A Krull, la señora Haré le recordaba incómodamente a la mujer apellidada DeLucca. Los ojos húmedos fijos en su cara, el cuerpo juvenil que se había vuelto demasiado carnoso con el paso de los años. Un indefinible aire de hambre, de anhelos femeninos.
– ¿Aaron? Si alguna vez quieres hablar de algo conmigo, basta con que me lo hagas saber. En cualquier momento. Y:
– Si hay algo que quieres compartir, Aaron.
Sin mirar.1 los ojos, llenos de ansiedad, de su interlocutora, Aaron murmuró algo que sonó como Sí, señora.
Entre los dos -la profesora de recuperación de inglés y el muchacho al borde de los dieciséis años- existía una relación curiosa y torpe. Como entre familiares: una tía, un sobrino malhumorado.
Una tarde, a petición de la profesora, Aaron acudió a regañadientes a una cita con ella. La señora Haré estaba sentada detrás de su pupitre y tenía delante una de las redacciones de Kruller, cubierta con una filigrana de tinta morada.
Krull se sentó en una silla de plástico que parecía endeble bajo su peso, mientras la señora Haré se apretaba contra el pecho las manos, largas y delicadas. Luego respiró hondo y empezó, como alguien que, temerosa de que le falte el valor, corre para tirarse desde un trampolín muy alto:
– Aaron. He debatido conmigo misma la conveniencia de contarte esto. También hubo un crimen en mi familia. En la familia de mi madre en Troy. Sucedió una cosa terrible… una chica prima mía… mi prima de más edad… secuestrada, la apuñalaron hasta quitarle la vida… arrojaron su cuerpo al canal… estuvo desaparecida durante semanas antes de que por fin la encontraran. Aquel terrible asesinato… de una hermosa joven de diecinueve años, prometida para casarse… no se «resolvió» nunca… A lo largo de los años, son décadas las que han pasado ya, aquel asesinato sigue arrojando una sombra sobre nuestras vidas. Tenía doce años por entonces, y ahora soy una mujer de mediana edad. De manera que entiendo, Aaron -la audacia y la esperanza habían hecho que a la señora Haré le temblara la voz-. Tengo la esperanza de entender.
Aquellas palabras fueron como una descarga eléctrica para la que Krull no estaba preparado. Habría necesitado armarse previamente de valor y no lo había hecho.
– … si quisieras hablar de ello, ¿sabes? O escribir sobre ello. De forma más directa, Aaron. Tengo la sensación de que siempre estás escribiendo acerca de un tema determinado (no voy a decir cuál) pero nunca te enfrentas con él. Casi te ha devorado. Has de romper amarras.
Incómodo y oprimido por una de las sillas del aula -plástico barato, patas de aluminio- Krull se mantuvo rígido, inflexible. Parecía confundido, su boca se movía en silencio. Nerviosa, la señora Haré continuó:
– ¡Bien! Lo que te quiero señalar, Aaron, es que a pesar de todo puedes elegir. Me refiero a… más allá de la clase. Más allá de este instituto. Puedes ser un ciudadano o puedes ser un «solitario». A la manera de un elefante «solitario». Elefantes peligrosos y rebeldes, furiosos. Puedes vivir al margen de la sociedad con la justificación de que te han herido y estás furioso, muy furioso, sobre eso no hay duda; sé que otros alumnos te tienen miedo, y que has participado en peleas e «incidentes». Por mi parte he de agradecerte que hayas hecho un buen trabajo en mi clase, un trabajo muy bueno, un trabajo prometedor, pero déjame decirte que mientras seas joven vas a poder vivir de esa manera, e incluso, después de cumplir los treinta, durante algún tiempo más quizá. Pero llegará un momento en que se acabe. Si te conviertes en ciudadano, el crimen que te obsesiona terminará por cicatrizarse y podrás llevar una vida de verdad, una vida útil, de persona adulta. Pero si eres un solitario y un marginado, esclavo de la herida que se te infligió, no tendrás esa vida -la señora Haré hizo una pausa. Le temblaba la voz, insegura. Como si hubiera subido hasta una altura peligrosa y estuviera ahora mirando a Aaron, que estaba abajo, desde aquella altura-. No vivirás mucho… eso es lo que temo que te suceda.
El pretexto para la entrevista de aquella tarde era un trabajo que Krull había entregado el día anterior, sobre el tema «El individuo en la sociedad». Krull sólo había conseguido escribir un único párrafo con dos frases. Veintiuna palabras ahogadas y apelotonadas con las que había trabajado penosamente en el taller de reparaciones, sentado en el escritorio de Delray. Tuvo que interrumpir la redacción al producirse una llamada inesperada: a él y a otro mecánico se los necesitaba en la interestatal, porque había habido un accidente y hacía falta acudir con la grúa. Después, al leer lo que había escrito Todas las cosas que le suceden a cualquiera son cosas que le suceden a…. sintió una ola de vergüenza, de furia. Maldita sea, sabía lo que quería decir pero no conseguía decirlo, las palabras se le atascaban dentro.
Ahora echó una ojeada al trabajo que la señora Haré le había devuelto. Vio que había cometido una falta de ortografía al escribir sociedad. También había escrito mal suceden. Sintió ganas de arrugar allí mismo el condenado papel.
– ¿Aaron? Estás escuchando, ¿verdad que sí?
Qué cerca había estado la señora Haré de decir Estás escuchando, querido, ¿verdad que sí?
Krull murmuró algo vago. Se sintió enrojecer y empezó a agitarse en la silla en preparación para marcharse.
– Pareces tan… triste, Aaron. Tu expresión es…
Krull se puso en pie, agarrado al papel. El condenado trabajo que iba a arrugar hasta convertirlo en una bola tan pronto como saliera del aula.
– Bien. En cualquier caso espero… espero que revises tu redacción. Quiero decir que espero que la desarrolles. Siempre parece que tienes muchas más cosas que decir pero que no llegas a decirlas. El mínimo que se pedía para el trabajo era quinientas palabras, Aaron. No es que sea necesario contarlas, pero…
Krull se marchaba muy abatido. Esperaba que aquello no tuviera un mal final. Como en un relámpago le vino el recuerdo del rostro destrozado de Zoe, de las órbitas magulladas y rotas. Krull murmuró ¡Sí, señora!
La profesora fue con él hasta la puerta del aula. Como cuando en un programa de televisión la señora de la casa acompaña a alguien que se despide. La sala donde estaban era el aula personal de Marsha Haré, decorada por ella misma con brillantes fotografías de animales, paisajes, vistas de ríos. La había adornado con lo que Zoe habría reconocido como bonitos toques femeninos, flores artificiales en jarrones, helechos y violetas africanas en tiestos de barro, pequeñas tallas de madera. Sentada, la señora Haré había parecido casi de la misma altura que Krull, pero una vez en pie, se veía lo baja que era a su lado; lo rápidamente que disminuía su autoridad. Seguro, de acuerdo, gracias, señora Haré Aaron volvería a escribir el trabajo Sí, señora excepto que al día siguiente en gimnasia Krull tuvo un altercado con dos chicos -chicos «blancos»- que lo habían cabreado porque lo miraban como si oliera mal y otros chicos se habían unido, algunos del lado de Krull, la mayoría en contra, y se produjo una batalla campal que duró varios clamorosos minutos, y esta vez había testigos del comportamiento de Krull, incluido el señor Casey, el profesor de gimnasia, que sangraba por la nariz, de manera que en el espacio de unas pocas horas de confusión Krull fue arrestado por agentes de la policía de Sparta, que se lo llevaron a la jefatura de policía donde se le acusó de agresión, alteración del orden público, resistencia a la autoridad. Aaron Kruller no regresaría nunca a Sparta High, ya que la expulsión fue permanente. Tampoco se graduaría con su curso. Ni volvería a ver a la señora Hare.