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Para acudir al despacho de la juez, Zoe y Delray se habían vestido como si fuesen a la iglesia: Delray con chaqueta de pana y corbata y alisado el pelo rebelde, y Zoe con un vestido azul oscuro cuidadosamente abrochado hasta el cuello y el pelo también alisado y recogido atrás en un moño. La juez les dijo que, durante los seis meses de libertad condicional, el padre o la madre de Aaron estaban obligados a llevarlo a reuniones semanales con un agente judicial juvenil de Herkimer County y que si faltaba a una reunión sin justificación legítima, se le revocaría la libertad condicional y se le enviaría a Algonquin para cumplir el resto de la condena. Aaron no había faltado nunca, pero hacia el final de los seis meses Zoe se había marchado ya de casa y era Delray, despechado y amargado, quien lo llevaba a las reuniones semanales.

Maldita sea, fue una suerte que no mataras a esa vieja. Estarías en Potsdam y queda demasiado lejos para hacerte visitas, joder.

En las escaleras, Krull miró impotente -dentro de los ajustados pantalones de color salmón- las caderas de la mujer que iba por delante. Al advertir la sugerencia de una hendidura entre las nalgas de Jacky DeLucca, Krull sintió una molesta conmoción en la entrepierna como la que sentía a veces -Dios del cielo, qué cosa tan desagradable- al ver un animal muerto y destrozado, mapache, ciervo joven, roto e inmóvil a un lado de la carretera.

DeLucca dijo, corta de aliento debido a las escaleras, pero tan llena de entusiasmo como una atleta joven:

– Hay varias sorpresas aquí, creo yo. Algunos de los vestidos de Zoe son de verdad glamurosos. ¡Con mucha clase! La semana que estuvo en Nueva York, por Navidad, el amigo con el que fue le compró algunas cosas realmente bonitas, sólo que, de vuelta a Sparta, ¿dónde te las puedes poner? ¿En The Strip?… «Es como arrojar tus perlas a los cerdos»… Zoe decía que acababas por acostumbrarte a hacerlo por el hecho de ser mujer.

Aunque no había estado nunca en la casa de Quarry Road -Krull tenía la seguridad- DeLucca se dirigió sin la menor vacilación al dormitorio al fondo del pasillo, donde volcó sobre una cama el contenido de las bolsas: un vestido negro de seda con tirantes muy finos, que parecía una combinación o lo era, efectivamente; un vestido tubo de terciopelo de color rojo con un profundo escote en uve tachonado de perlas diminutas; un brillante vestido dorado que sin duda podía amoldarse al cuerpo de una mujer tan ajustado como un guante; otro, color bronce, de algún tejido rizado, con manchas en los sobacos. Y zapatos de tacón alto y joyas. Un sujetador de seda morada, a juego con bragas semitransparentes. Krull miraba sintiendo que la sangre le latía con fuerza en la cara.

DeLucca alzó la prenda negra de seda hasta su rostro para olería. Sin decir una sola palabra se la tendió a Krull, que se estremeció ante el aroma a polvos de talco perfumados y apartó la mano de la mujer.

– ¿Qué te sucede, Aaron? La mía es una misión bien dolorosa, ¿es que no sientes respeto por los muertos?

DeLucca, con muchos remilgos, se dispuso acto seguido a estirar sobre la cama, con el borde de la mano, las prendas arrugadas. Había un singular brillo como de drogas en sus ojos húmedos, le pareció a Krull. La cama, utilizada antaño por los padres de Aaron, tampoco la usaba ahora Delray, que dormía en otro lugar de la casa; estaba descuidadamente cubierta con una colcha de brocado, de color oro desvaído, con manchas de agua por goteras en el techo. Debajo de aquella tela no quedaba más que el colchón. Viola había retirado hacía meses la ropa de la cama. Delray dormía en un sofá del piso de abajo cuando dormía en casa; a raíz de la muerte de Zoe evitaba aquella habitación. Había ordenado a Viola que metiera en cajas las cosas de Zoe y las llevara a una de las tiendas Goodwill, pero Viola no lo había hecho. Cada vez que Krull entraba en aquel cuarto, aunque ignoraba la razón, algo le atraía, una sensación de ansiedad y de cansancio; una necesidad de llorar, porque a veces llorar hacía que uno se sintiera bien, pero tenías que estar a solas. Había registrado muchas veces los cajones del buró de Zoe como si buscase algo que su madre hubiera olvidado, pero sólo encontraba un botón y una barra de labios casi acabada. En una caja, en otro lugar de la casa, había descubierto una colección de viejas instantáneas que había terminado por mirar, aunque no quería verlas, con un Delray, sentado en su Harley- Davidson, más joven de lo que Krull lo había conocido, pelo negro largo y desgreñado, gafas oscuras, un pitillo en la boca y una chica rubia, a la que rodeaba con un brazo, sin duda Zoe, aunque con aspecto de alumna de instituto, lo que posiblemente era en aquel tiempo, ya tan lejano, anterior al nacimiento de Krull. Y qué hermosa era, mostrando su sonrisa más deslumbrante. Con un top mínimo, sin espalda, unos shorts muy cortos, piernas desnudas y descalza.

Maldita sea, no quería angustiarse. Era demasiado tarde para angustiarse, joder.

– ¿Me puedes echar una mano, corazón?

DeLucca le reprendía como se riñe a alguien a quien se conoce bien, mezclados irritación y afecto, mientras, con un exceso de ceremonia, colgaba en el armario la ropa de Zoe.

– A Zoe le gustaría, creo yo. Su espíritu puede instalarse aquí y no ir tan a la deriva ni estar tan solo. ¡Era tan veleidosa! Lo último que me dijo fue: «Si no vuelvo, Jacky, puedes venir a visitarme a Las Vegas y traer a Aaron. Quizá llegue a tener una suite en Caesar's Palace. Estaba pensando en ti, ¿te das cuenta? De lo que yo me fío ahora es del espíritu interior. Zoe me habla en susurros. Me gustaría que no estuvieras tan enfadado y confiaras en mí, Aaron. «Estamos aquí en la tierra para querernos los unos a los otros, eso es todo.»Krull se preguntó si aquello era de la Biblia. No sonaba como de la Biblia.

Quería con toda su alma salir corriendo de la habitación pero no parecía capaz de conseguir que sus piernas se movieran. Sabía que se tenía que ir de allí pero no podía. No conseguía dejar de mirar la húmeda herida carmesí en el rostro de aquella mujer.

A continuación, en voz más baja, DeLucca dijo:

– Imagino que fuiste tú, ¿Aaron? Los polvos de talco.

Al principio Krull no entendió lo que DeLucca quería decir. ¿Polvos de talco?

Luego se le hizo la luz. Y sintió la sacudida.

– Fue un gesto de amor, Aaron. Para «purificar».

Meses atrás los detectives le habían dicho a Krull que aquella información -cómo, presa del pánico, había reaccionado ante el descubrimiento del cadáver de su madre- se mantendría confidencial y no llegaría al público. De algún modo, sin embargo, Jacky DeLucca estaba enterada.

Por aquel entonces Aaron era Aaron, y no Krull. Cuando subía las escaleras de aquella casa que olía a muerte. Y lo que le esperaba en aquella habitación que no había visto nunca…

– ¡Pobre Aaron! La querías.

Jacky DeLucca hablaba con calor y lo habría abrazado si Krull no hubiese retrocedido rápidamente alzando los codos. Lo que sentía ya era pánico: ¡no me toque!, ¡aléjese de mí! No soportaría que aquella mujer lo tocara.

Tenía quince años: los había cumplido una semana antes, sin celebración alguna. Delray no se enteraba de los cumpleaños, no le interesaban y no habría sabido decir la edad exacta de su hijo, de la misma manera que, en su indiferencia, podía no recordar el nombre del presidente de los Estados Unidos, ni el del gobernador del Estado de Nueva York. Bastaba con que algunas personas supieran aquellas cosas, ¿por qué demonios tenía que saberlas él? Zoe no se había olvidado nunca del cumpleaños de Aaron, pero Zoe ya no estaba.