Выбрать главу

Deslizó los dedos por la superficie lisa de metal y se imaginó lo que Danny Alverez había sentido. ¿Qué pensó cuando el chiflado le arrancó su última protección? Como el padre de Maggie, ¿había puesto su último aliento de fe en un estúpido objeto metálico?

Cerró con fuerza los dedos en torno a la medalla, levantó el brazo hacia atrás y estaba apunto de arrojar aquel absurdo amuleto a la otra punta de la habitación cuando un suave golpe de nudillos en la puerta la detuvo. La llamada era casi inaudible. Instintivamente, Maggie se puso en pie y desenfundó su revólver Smith amp; Wesson de calibre 38. Avanzó descalza hasta la puerta, sintiéndose vulnerable en camisón y en braguitas. Sostuvo el revólver con fuerza, esperando a que su poder anulara la sensación de vulnerabilidad. Por la mirilla vio al sheriff Morrelli, y la tensión abandonó sus hombros. Abrió la puerta, pero sólo lo justo para verlo.

– ¿Qué ocurre, sheriff?

– Lo siento, intenté llamar, pero el recepcionista lleva más de una hora al teléfono.

Parecía exhausto, con los ojos azules hinchados y enrojecidos, el pelo corto aplastado y la cara sin rasurar. Llevaba la camisa por encima de los vaqueros y los faldones asomaban por debajo de su chaqueta vaquera. Maggie advirtió que llevaba el cuello torcido y abierto, dejando al descubierto rizos de vello negro. Bajó la mirada de inmediato, irritada consigo misma por haber reparado en aquel último detalle.

– ¿Ocurre algo? -preguntó.

– Ha desaparecido otro niño -dijo Morrelli, y tragó saliva, como si le hubiera costado horrores pronunciar aquellas palabras.

– Imposible -dijo Maggie pero, en realidad, sabía que no lo era. Albert Stucky había raptado a su cuarta víctima apenas una hora después de que hubiesen descubierto a la tercera. Los pedazos de la hermosa estudiante rubia habían aparecido en cajas de comida para llevar arrojadas a un contenedor situado detrás del restaurante en el que Stucky había almorzado horas antes.

– Tengo a hombres interrogando a vecinos, recorriendo callejones, parques, campos -se pasó la mano por su rostro agotado y se rascó la mandíbula. Tenía los ojos de un color azul deslavazado-. El pequeño regresaba a casa después de un partido de fútbol. Estaba a cinco manzanas de distancia -lanzó una mirada al pasillo, eludiendo los ojos de Maggie mientras fingía asegurarse de que no había nadie escuchándolos.

– Será mejor que pase.

Maggie le abrió la puerta de par en par. Morrelli vaciló, después avanzó despacio, permaneciendo en la entrada mientras paseaba la mirada por la habitación. Se volvió hacia ella, y bajó la mirada a sus piernas. Maggie había olvidado que estaba en camisón. Morrelli levantó rápidamente la vista, la miró a los ojos y volvió la cabeza. Estaba avergonzado. El encantador y seductor Morrelli estaba avergonzado.

– Lo siento. ¿La he despertado? -otra mirada y, en aquella ocasión, cuando elevó la vista a sus ojos, fue ella quien se sonrojó. Con la mayor indiferencia posible, pasó a su lado de camino a la cómoda.

– No, todavía no me había acostado.

Volvió a guardar el revólver en la funda, abrió uno de los cajones y buscó unos vaqueros. Los sacó mientras veía a Morrelli dar vueltas por el pequeño espacio entre la cama y la mesa.

– ¿Le he dicho que intenté llamar?

Maggie alzó la vista al espejo y lo sorprendió observándola. Volvieron a mirarse a los ojos, en aquella ocasión, a través del espejo.

– Sí, ya lo ha dicho. No se preocupe -contestó, mientras forcejeaba con la cremallera-. Estaba repasando mis notas.

– Yo estaba en ese partido -dijo en voz baja, suave.

– ¿Qué partido?

– El de fútbol, en el que el chico había jugado antes de desaparecer. Mi sobrino es del mismo equipo. Dios, es posible que Timmy lo conozca -siguió dando vueltas por la habitación, haciendo que el espacio pareciera aún más pequeño con sus zancadas.

– ¿Está seguro de que el niño no se fue a casa de un amigo?

– Hemos telefoneado a otros padres. Sus amigos recuerdan haberlo visto alejarse por la acera hacia su casa. Y encontramos su pelota. Tiene el autógrafo de un famoso jugador de fútbol; su madre afirma que es una de sus posesiones más valiosas. No la habría dejado así, sin más.

Morrelli se frotó la cara con la manga. Maggie reconocía el pánico de su mirada; no estaba preparado para afrontar una situación de aquella gravedad. Se preguntó qué experiencia tendría en control de crisis. Suspiró y se pasó los dedos por el pelo alborotado, sabiendo que tendría que mantenerlo centrado.

– Sheriff, será mejor que se siente.

– Bob Weston sugirió que hiciera una lista de pederastas y autores de delitos sexuales. ¿Empiezo a llevarlos a la oficina para interrogarlos? ¿Puede darme una idea de a quién debería estar buscando? -en uno de sus paseos, lanzó una mirada a los papeles que estaban extendidos sobre la mesa.

– Sheriff Morrelli, ¿por qué no se sienta?

– No, estoy bien.

– Insisto -lo agarró de los hombros y lo empujó con suavidad a una silla que estaba detrás del escritorio. Dio la impresión de querer levantarse otra vez, pero se lo pensó mejor y estiró las piernas.

– ¿Tenía algún sospechoso cuando secuestraron al pequeño Alverez? -preguntó Maggie.

– Sólo uno: su padre. Laura Alverez y su marido estaban divorciados, y a éste le negaron la custodia y los derechos de visita por su adicción a la bebida y su afición a la violencia. No llegamos a localizarlo. Ni siquiera las fuerzas aéreas lo han conseguido. Era comandante de la base, pero desapareció hace dos meses. Huyó con una joven de dieciséis años que conoció por Internet.

Maggie se sorprendió dando vueltas mientras escuchaba. Quizá hubiera sido un error hacerlo sentarse. Ser objeto de toda su atención desmantelaba sus procesos mentales. Se frotó los ojos, consciente de lo cansada que estaba. ¿Cuánto tiempo podía subsistir una persona sin dormir lo suficiente?

– Pero ¿qué relación puede existir entre el padre de Danny y Matthew Tanner? -preguntó Morrelli-. Dudo que los niños se conocieran entre ellos.

– Puede que no exista ninguna relación.

– Entonces, dígame por dónde debo empezar. ¿Ha tenido tiempo de deducir algo sobre el asesino?

Maggie rodeó la mesa y se quedó mirando el montaje de fotos, notas e informes.

– Es meticuloso, dueño de sí. Se toma su tiempo, no sólo con el asesinato sino limpiando a la víctima. Aunque la limpieza no es para ocultar pruebas… es parte del ritual. Creo que puede haberlo hecho antes -hojeó las notas-. No es ni joven ni inmaduro -prosiguió-. Ató a la víctima antes de matarla, así que tiene que ser lo bastante fuerte para cargar con un niño de entre treinta y treinta y cinco kilos durante trescientos o quinientos metros. Sospecho que ronda los cuarenta, mide alrededor de metro ochenta y pesa unos noventa kilos. Es blanco. Es culto e inteligente.

En algún momento de la descripción, Morrelli se irguió en la silla, repentinamente alerta e interesado en el barullo por el que ella se abría paso. Maggie prosiguió.

– En el hospital, después de examinar al pequeño Alverez, ¿recuerda que le dije que podían haberle dado la extremaunción? Eso significaría que el asesino es católico; puede que no practique, pero el sentimiento católico de culpa sigue siendo fuerte. Lo bastante para que lo moleste una me- dalla con forma de cruz y arrancarla. Le da la extremaunción, tal vez para expiar su pecado. Debería mirar si este chico, Matthew Tanner -dijo, y miró a Morrelli para comprobar si había memorizado bien el nombre; cuando éste asintió, prosiguió-, pertenecía a la misma iglesia que el pequeño Alverez.

– De primeras diría que no es probable -repuso Nick-. Danny iba al colegio y a la iglesia que están en las afueras, junto a la base. La casa de los Tanner se encuentra a sólo unas manzanas de Santa Margarita, a no ser que los Tanner no sean católicos.

– Existe la posibilidad de que el asesino ni siquiera conozca a los niños -Maggie empezó a dar vueltas otra vez-. Podría ser que sólo busque víctimas sencillas, niños que andan solos, sin nadie alrededor. Sigo pensando que podría estar relacionado con una iglesia católica y, posiblemente, en esta zona. Por extraño que parezca, estos tipos no suelen alejarse mucho de su territorio.

– Parece un auténtico chiflado. Ha dicho que podría haberlo hecho antes. ¿Es posible que tengamos su historial? ¿Por malos tratos a menores o acoso sexual? ¿Incluso por apalear a un amante gay?

– ¿Da por hecho que es gay o pederasta?

– Un adulto que hace estas cosas a niños pequeños… ¿No es una suposición segura?

– En absoluto. Podría temer serlo, o quizá tenga tendencias homosexuales, pero no, no creo que sea gay, ni que sea pederasta.

– ¿Y puede deducir todo eso de las pruebas que hemos encontrado?