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– Nicky, ¿qué quieres decir? -volvió a preguntar.

– Olvídalo -dijo, antes de ponerse en pie y estirarse, dando por concluido el asunto.

– ¡Tío Nick, tío Nick! ¿Me has visto meter el gol? -gritó Timmy mientras subía corriendo las gradas, con cuidado de no tropezar.

– Pues claro -mintió Nick.

Christine vio cómo el rostro entero de Nick se transformaba, se relajaba y sonreía mientras levantaba a su sobrino en brazos y lo abrazaba. Sabía que su hermanito ocultaba algo, y se proponía averiguar lo que era.

Dio otra vuelta al parque, más despacio en aquella ocasión. Por fin había terminado el partido. Aparcó en una plaza retirada de los demás coches, en un rincón del aparcamiento. Apagó las luces y permaneció sentado, observando, escuchando la música y deseando que los acordes de Vivaldi suavizaran y silenciaran las palpitaciones de las sienes.

Estaba ocurriéndole otra vez, y demasiado pronto. No podía detenerlo, no podía controlarlo. Y, peor aún, no quería hacerlo. Estaba tan cansado… Intentó recordar desde cuándo no dormía una noche entera y pasaba las horas nocturnas dando vueltas o vagando por las calles. Se restregó los ojos para disipar el agotamiento, pero se detuvo con brusquedad. Los dedos le temblaban de forma incontrolable.

– Señor, haz que pare -susurró, tirándose del pelo de las sienes. ¿Por qué no paraba? Las palpitaciones, el martilleo, le producían dolor de cabeza.

Contempló al grupo de niños con sus uniformes manchados de verdín. Estaban felices por la victoria, se daban palmaditas en la espalda, se pasaban el brazo por los hombros, se tocaban con despreocupación, con naturalidad. El soniquete de sus voces crecía a medida que se acercaban, ahogando a Vivaldi con sus cantos deportivos.

El recuerdo resurgió como una ola, paralizándolo e inmovilizándolo en el asiento de cuero rígido del coche. Tenía once años y su padrastro lo había obligado a unirse al equipo de alevines, negociando con el arbitro para que pasara fuera de casa los domingos por la mañana. Sabía que sólo lo hacía porque quería tirarse a su madre toda la mañana.

Los había sorprendido accidentalmente el sábado anterior, sólo porque se habían quedado sin leche. El recuerdo anegó su mente, poderoso a pesar de los años transcurridos. Tan nítido, tan vivido, que se aferró al volante para acorazarse contra él.

Estaba en el umbral del dormitorio de su madre, petrificado viendo su piel blanca y desnuda, y la cruz plateada meciéndose entre sus voluminosos senos, que se balanceaban hacia delante y hacia atrás. Se sostenía a cuatro patas mientras su padrastro la montaba como un perro en celo.

Fue su padrastro quien lo vio primero. Le gritó, jadeando y dando embestidas mientras su madre abría los ojos de par en par, horrorizada. Se escurrió de debajo de su marido, y se cayó dando tumbos de la cama al tiempo que se cubría con la sábana. Fue entonces cuando él se dio la vuelta para salir corriendo. Dio un traspié por el pasillo, tropezó y se cayó una única vez antes de entrar en su habitación. Justo cuando cerraba la puerta, su padrastro irrumpió en el cuarto.

Seguía desnudo. Era la primera vez que veía el pene erecto de un hombre, y era horrible: enorme, rígido, tieso, sobresaliendo a través del grueso vello negro. Su padrastro lo agarró del cuello y le apretó la cara contra la pared.

– ¿Te interesa mirar o quieres probar? -todavía podía oír su voz rasposa y jadeante en el oído.

Él permaneció inmóvil. No podía respirar. Su padrastro le apretaba el cuello con una mano mientras le rasgaba los pantalones del pijama con la otra. Su madre chillaba y aporreaba la puerta cerrada con llave. Entonces, lo notó. La intensa presión, el dolor tan agudo que creyó que le estallarían las entrañas. Se mantuvo callado e inmóvil, aunque quería chillar. La textura rugosa de la pared le arañaba la mejilla. Lo único que podía hacer era clavar la mirada en el crucifijo que colgaba cerca de su rostro, mientras esperaba a que su padrastro dejara de hundirse en su cuerpo de niño.

Oyó un claxon. Se sobresaltó y sujetó con más fuerza el volante. Tenía las palmas sudorosas, los dedos trémulos. Vio a los niños subiendo a los coches y a las furgonetas con sus padres. ¿Cuántos de ellos ocultaban secretos como los suyos? ¿Cuántos se tapaban los cardenales y cicatrices? ¿Cuántos esperaban algún tipo de alivio, de salvación de su desgracia? ¿De su tortura?

Entonces, vio al niño que se despedía de los demás con la mano y echaba a andar por la acera. Esperó a ver si alguien se unía a él aquella noche, o si regresaría solo a su casa como solía.

Empezaba a oscurecer. Algunas farolas se encendieron con un parpadeo. Escuchó el crujido de la grava bajo los neumáticos de los coches que salían del aparcamiento. Las luces lo cegaban cuando giraban para salir. Nadie se fijó en él, y los que lo reconocieron, sonrieron y saludaron, porque no tenía nada de extraño que asistiera a un partido de fútbol del barrio.

A media manzana de distancia, el niño seguía caminando solo, pasándose la pelota de fútbol de una mano a la otra. Parecía delgado y pequeño con su uniforme, muy vulnerable. Casi daba saltitos, como si no le importara que nadie hubiera ido a verlo jugar. Quizá se hubiera acostumbrado a su soledad.

El último coche salió del aparcamiento, y él silenció a Vivaldi en mitad del Otoño de Las cuatro estaciones. Sin mirar, sacó la ampolla de la guantera, la partió con dedos hábiles y dejó que humedeciera el brillante paño blanco. Lamentaba que fueran necesarias más precauciones, pero había sido imprudente con Danny. Sacó el pasamontañas negro y salió del coche, con cuidado de cerrar la puerta con suavidad. No tardó en percatarse de que ya no le temblaban las manos. Sí, por fin era otra vez dueño de sí mismo. Después, siguió andando por la acera sin hacer ruido.

Capítulo 4

Lunes, 27 de octubre

Maggie vertió el whisky del botellín en el vaso de plástico. Los cubitos de hielo se resquebrajaron y tintinearon. Tomó un sorbo, cerró los ojos y dio la bienvenida a la maravillosa quemazón de la garganta. Últimamente, la preocupaba haber adquirido el gusto de su madre por el alcohol o, peor aún, su adiccion al grato aturdimiento prometido por el líquido sagrado.

Se frotó los ojos y lanzó una mirada a la radio despertador barata que estaba en la mesilla, al otro lado de la habitación. Eran más de las dos de la madrugada y no podía dormir. La tenue luz de la lámpara de la mesa le producía dolor de cabeza. Debía de ser el whisky, pero tomó nota mentalmente de pedirle al recepcionista una luz más brillante.

La pequeña superficie estaba cubierta con las instantáneas que había sacado horas antes. Intentó colocarlas por orden cronológico: manos atadas, cuello estrangulado y cortado, puñaladas. Aquel chiflado era metódico. Se tomaba su tiempo. Acuchillaba, rajaba y levantaba la piel con terrible precisión. Hasta la equis dentada tenía una inclinación concreta, desde el omóplato hasta el ombligo.

Desperdigó los informes policiales y los recortes de periódico de otros dos archivos. Había detalles truculentos para provocar pesadillas durante toda una vida… salvo que era imposible tener pesadillas si no se dormía.

Levantó las piernas y se sentó de rodillas en la silla de madera en un intento de ponerse cómoda. Su camiseta de los Packers de Green Bay estaba deformada de tantos lavados. Apenas le cubría los muslos, pero seguía siendo el camisón más suave que tenía. Se había convertido en una especie de manta de protección que la hacía sentirse en casa estuviera donde estuviera. Se negaba a deshacerse de ella a pesar de las quejas constantes de Greg.

Volvió a mirar la hora. Debería haberlo telefoneado al regresar al hotel; ya era demasiado tarde. Quizá fuera lo mejor, los dos necesitaban tiempo para serenarse.

Hojeó los papeles desperdigados y estudió sus notas, detalles, pequeñas observaciones. Al final, uniría todas las piezas y crearía un perfil del asesino. Lo había hecho muchas veces. A veces, podía describir la estatura, el color del pelo y, en una ocasión, hasta el aftershave. Sin embargo, aquel caso era más difícil; en parte, porque el principal sospechoso ya había sido ejecutado. Además, siempre era difícil penetrar en la mente retorcida y repugnante de un homicida de niños.

Tomó la medalla y cadena de plata de la esquina de la mesa; se parecía a la que Danny Alverez había llevado puesta. Había sido un regalo del padre de Maggie en su primera comunión.

– Mientras la lleves puesta, Dios te protegerá de todo mal -le había dicho su padre. Aunque su propia medalla, idéntica, no lo había salvado a él. Maggie se preguntó si habría entrado aquella noche en el edificio en llamas creyendo que la cruz lo salvaría.

Hasta hacía cosa de un mes había llevado la medalla fielmente alrededor del cuello, quizá por costumbre o para recordar a su padre, más que por un sentido espiritual. Dejó de rezar el día que vio cómo dejaban caer el ataúd de su padre en la tierra dura y fría. A los doce años, ninguna de sus lecciones de catecismo podía explicar por qué Dios había tenido que llevarse a su padre.

De hecho, dejó a un lado el catolicismo hasta que entró a formar parte del laboratorio forense de Quantico, ocho años atrás. De pronto, aquellos dibujos grotescos de su catecismo en los que aparecían demonios con cuernos y relucientes ojos rojos cobraban sentido. El mal existía; lo había visto en los ojos de los asesinos; lo había visto en los ojos de Albert Stucky. Por irónico que pareciera, era ese mal lo que la había vuelto a acercar a Dios. Pero había sido Albert Stucky quien le había hecho preguntarse si Dios no habría tirado la toalla. La noche que vio a Stucky asesinar a dos mujeres, Maggie volvió a casa y se quitó la medalla. Aunque no tenía fuerzas para volvérsela a poner, seguía llevándola consigo.