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– Oh, no, no. Usted la entendió mal. Ella no quería rescindir el contrato. Sólo que no quería que acudiese usted a Personas Desaparecidas.

– Y en ese punto disentimos. No me pareció honrado cobrar por hacer caso omiso de los consejos de mi cliente. -Traté de sonreírle con indiferencia mientras hacía girar un poco la silla-. ¿Acaso había algo más? -pregunté. Estaba convencida de que se traía algo entre manos. Saltaba a la vista que no había recorrido ciento cincuenta kilómetros sólo por aquello.

Se removió en el sillón y probó un tono más cordial.

– Me temo que hemos empezado con mal pie -dijo-. Me gustaría saber qué ha averiguado sobre mi cuñada. Si la he ofendido, quisiera presentarle mis excusas. Ah. Puede que le interese esto.

Sacó un papel doblado del bolsillo de la chaqueta y me lo alargó. Por un momento pensé que se trataría de una dirección, un teléfono, alguna información que realmente sirviese de algo. Era un cheque por los 246 dólares con 19 centavos que me debía Beverly. Por su actitud parecía una especie de soborno y no me gustó. Acepté el dinero de todos modos. Se diera cuenta o no, a mí me daba igual.

– Hace dos días mandé el informe a Beverly. Si usted quiere saber el resultado de mis averiguaciones, pregúntele a ella.

– He leído el informe. Lo que quisiera saber es lo que ha averiguado desde entonces, si es que está dispuesta a cooperar.

– La verdad es que no. No quisiera parecer grosera, pero lo que haya averiguado incumbe sólo a mi cliente actual y es confidencial. Sí voy a decirle algo. Acudí a la policía y se distribuyó una descripción de Elaine, pero como sólo han transcurrido dos días aún no se sabe nada. ¿Le importaría responder ahora a una pregunta?

– Sí me importaría -dijo, aunque se echó a reír. Empezaba a comprender que la causa de su comportamiento era probablemente la torpeza, así que continué.

– Beverly me dijo que hacía tres años que no veía a su hermana, pero un vecino de Elaine no sólo afirma que estuvo en su casa por navidades sino que encima tuvieron una pelea sonada. ¿Es cierto?

– Bueno, sí, creo que sí. -Se le había dulcificado la voz y ahora parecía menos distante. Dio una última chupada al cigarrillo y decapitó la brasa estrangulando la colilla con los dedos-. Si he de serle franco, me preocupaba que Beverly se complicara demasiado en esto.

– ¿Cómo es eso?

Había dejado de mirarme. Giró la colilla entre los dedos hasta que no quedó de ella más que un montoncito de hebras de tabaco y un trozo de papel negro.

– Tiene problemas con el alcohol. Los tiene por temporadas, aunque seguramente usted ni se daría cuenta. Es una de esas personas capaces de no probar ni gota durante seis meses, y de pronto, zas, se tira por ahí tres días bebiendo. Los períodos de incontinencia a veces duran más. Yo creo que lo que ocurrió en diciembre fue eso. -Volvió a posar los ojos en mí y entonces vi que había desaparecido buena parte de su solemnidad. Era un hombre que sufría.

– ¿Sabe usted por qué se pelearon?

– Más o menos.

– ¿Fue por usted?

Sus ojos me enfocaron con un primer destello de vida auténtica.

– ¿Por qué dice eso?

– El vecino dijo que al parecer se peleaban por un hombre. Y, que yo sepa, usted es el único que había por medio. ¿Me invita a comer?

Fuimos a un local llamado Jay's y que está al doblar la esquina. Es muy oscuro, con macizos reservados de estilo Art-Déco: cuero gris ceniza y mesas de mármol negro que parecen pequeñas piscinas irregulares. Les brilla tanto la superficie que pueden hacer de espejos, como en los anuncios de líquidos limpia-muebles. Las paredes están recubiertas de napa gris y la alfombra que se pisa es tan mullida que parece que se ande por la playa. El local entero, silencioso y casi a oscuras, parece una cámara de insensibilización para astronautas, pero las bebidas que se sirven son generosas y el barman prepara unos increíbles bocadillos calientes de ternera ahumada y pan integral. Es demasiado caro para mí, pero me pareció que Aubrey Danziger encajaba allí perfectamente. Por lo menos parecía estar en situación de poder pagar la cuenta.

– ¿En qué trabaja usted? -le pregunté cuando nos sentamos.

La camarera apareció antes de que pudiera responderme. Sugerí dos cócteles de Martini y un par de bocadillos de ternera. Volvió a dibujarse en sus facciones la misteriosa expresión de regocijo, pero manifestó su conformidad con un indiferente encogimiento de hombros. Pensé que no estaba acostumbrado a que las mujeres hicieran el pedido, pero no detecté ningún efecto secundario peligroso. En mi opinión se trataba de mi número y quería ser yo quien controlara las luces. Sabía que podíamos acabar electrocutados, pero por lo menos le desaparecería la capa de celofán que le envolvía y se humanizaría un poco.

Me respondió cuando se fue la camarera.

– Yo no trabajo -dijo-. Soy propietario de varias inmobiliarias. Compramos terrenos y construimos edificios de oficinas, zonas comerciales enteras y a veces comunidades de pisos de propiedad. -Hizo una pausa como para darme a entender que habría podido seguir hablando sin parar, pero que bastaba con lo dicho. Volvió a sacar la pitillera y me la ofreció. Dije que no y encendió otro cigarrillo delgado de papel negro. Inclinó la cabeza.

– ¿Hay algo en mí que la irrite? Me ocurre continuamente. -Había recuperado la sonrisa de superioridad, pero esta vez no me sentí ofendida. Puede que su cara fuese así.

– Parece usted un engreído y es muy astuto -dije-. Y no para de sonreír como si supiese algo que yo ignoro.

– Hace mucho tiempo que tengo montañas de dinero, o sea que lo llevo en la sangre. Con franqueza, la idea de que una chica sea detective me hace mucha gracia. Es uno de los dos motivos por los que estoy aquí.

– ¿Y el otro?

Titubeó como si se debatiera entre hablar y callarse. Dio una chupada larga al cigarrillo.

– Creo que Beverly no me ha contado toda la verdad. Es una retorcida y una manipuladora. Me gusta comprobar las cosas.

– ¿Se refiere usted a la relación que estableció conmigo o a la que tenía con Elaine?

– Bueno, conozco su relación con Elaine. No la soporta. Pero tampoco la puede dejar en paz. ¿Ha odiado usted así alguna vez?

Esbocé una sonrisa.

– Últimamente, no. En mi época, supongo que sí.

– Siempre está encima de ella. Si se entera de que le va bien, corre a fastidiarla. Y si se entera de que le va mal, se alegra, pero no se queda contenta del todo.

– ¿Qué estaba haciendo aquí en navidad?

Llegaron los cócteles y tomó un sorbo prolongado del suyo antes de contestar. El mío era frío y suave como la seda, y con ese poco de vermut que me hace estremecer automáticamente. Suelo comerme en seguida la aceituna porque combina muy bien con el sabor de la ginebra. No le pasó inadvertido mi escalofrío de placer.

– Si quiere quedarse a solas con el cóctel, me marcho.

Me eché a reír.

– No lo puedo evitar. No suelo probar estas cosas, pero, ¡cielos, qué frenesí! Incluso noto ya la gestación de la resaca.

– Hoy es sábado, diantre. Tómese el día libre. No creí que pudiera localizarla en el despacho. Pensaba dejarle una nota e irme por ahí, a ver si averiguaba algo sobre Elaine por mi cuenta y riesgo.

– Entiendo entonces que acerca de su paradero sabe usted tanto como los demás.

– Yo creo que está muerta -dijo cabeceando-. Creo que la mató Bev.

Aquella salida no pudo por menos de atraer mi atención.

– ¿Por qué habría tenido que hacerlo?

De nuevo el titubeo prolongado. Miró hacia el interior del local fijándose en los detalles decorativos y haciendo no sé qué operaciones mentales, como si para saber dónde estaba tuviera que reducir el entorno a su valor en dólares. Volvió a posar los ojos en mí y a esbozar la sempiterna sonrisa.

– Descubrió que había estado liado con Elaine. Fue culpa mía. Hacienda quiso revisar nuestras declaraciones de los tres últimos años y yo, tonto de mí, le dije a Beverly que buscase unos cheques anulados y ciertos talones de compra con tarjeta de crédito. Así dedujo que yo había estado en Cozumel cuando Elaine se trasladó allí, a poco de morir Max. Yo le había dicho que había sido un viaje de negocios. El caso es que aquel día, al volver del despacho, me atacó con tanta rabia que es un milagro que aún esté vivo. Estaba borracha, naturalmente. Un pretexto para romper la vajilla. Cogió unas tijeras de cocina y me las clavó en el cuello. Justamente aquí, encima de la clavícula. La corbata y el cuello de la camisa me salvaron de la muerte, y quizá también el hecho de que me almidonen mucho las camisas. -Se echó a reír, cabeceando con inquietud ante aquellos recuerdos-. Al ver que no resultaba, me hirió en el brazo. Catorce puntos. Llené la casa de sangre. Cuando bebe es como Jekyll y Hyde. No es mala persona cuando está sobria… maliciosa y agarrada como un clavo, pero no actúa con irracionalidad.