Jacky DeLucca corrió hasta él para golpear varias teclas con gesto dramático. Los nítidos sonidos crisparon los nervios de Krull. Sintió unas terribles ganas de llorar, y se mordió el labio inferir con tanta fuerza que casi se rompió la piel.

– ¡A Zoe le encantaba el piano! Conseguía que la gente le diera lecciones, aunque fuesen muy breves. En Chet's por ejemplo. El señor Csaba, que era nuestro jefe allí, le dijo a Zoe que le pagaría las clases, pero tu madre nunca insistió para que lo hiciera. En el club, las noches que había poco trabajo, Zoe improvisaba algunas melodías en el piano y se ponía soñadora. Y también cantaba, con aquella voz suya tan maravillosa. ¡Ah, Zoe sabía cantar! La persona que le hizo daño, fuera quien fuese, se aprovechó de Zoe de la manera más terrible, se aprovechó de sus grandes deseos de cantar. Eso es lo que creo.

Krull estaba tratando de pensar Entonces según ella Delray no fue el responsable.

Trató de interpretar sus palabras Sabe quién fue, entonces. Eso es lo que está revelando.

Al ver la expresión en la cara de Krull, que era al mismo tiempo dolorida y ausente, Jacky DeLucca dijo:

– Será mejor que lleve estas cosas arriba, corazón. Y que las cuelgue. Es lo que Zoe querría. Las arrugas desaparecerán en parte y podéis pedir a una de tus primas que se pase por aquí. O quizá, si tienes una amiguita, con una talla dos, tan sexy, le puedes decir que venga y que se lleve lo que quiera.

Krull se estremeció. ¿Quién de la familia habría querido nada de Zoe? Y una novia suya… la idea le repugnó.

Audazmente DeLucca se dirigió hacia la escalera, dejando atrás a Aaron. Como si hubiera estado antes en aquella casa y conociera el camino.

A Krull no le quedaba otro remedio que acompañar al piso de arriba a aquella mujer tan prepotente. Con la esperanza de no tener que explicarle nada a Delray. ¡No me escuchó, le lo aseguro! Decidió subir y no pude pararla.

Después del incidente en Honeystone's, cuando Krull perdió el control y le dio un puñetazo a la vieja en la cadera, no se le volvería a ocurrir tocar a una mujer. Tendría que pasar mucho tiempo.

Le habían acusado de agresión en segundo grado. Gracias al alegato de una funcionaría joven del tribunal de familia, los otros cargos -intento de robo a mano armada, intento de destrucción de propiedad privada, amenaza de grave daño corporal- se habían retirado. La vista se celebró en el despacho de la juez del tribunal de familia y la magistrada -de mediana edad y con cara de pocos amigos- habló con dureza al joven acusado y a sus padres, de rostro cariacontecido, y lo condenó a seis meses en el correccional de menores de Algonquin, aunque después de una pausa añadió condena condicional, lo que provocó que Zoe estallara en lágrimas de gratitud. ¡Muchas gracias, señoría! ¡Muchas gracias desde el fondo de nuestro corazón!