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Zoe no había creído en Dios, la mayor parte del tiempo. Pero Zoe era lo bastante astuta como para darse cuenta de que, si no creías en Dios en el momento justo, cuando de verdad importaba, estabas jodido.

Otras veces, cuando no importaba, estabas perfectamente. Pero tenías que andarte con ojo para no descuidarte y confundir una ocasión con otra.

«No te duermas. No cierres los ojos. Si te duermes ahora no te despertarás.»¡Cielo santo! Krull vio con asco el pelo rubio reluciente de la chica en mechones endurecidos por el vómito.

El vómito de la chica, tenía que ser. El vómito que también le había caído en la ropa, por delante, y hasta en los zapatos. Un escalofrío de repugnancia le recorrió el cuerpo.

Dada su manera de respirar, rápida y superficial, y la palidez mortal de la cara, Krull pensó que quizá fuese víctima de una sobredosis. El último verano, detrás de la estación, Krull había visto a una chica, víctima de una sobredosis por mezcla de heroína y de cocaína, en la furgoneta de alguien, con los ojos en blanco, la cara relajada y la boca abierta como un bebé enfermo. El fulano que estaba con ella la zarandeaba para que no se durmiera y le daba bofetadas, así que Krull zarandeó a Krista Diehl como se sacude a una muñeca de trapo, la cabeza cayéndosele sobre los hombros. La chica gemía débilmente para que Krull parase.

Al menos estaba consciente. Con la ayuda de Krull podía mantenerse en pie. De repente tuvo náuseas de nuevo y siguió vomitando la porquería que le hubieran dado, devolviendo hasta la primera papilla. Al ver que le había salpicado las botas, Krull maldijo por no haberse apartado a tiempo.

– ¡Dios santo! Mírate.

Estaba asqueado, furioso. Y sin embargo tenía que reírse de ella, de aquella chiquita rubia, lánguidamente bonita, con aire de pájaro mojado, las plumas pegadas al cráneo.

Para Krull era emocionante pensar que allí estaba la hermana de Ben Diehl. La hija de Eddy Diehl. Acudiendo a él para que la ayudara.

Krull la metió en su coche, con la ropa manchada de vómito. Sintiendo asco pero contento, condujo por Ferry Street hasta Union y luego Post sin saber dónde demonios iba mientras pensaba ¡Llévala a urgencias! Que le vacíen ellos el estómago.

Sucedía a veces que a un adicto con una sobredosis lo abandonaran detrás del hospital de Sparta. Lo dejaban en la acera, y luego el conductor se marchaba lo más deprisa que podía.

Krull, en cambio, llevó a Krista a casa de su tía Viola, que se quedó viendo visiones ante el espectáculo de aquella chica rubia semiinconsciente que se movía con dificultad, y tan joven; antes incluso de enterarse de quién era, la actitud de Viola fue de escándalo y condenatoria, pensando que aquella jovencita menor de edad -¿quince?, ¿catorce años?- era una novia de su sobrino Aaron con la que había tenido relaciones sexuales, a la que había dado drogas y con la que se había acostado, lo que era equivalente a una violación, una chica tan joven, que además parecía víctima de una sobredosis y que al cabo de unos minutos se habría muerto. ¿Por qué demonios la has traído aquí?, le preguntó a Krull su tía, y Krull dijo que no se le había ocurrido nada mejor. No la podía llevar a casa de su madre en el estado en que se hallaba y no quería arriesgarse a dejarla en emergencias, por si alguien veía la matrícula de su coche o le veía a él la cara. Como tampoco había querido deshacerse de ella en una esquina, ni en medio del campo, ni en un vagón de mercancías en el almacén ferroviario, que era lo que parecía dispuesto a hacer el cabrón de Duncan Metz. Viola preguntó si la chica era su novia y Krull negó con vehemencia que lo fuera. No se acostaba con chicas tan jóvenes y no había tenido relaciones con ella, por los clavos de Cristo. Y Viola dijo, el rostro encendido:

– Es una violación, Aaron. Con el agravante de tratarse de una menor y de que tú, en cambio, no lo eres.

– He dicho que no he tenido relaciones sexuales con ella.

– ¿Ha habido otra persona que las haya tenido?

Krull no lo sabía. No quería pensar en lo que Metz pudiera haber hecho con Krista Diehl en la estación.

Estaba mirando a la chica, que se tambaleaba, aunque sin llegar a caerse. Su tía la sujetaba ahora, limpiándole la cara con un pañuelo de papel. La chica Diehl, que apenas parecía estar consciente de lo que la rodeaba. ¡Krista Diehl aquí! Krull no pudo por menos de pensar en lo que los ligaba; en el vínculo entre ellos, tan poderoso como un lazo de sangre, y del que ninguno de los dos podría haber hablado .

¡Hazme daño! Inténtalo.

Lo que sucedió entre ellos entonces.

Tampoco habría manera de hablar de aquello.

Después de que le dijera a su tía quién era la chica. Después de que Viola mirase, incrédula, a su sobrino. Después de que se marchara para hacer una llamada telefónica y Krull se quedase a solas con Krista, en el baño de su tía. Krull abrió los dos grifos y la chica trató de lavarse la cara, aunque insegura por encima del agua, mareada, torpe.

Krull no había querido tocarla más. Le había dado una toallita para lavarse que a ella se le enredaba entre los dedos. Y de repente las manos de Krull se cerraron alrededor de su cuello. Estaba detrás, pegado a ella, los dos delante del lavabo. Krull no parecía capaz de controlar sus manos, que rodearon el esbelto cuello de la chica. Y al sentir su miedo instantáneo, su pánico, en aquel momento tuvo una erección. Sangre en el pene, duro como un palo. Su cerebro próximo a la extinción, a la aniquilación.

Burlándose de ella:

– ¿Fue así como lo hizo? Tu padre…

La manera en que Eddy Diehl había estrangulado a Zoe en su cama. Excepto que Krull parecía recordar que había una toalla retorcida alrededor del cuello de su madre. Pero quizá Eddy Diehl la había estrangulado antes de usar la toalla. Quizá quedaban en el cuello de Zoe las señales de los dedos de un hombre, la sombra de unos dedos sobre la piel descolorida.

Krull no había visto la garganta de su madre pero sí su cara. Siempre, en cualquier momento, al cerrar los ojos Krull veía el rostro de su madre muerta. Un rostro hinchado como un melón magullado y roto, piel amarillenta, piel ensangrentada, pómulos rotos y órbitas rotas y los ojos abiertos, como uvas.

Y en los ojos los capilares reventados, la presión del estrangulamiento.

Krull había visto a su madre muerta, y había tenido que olería. La madre de Krull, tan hermosa, excepto que ya no lo era. Aquélla había sido la recompensa de Zoe. Aquél había sido su castigo. ¡Le dieron su merecido como no podía ser menos! Esa pobre mujer, decían. Krull había oído cosas así, o casi las había oído. Una terrible rabia ahogada se alzó en Krull, un deseo de castigar.

– ¿… así? ¿De esta manera? ¿Así…?

Se apretaba contra ella, todo su peso contra su espalda. Le apretaba la garganta. Débilmente la chica quiso apartar los dedos de Krull, pero carecía de la fuerza para liberarse. Sin atreverse a arañarle, frenética, como podría haberlo hecho otra chica, por el miedo a provocar en él una furia todavía mayor. Porque quizá -la aterrada chica podía estar razonando- Krull sólo bromeaba, no iba en serio como -quizá- tampoco Duncan Metz iba en serio, y no se había propuesto violarla y dejarla morir de sobredosis en un vagón de mercancías; quizás un momento después Krull dejaría de apretarle el cuello y se reiría de ella. Se reiría de su miedo. Haría ver que se trataba de una broma.

Los hombres hacían cosas así. Te llevaban hasta el límite. Te mostraban lo que había más allá. Y si te lo creías, el fulano se reía de ti, te despreciaba. Se lo contaría a sus amigos, que también se reirían de ti.

Pero no lo podías saber. A veces no lo podías saber hasta que era demasiado tarde.

Mira Roche se lo había dicho a Krista. Y Bernadette. ¡Sus dos amigas!