Dejé el coche en el parking de detrás de la clínica y entré por la puerta trasera. Alcancé a oír un lejano y furioso ladrido colectivo, chillidos agudos que suplicaban compasión, libertad y consuelo. Sólo había dos animales en la sala de espera, dos gatos de aire aburrido que parecían cojines adormilados. Sus dueños humanos les hablaban con un acento felino y una entonación aguda que me dio dolor de cabeza. Cada vez que sonaba al fondo el aullido de algún perro, parecía que los gatos esbozaban una sonrisa.
Tenía que haber dos veterinarios de servicio porque se llamó a los dos gatos al mismo tiempo, se los instaló en sendos carritos y se los llevaron por el corredor mientras yo me quedaba sola con la recepcionista. Tendría veintiocho o veintinueve años, era pálida, tenía ojos azules y se ceñía el pelo liso y rubio con una cinta azul al estilo de Alicia en el País de las Maravillas. El marbete identificador que llevaba decía «Emily».
– ¿Qué desea?
Hablaba como si su crecimiento se hubiera detenido a los seis años: con un hilo de voz tenue y resollante, modulado con dulzura y quizás ensayado a propósito para calmar animalejos histéricos. De vez en cuando tropiezo con mujeres que hablan así, y no deja de intrigarme este infantilismo crónico en un mundo donde los demás nos esforzamos por madurar. Al dirigirme a ella me sentí como un defensa de un equipo de rugby.
– Me gustaría obtener cierta información.
– Veré lo que puedo hacer -murmuró. Tenía la voz dulce y musical y un comportamiento sumiso.
Iba a enseñarle la fotocopia de mi licencia de detective, pero me asustó la posibilidad de que resultara un gesto brusco y grosero. Opté por dejarla en el bolsillo para poder encañonarla con ella más tarde si tenía necesidad de apretarle las clavijas.
– En enero de este año una señora trajo un gato para someterlo a una intervención de urgencia y quería saber si volvió para recogerlo.
– Si lo desea, puedo mirar en los ficheros. ¿Me dice el nombre, por favor?
– Sí, la señora se llamaba Elaine Boldt. El gato, Mingus. Creo que fue el 9 de enero por la noche.
En sus mejillas se formaron dos lunares de color de rosa y se humedeció los labios mientras me observaba con fijeza. ¿Habría vendido el gato a un viviseccionista?
– ¿Qué ocurre? -dije-. ¿Sabes de qué gato te hablo?
– Sí, sé a cuál se refiere. Estuvo aquí semanas enteras -dijo.
Su voz había adoptado un dejo nasal y parecía brotarle de la nariz, como si practicase la ventriloquia. No era exactamente un gemido quejumbroso, pero sí el tono que he visto emplear a los niños en los grandes almacenes cuando las mamas les acusan de portarse mal y les amenazan con arrancarles el brazo de cuajo. Estaba claro que se había puesto a la defensiva, pero ignoraba por qué. Alcanzó una caja metálica y pasó los dedos por una sucesión de fichas. Cogió la que buscaba y la depositó en la mesa con puritanismo voluntarioso.
– Sólo abonó tres semanas de hospitalización, no contestó a ninguna de nuestras llamadas y notas, y en febrero dijo el doctor que teníamos que tomar medidas porque estamos faltos de espacio. -Estaba realmente excitada.
– Emily -dije con acopio de paciencia-. ¿Te llamas así o llevas la chapa de otra?
– Me llamo Emily.
– Pues bien, Emily. No me interesa saber dónde está el gato. Lo que en realidad quiero saber es si volvió aquella señora.
– No, no volvió.
– ¿Y qué fue del gato? Sólo por curiosidad.
Me contempló durante un segundo con la barbilla alzada. Se echó el pelo por detrás del hombro con un ademán rápido.
– Me lo quedé. Es un gato fabuloso y fui incapaz de llevarlo al depósito municipal.
– Un gesto realmente admirable. Me han dicho que es un gato estupendo, me alegro de que te lo quedaras. Disfruta de su compañía. Me llevaré tu secreto a la tumba. Pero si reaparece la señora, ¿me lo dirás? -Puse mi tarjeta en la mesa. La leyó y asintió sin decir palabra. -Gracias.
Volví al despacho. Pensaba llamar a Julia Ochsner para decirle que había localizado al gato y ahorrarle así un innecesario rastreo por los veterinarios y guarderías de Boca. Dejé el coche en el parking trasero y subí por las escaleras de la parte posterior. Al llegar al despacho vi a un hombre en el pasillo que garabateaba no sé qué en un trozo de papel.
– ¿Puedo serle útil?
– Eso depende. ¿Es usted Kinsey Millhone? -Parecía sonreír con superioridad afectada, como si poseyera una información demasiado valiosa para compartirla.
– Sí.
– Soy Aubrey Danziger.
Tardé un segundo en identificar el nombre.
– ¿El marido de Beverly?
– Exacto -dijo, y emitió una carcajada muy breve que le resonó en la glotis. No me pareció que ninguno de los dos tuviera hasta el momento ningún motivo para ponerse exultante de alegría.
Era alto, un metro noventa quizá, y tenía la cara delgada y de cutis fino. Tenía el pelo muy negro y liso, como de tacto sedoso, ojos castaños y boca altanera. Vestía un traje gris claro, con chaleco y todo. Tenía aspecto de jugador de barco fluvial, de dandy, de «petimetre», en el caso de que estos estereotipos sigan existiendo.
– ¿Y qué puedo hacer por usted?
Introduje la llave en la cerradura, abrí la puerta y entré. Me siguió, inspeccionando la estancia con una mirada escrutadora por la que supe que estaba evaluando los muebles, juzgando mi infraestructura, calculando mis impuestos y preguntándose por qué su mujer no había preferido una agencia de prestigio.
Me senté ante el escritorio y le observé mientras tomaba asiento y cruzaba las piernas. Raya impecable en los pantalones, tobillos aristocráticos, zapatos italianos de piel, bajos y sin cordones, puntera estrecha y reluciente. Entreví los puños de su camisa, blancos como la nieve, y el monograma azul claro de sus iniciales -A.N.D.-, sin duda bordado a mano. Sonrió mientras nos contemplábamos como dos tontos. Sacó una pitillera plana del bolsillo interior de la chaqueta, cogió un cigarrillo delgado y de papel negro cuyo extremo golpeó sobre la superficie de aquélla, se lo puso entre los labios y lo encendió con un mechero que disparó tal llamarada que temí se le fuera a incendiar el cabello. Tenía manos finas y le habían arreglado a la perfección unas uñas que ostentaban un borde blanco y brillante. Confieso que estaba superimpresionada, sobre todo por el perfume que despedía y que sin duda era uno de esos aftershaves de lujo que se llaman Rogue o Magnum. Observó la brasa del cigarrillo y a continuación me fulminó con la mirada. Sus ojos me recordaron la arcilla seca: castaños, exánimes, sin calor ni energía.
No le invité a tomar café. Le acerqué el cenicero, igual que había hecho con su mujer. El humo de su cigarrillo olía a fogata ahogada y sabía que, aun después de que su dueño emprendiera el regreso a Los Ángeles, se quedaría pegado a los muebles durante mucho tiempo.
– Beverly recibió su carta -dijo-. Se alteró mucho. Y estimé oportuno venir personalmente para charlar un rato.
– ¿Y por qué no ha venido ella? -repuse-. También sabe hablar.
La observación le hizo gracia.
– A Beverly no le gustan las escenas. Me pidió que hablase yo en su nombre.
– Tampoco a mí me chiflan las escenas, pero no sé cuál es el problema. Ella me dijo que buscara a su hermana. Aún lo estoy haciendo. Quiso ponerme condiciones y opté por trabajar para otra persona.