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– ¿Podemos hablar? -dijo.

– Claro. Pasa. -Abrí el despacho y entré delante de ella-. ¿Qué tal te va? -dije, pensando que se trataba de una conversación de carácter social. Se echó detrás de la oreja un mechón de pelo rojizo mientras me miraba por las lentillas azules que le hacían los ojos más grandes y serios.

– Bueno, mira, es que tengo que decirte una cosa -dijo con algo de nerviosismo-. Se ha armado un lío impresionante por el asunto ese de Leonard Grice.

La miré estupefacta.

– No entiendo.

– Parece que Pam Sharkey le llamó después de que hablaras con ella. No sé qué le contaría, pero el hombre está que trina. Ha contratado a un abogado que ha dirigido una carta a La Fidelidad amenazándonos con llevarnos ante los tribunales para reclamarnos hasta la camisa. Hay millones en juego.

– Pero ¿por qué?

– Nos acusan de calumnia y difamación, de incumplimiento de contrato, de agresiones. Andy está que arde. Dice que no sabía que estuvieses tú por medio. Dice que nadie te autorizó a ir a casa del individuo a hacerle preguntas, ni La Fidelidad de California ni Cristo que la fundó. Etcétera, etcétera, etcétera. Ya sabes cómo se pone Andy cuando se cabrea. Quiere verte en seguida.

– Pero, ¿qué es todo esto? ¡Leonard Grice ni siquiera ha presentado la reclamación!

– Sigues sin enterarte. La presentó a primera hora del lunes y quiere el dinero ya. Y presentó la demanda encima. Andy está arreglando los papeles a toda velocidad y está que muerde. Le ha dicho a Mac que nos has metido en tal lío que lo mejor es cancelar el acuerdo que tenemos contigo. Los demás pensamos que es un cretino de mierda, pero de todos modos me ha parecido conveniente contarte lo que pasa.

– ¿A cuánto asciende la reclamación como tal?

– A veinticinco billetes por los daños ocasionados por el incendio. Es la cantidad que figura en el contrato de la casa y el individuo nos ha detallado las pérdidas hasta el último orinal. El seguro de vida no se ha discutido para nada. Parece que ya cobró algo por la muerte de su mujer, dos mil quinientos dólares, y se pagaron hace meses, según nuestros libros. Kinsey, ese tipo quiere la cabeza de la persona responsable, quiere tu cabeza. Andy está buscando a quién acusar para que Mac no lo acuse a él.

– Mierda -dije. No se me ocurría nada. Lo último que quería en aquel momento era que me echara la bronca Andy Montycka, el encargado de reclamaciones de La Fidelidad. Andy es un cuarentón conservador e inseguro, cuyas obsesiones más elementales consisten en morderse las uñas y pasar inadvertido.

– ¿Le digo que no estás? -preguntó.

– Sí, hazme ese favor, ¿quieres? Oigo lo que haya en el contestador automático y desaparezco -dije. Abrí el archivador, cogí el expediente de Elaine y me volví-. ¿Sabes? Esto es dinamita pura. Leonard Grice ha tenido seis meses para presentar una reclamación y no ha movido un dedo. Ahora, de pronto, entra a saco en la compañía de seguros para que le paguen. Me gustaría saber qué le ha estimulado.

– Oye, lo siento pero me voy, si no, vendrán a buscarme -dijo Vera-. Y, por favor, no te cruces hoy en el camino de Andy o te lo hará pagar caro.

Le di las gracias por avisarme y quedamos en llamarnos. Salió al pasillo y cerró a sus espaldas. Noté con algo de retraso que se me encendían las mejillas y el corazón se me ponía a cien. Una vez, en primera enseñanza, me mandaron al despacho de la directora por pasar chuletas en clase y aún no me he recuperado del miedo que pasé. Era culpable de lo que me acusaban, pero jamás me había metido en líos. ¡Si me hubierais visto! Una criatura apocada, de piernas huesudas, y con tanto miedo que me fui directa a casa deshecha en lágrimas. Mi tía me llevó de vuelta inmediatamente y se puso a vociferar contra todo el mundo mientras yo estaba en el patio, sentada en un banco de madera, pidiendo al cielo que me matara. Es difícil hacerse la adulta cuando una parte de mí sigue estancada en los seis años, totalmente sometida a la autoridad.

Una sola mirada al contestador automático me reveló que no había mensajes. Volví a cerrar con llave y bajé por la parte delantera para no tener que cruzar las puertas dobles de vidrio de La Fidelidad de California. Cogí el coche y volví al antiguo piso de Elaine. Quería ver a Tillie para contarle lo que pasaba. Giraba ya a la derecha para acceder a Vía Madrina cuando miré por el espejo retrovisor y vi que tenía a un motorista pegado al tubo de escape. Me hice a un lado para dejarle pasar y volví a mirar por el retrovisor. El tipo se puso a pitarme con insistencia. ¿Habría atropellado a su perro? Me acerqué a la acera y el motorista se detuvo detrás de mí, apagó el motor y de una patada puso en posición el caballete. Vestía una especie de uniforme negro de paraca, guantes y botas negros y se cubría con un casco negro de visera ahumada. Salí del coche y anduve hacia el individuo, que se desprendió del casco en aquel punto. Oh rábanos, era Mike. Habría tenido que figurármelo. El rosa de su cepillo craneal parecía descolorido y me pregunté con qué se lo retocaría, con tintes Rit, con azafrán o con caldo de remolacha. Estaba furioso.

– ¡Hostia, vengo tocándote el claxon desde hace rato! ¿Por qué no me has llamado? El lunes te dejé un aviso en el contestador -dijo.

– Lo siento. No me di cuenta de que eras tú. Además, creo que dijiste que volverías a llamarme.

– Bueno, lo he intentado, pero lo dejé estar porque siempre me respondía el contestador. ¿Dónde has estado?

– Fuera de la ciudad. Volví anoche mismo. ¿Por qué lo preguntas? ¿Ha ocurrido algo?

Se quitó los guantes y los metió en el casco, que sostenía con un brazo como si fuera un niño de teta.

– Creo que tío Leonard tiene una amiguita. Pensé que te gustaría saberlo.

– Vaya por Dios. ¿Cómo te has enterado?

– Bueno, yo estaba limpiando… o sea, estaba sacando la mercancía del cobertizo aquel, y entonces lo vi entrar en el edificio que hay al lado.

– ¿La comunidad de propietarios?

– Sí, bueno, eso creo. Vamos, el edificio ese de pisos grandes.

– ¿Cuándo fue?

– El domingo por la noche. Por eso te llamé el lunes por la mañana. Al principio no estaba seguro de que fuera él. Me pareció verle aparcar enfrente, pero estaba muy oscuro y no veía bien. Pensé que querría coger algo de la casa y metí la mercancía en el petate a toda velocidad. Joder, tía, no se me ocurría nada para explicar mi presencia allí. Al final me encerré en el cobertizo, cerré la puerta y lo espié por una ranura. En vez de acercarse a la casa, vi que entraba en el otro edificio.

– Ya. Pero ¿por qué crees que tiene una amiguita?

– Porque lo vi con ella. Como no tenía otra cosa que hacer, crucé la calle, me escondí en un árbol y esperé hasta que salieron. No estuvo en el edificio más que cinco o diez minutos, luego se apagaron las luces, las del primer piso a la izquierda. Salieron inmediatamente después, metieron no sé qué en el portaequipajes y subieron al coche.

– ¿La viste a ella?

– No muy bien. Era difícil verles desde donde estaba y además iban con prisa. Luego, cuando estuvieron dentro, empezaron a meterse mano. Casi la desnudó en el asiento delantero. Era bastante raro, quiero decir que no es normal ver cómo se magrea la gente a esa edad. Además, nunca me habría imaginado a mi tío haciendo esas cosas. Pensaba que no era más que un viejo carcamal al que ni siquiera se le levantaba. Vamos, que ni siquiera tenía paquete que pudiera ponerse gordo.

– Mike, tu tío tiene cincuenta y dos años, según creo. ¿Te importaría dejar en paz ese tema? ¿Qué aspecto tenía ella? ¿La habías visto antes?

Se llevó la mano a la barbilla.

– Estaba allí para verse con él. De eso me di cuenta. Llevaba el pelo echado hacia atrás y sujeto por una especie de pañuelo, bueno, como se llame. No la había visto en mi vida. Vamos, que no es que me dijese ah, sí, coño, es aquélla, ni nada parecido. Era eso, una tía y nada más.