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– Ya casi estamos. No te rindas ahora. Un par de metros más y lo habrás conseguido.

Esbocé una sonrisa ante la puerta todavía cerrada y me volví para echar un vistazo a la puerta de Elaine. No había ni la menor señal de actividad. Incluso habían entrado o tirado el felpudo, dejando en su lugar un rectángulo de polvillo filtrado a través de las cerdas.

Julia abrió por fin. La joroba le sobresalía entre los omoplatos igual que una piedra que la obligara a curvarse bajo su peso. Con los ojos a la altura de mi cinturón, tenía que ladear la cabeza para poder mirarme a los ojos. Tenía la piel transparente como el caucho y le cubría las manos como unos guantes de cirujano. Se veían las venas y los capilares rotos, y los nudillos, que parecían callos. La vejez la volvía transparente, la aplastaba por los cuatro costados como se estruja una lata de refresco.

– ¡Bravo, Kinsey! Sabía que era usted. Estoy despierta desde las seis, esperando su llegada. Entre, por favor.

Se hizo a un lado para dejarme paso. Dejé las cuatro maletas en la entrada y cerré la puerta. Golpeó una con el bastón.

– Sí, son éstas.

– Por desgracia, están cerradas con llave.

Las cuatro, por lo visto, tenían cerradura de combinación con el disco de los números engastado en el cierre metálico.

– Ajajá, esto es trabajo de detectives -dijo con satisfacción-. ¿Le apetece un café antes? ¿Qué tal el viaje?

– No me vendría mal una taza -dije-. El viaje, bien.

El piso de Julia estaba atestado de antigüedades y en conjunto era una mezcla muy personal de artículos de Oriente y objetos de la época victoriana. Vi un aparador inmenso de madera de cerezo tallada y tablero de mármol; y un sofá de pelo negro de caballo; una mampara de marfil recargadísima, figurillas de jade, una mecedora de tabla, dos lámparas de cinabrio, alfombras persas, un espejo-bastidor con el marco de caoba, un piano cubierto por una mantilla, visillos de encaje, tapices de seda bordada. Un televisor portátil de veinticinco pulgadas se alzaba al fondo de la habitación rodeado de fotos de familia incrustadas en marcos macizos de plata. El televisor estaba apagado y su muda pantalla grisácea resultaba extrañamente atractiva en una estancia tan llena de objetos memorables. El único ruido que se oía en el piso era el tictac uniforme de un reloj de péndulo, que sonaba como si alguien tamborilease con unos palillos en una mesa de fórmica.

Fui a la cocina, serví café para las dos y volví a la sala de estar con las tazas que tintineaban en el platito respectivo como sacudidas por un mini-terremoto californiano.

– ¿Son antigüedades de familia? Algunas son realmente preciosas.

Julia sonrió y agitó el bastón.

– Soy la única superviviente de la familia y a falta de otros herederos me he ido quedando con todo. Era la menor de once hermanos y mi madre decía que era la rebelde. No paraba de decir que nunca llegaría a nada, y yo me limitaba a callar y a tener paciencia. Un buen día se murió, y mi padre también, como es lógico. Tenía ocho hermanas y dos hermanos y todos están muertos. Poco a poco fui heredándolo todo, aunque ahora apenas tengo ya espacio para meter nada. Al final se acaba regalando cuanto se tiene. Se empieza en una casa de diez habitaciones y se termina sola en un asilo, sin más espacio que el que ocupa una mesita de noche y una palmatoria. No me gustaría verme así.

– Por lo que veo, usted tiene medios para seguir tirando.

– Eso espero. Tengo intención de resistir hasta que pueda, después atrancaré la puerta y me mataré, si la naturaleza no me lleva antes. Espero morirme en mi propia cama cualquier noche. Es la cama en que nací y sería hermoso terminar en ella. ¿Tiene usted mucha familia?

– No, sólo quedo yo. Me crió una tía, pero hace diez años que murió.

– Estamos entonces en el mismo barco. Es tranquilizador, ¿no le parece?

– Es una forma de decirlo -dije.

– Procedo de una familia de chillones y buscaruidos. Siempre tirándose cosas: vasos, platos, mesas, sillas, lo primero que tenían a mano. El aire siempre estaba lleno de proyectiles voladores que surcaban las habitaciones de un extremo a otro y, cuando daban en el blanco, alarido que te crió. Le hablo sobre todo de las chicas, aunque todos teníamos un enemigo irreconciliable. Una vez, cuando yo era pequeña, una de mis hermanas me tiró un pomelo como si fuese una pelota de béisbol y caí de la silla infantil, y la papilla saltó por todas partes. Se llamaba Eulalie. Ahora, al recordar aquella época, comprendo que éramos más vulgares que la roña, pero prácticos también. Todos conseguimos en la vida lo que queríamos y nadie pudo acusarnos nunca de inútiles o pusilánimes. En fin. Vamos a solucionar lo de esas maletas. En el peor de los casos, siempre las podemos tirar por el balcón. Seguro que se abren al llegar abajo.

Enfocamos el problema como si hubiese una clave que tuviese que ser descifrada. La teoría de Julia, que resultó acertada, era que Elaine podía haberse servido de una combinación numérica que para ella tuviese ya una función. Por ejemplo, el número de su casa, el código postal, el teléfono, su número de la seguridad social, la fecha de nacimiento. Elegimos sendos grupos de cifras y nos pusimos a trabajar con maletas distintas. Acerté con la mía a la tercera cuando marqué los cuatro últimos dígitos de su cartilla de la seguridad social. Las cuatro maletas compartían el mismo código, lo cual nos facilitó el trabajo.

Las abrimos en el suelo de la salita. Contenían ni más ni menos que lo que cualquiera habría esperado: ropa, cosméticos, bisutería, champú, desodorante, zapatillas, traje de baño, aunque todo revuelto como en las películas, cuando la mujer abandona al marido en medio de una bronca de las gordas. A los vestidos no les habían quitado siquiera la percha, las prendas se habían enrollado y amontonado, y los zapatos estaban encima de todo. La mayor de las maletas estaba como si se hubiesen vaciado los cajones dentro. Julia se había encaminado a la mecedora y allí estaba sentada ahora, apoyada en el bastón como si fuera una planta inestable. Yo tomé asiento en el sofá de pelo de caballo, sin quitar ojo a las maletas. Me volví hacia Julia con aprensión.

– No me gusta esto -dije-. Que yo sepa, Elaine tenía un sentido del orden casi compulsivo. Tendría que haber visto cómo dejó su casa: todo bien ordenado y en su sitio. ¿Se la imagina haciendo el equipaje de este modo?

– No. A menos que tuviera una prisa de mil diablos -dijo.

– Bueno, puede que la tuviera; pero aun así, no creo que hiciera las maletas de este modo.

– ¿Qué piensa usted? ¿Qué cree que significa esto?

Le conté lo de los pasajes de avión repetidos, lo de la escala en San Luis y otros detalles que estimé pertinentes. No estaba mal aquello de contar con otra persona para cotejar ideas. Julia era inteligente y, al igual que a mí, le gustaba buscarle tres pies al gato.

– No acabo de creer que llegase aquí -dije-. En este sentido, sólo contamos con la palabra de Pat Usher y a ninguna de las dos nos merece mucho crédito. Tal vez se bajara del avión en San Luis por algún motivo.

– ¿Sin el equipaje? Y si además se dejó el pasaporte en casa, como usted dice, ¿adonde podía ir?

– Bueno, se llevó el abrigo de lince -dije-. Pudo empeñarlo o venderlo. -Le estaba dando vueltas a una idea que no dejaba de obsesionarme, pero no acababa de concretarla del todo.

Julia hizo un aspaviento disuasorio.

– No creo que vendiera el abrigo. ¿Por qué iba a hacerlo? Tiene dinero a montones. Acciones, obligaciones, sociedades de cuentas en participación. No le hace falta empeñar nada.

Medité aquello. Estaba claro que tenía razón.

– No puedo descartar la posibilidad de que haya muerto. El equipaje llegó, es verdad, pero puede que no lo hiciera ella. Tal vez esté en algún depósito de cadáveres con una etiqueta colgando del dedo gordo del pie.

– ¿Cree usted que alguien la hizo bajar del avión y la mató?

Cabeceé sin estar del todo convencida.