Al llegar al aeropuerto de Miami devolví el coche alquilado y recogí la tarjeta de embarque en el mostrador de la TWA, donde facturé las cuatro maletas. Subí al avión seis minutos antes de emprender el vuelo. Comenzaba a experimentar una inquietud subterránea, ese nerviosismo que se siente cuando sabemos que nos van a operar dentro de una semana. No corría peligro inmediato, pero fantaseaba con un futuro lleno de incertidumbre que me llenaba de temor y retortijones. Pat Usher y yo nos habíamos lanzado a la carrera y estábamos destinadas a chocar, pero no estaba segura de resistir el impacto.
Como entre costa y costa hay tres horas de diferencia, tuve la sensación de que llegaba a California apenas una hora después de partir de Florida y al cuerpo le costó aceptarlo. Tuve que esperar una hora en el aeropuerto internacional de Los Ángeles para salvar la escasa distancia que me separaba de Santa Teresa, pero aun así eran sólo las siete de la tarde cuando llegué a casa, arrastrando las maletas de Elaine igual que un carrito de supermercado. Aún era de día, pero estaba rendida. No había comido y en el avión sólo me habían dado unos objetos cuadrados y envueltos en papel transparente que ni siquiera había abierto a causa del cansancio. Había sido uno de esos vuelos llenos de sacudidas y descensos bruscos e incomprensibles que impiden echar una siesta. A casi todos los pasajeros nos preocupaba mucho cómo iban a recomponer e identificar los cadáveres cuando nos estrelláramos envueltos en llamas. Una señora que tenía detrás y que iba con dos críos de los que no paran de gimotear estuvo casi todo el tiempo hablándoles a propósito de su comportamiento, sin resultado alguno. «Kyle, cariño, recuerda que mamá te dijo que no le gusta que muerdas a Brett porque le hace daño. Vamos, ¿te gustaría que mamá te mordiera a ti?» Un buen tortazo a tiempo habría ahorrado muchos rodeos educativos, pero la mamá de marras no me consultó.
A lo que íbamos. Nada más llegar a casa, fui derecha al sofá y me quedé dormida sin desnudarme siquiera. Por eso no me di cuenta hasta la mañana siguiente de que alguien había estado registrando la casa con discreción, en busca de Dios sabía qué. Me levanté a las ocho, corrí un rato, volví, me duché y me vestí. Me senté a la mesa y cogí la llave para abrir el cajón superior. Es una mesa normal de oficina con un cajón superior cuya cerradura abre y cierra la columna de cajones de la derecha. Por lo visto, alguien había introducido una navaja en la cerradura y la había forzado hasta abrirla. Saber que alguien había estado allí hizo que la nuca se me pusiera como un cepillo.
Me aparté del escritorio, me levanté y giré con rapidez para revisar la casa. Comprobé la puerta de la calle, pero no había indicios de que nadie hubiera toqueteado el cerrojo de doble llave. Siempre cabía la posibilidad de que se hubiese hecho un duplicado, en cuyo caso tendría que cambiar la cerradura. Nunca me ha preocupado la seguridad y no lleno la casa de trampas que me garanticen la inviolabilidad domiciliaria: ni echo polvos de talco junto a la puerta, ni pego cabellos en las ranuras de las ventanas. Me fastidiaba tener que afrontar aquella intrusión, tener que tomar medidas para garantizar una seguridad que siempre había dado por sentada. Comprobé las ventanas y recorrí con tiento el perímetro de la estancia. Nada. Entré en el cuarto de baño e inspeccioné la ventana. Con un cortavidrios habían practicado una pequeña abertura cuadrada encima mismo del pestillo. Estaba claro que habían utilizado esparadrapo para impedir el ruido del vidrio al romperse o al caer. Aún había rastros de pegamento allí donde había estado el esparadrapo. La mampara de tela metálica estaba levantada por una esquina. Sin duda la habían doblado por allí y luego la habían enderezado. Habían hecho el trabajo con pericia, tanto que habrían podido transcurrir semanas sin que lo descubriera. El agujero era lo bastante grande para descorrer desde fuera el pestillo de la ventana y abrirla para entrar y salir. En dicha ventana hay una cortina y, con todo en su sitio, el agujerito del vidrio ni siquiera se veía.
Volví a la otra estancia e hice una inspección a fondo. Al parecer no faltaba nada. Presentía sin embargo que alguien había introducido una mano furtiva entre la ropa doblada de la cómoda y en los ficheros, dejándolo todo como estaba, pero ligeramente desordenado. Me reventó aquello. Me reventaron la astucia y el cuidado con que se había hecho todo, la satisfacción que el intruso había tenido que sentir al cumplir su cometido con eficacia. ¿Y con qué objeto? Que me maten si era capaz de echar nada en falta. Yo no tengo nada de valor y los ficheros no tienen mucha importancia. Casi todos los expedientes que guardaba en casa pertenecían a casos cerrados y en cuanto a las notas sobre Elaine Boldt, las tenía en el despacho. ¿Qué más obraba en mi poder que pudiera interesar a nadie?
Lo que por otra parte me torturaba era la sospecha de que pudiera ser obra de Pat Usher. Si aparte de ser una salvaje era capaz de conducirse con astucia y sigilo, era mucho más peligrosa de lo que había pensado. Llamé a una cerrajera y quedó en que pasaría más tarde a cambiar todas las cerraduras. El cristal de la ventana lo podía cambiar yo sola. Tomé un par de medidas de urgencia y salí a la calle. Por suerte, no me habían forzado la puerta del coche, aunque no me gustó la idea de que alguien quisiera hacer aquello también. Saqué la 32 de la guantera y me la guardé en los riñones, entre el pantalón y la camisa. Por el momento tendría que guardarla bajo llave en el archivador del despacho. Estaba relativamente convencida de que el despacho era un lugar seguro. Puesto que estoy en el primer piso y el balcón se ve desde los cuatro puntos cardinales, pensaba que nadie iba a arriesgarse a forzar aquella entrada. El edificio se cierra por la noche y la puerta del vestíbulo es un bloque sólido de roble de cinco centímetros de grosor, con una cerradura de doble llave que sólo podría abrirse con una sierra eléctrica. Sin embargo, seguía llena de aprensiones cuando dejé el coche en el parking de detrás y acabé subiendo de dos en dos los peldaños de la escalera trasera. No me tranquilicé hasta que abrí la puerta del despacho y comprobé que allí no había estado nadie.
Guardé la pistola y cogí el expediente de Elaine Boldt. Pasé a máquina más notas y actualicé todos los detalles. Por dentro me seguía sulfurando la idea de que en mi casa se hubiera colado un intruso. Habría tenido que avisar a la policía, pero no quería interrumpirme. Traté de concentrarme en lo más inmediato. Había muchas preguntas sin respuesta y ni siquiera sabía cuáles eran las decisivas en aquel momento. Por ejemplo: ¿por qué Pat Usher se había marchado tan bruscamente después de mi primer viaje a Boca? La intuición me decía que, una vez enterada de que yo buscaba a Elaine, no había tenido más remedio que renunciar a sus planes. Sospechaba que había venido a Santa Teresa y que había sido ella quien había entrado subrepticiamente en casa de Tillie para llevarse el fajo de facturas y recibos. Pero ¿con qué objeto? Las facturas no habían dejado de recibirse y si alguna información útil podía obtenerse analizándolas a fondo, sólo restaba esperar a que llegara la siguiente remesa. Pero también contaba con lo que Mike había visto la noche del asesinato de su tía. No sabía muy bien qué significado atribuirle, en el caso de que tuviera alguno. Entre el momento en que, según su versión, se había producido la muerte de Marty Grice y la hora en que su marido y su cuñada decían haber hablado con ella, había una diferencia de treinta minutos y éste era un dato que seguía sin aclararse. ¿Estaban Leonard y Lily confabulados? También estaba el pequeño detalle aportado por la vecina, May Snyder, que había oído martillazos en casa de los Grice aquella noche. Orris juraba que estaba sorda y que lo confundía todo, pero no estaba dispuesta a descartarla como testigo tan a la ligera.
Sonó el teléfono, di un respingo y cogí el auricular de manera automática. Era Jonah. Ni siquiera se molestó en identificarse. Sólo dijo: