Después de pasar horas sentado en el jardín de atrás, viendo montar en trineo a los demás niños, había vuelto a la casa y había encontrado la puerta cerrada con llave. A través de la delgada madera y frágil cristal, podía oír los chillidos y gemidos de su madre, dolor y placer indivisibles. ¿Por qué tenía que doler el sexo? No se imaginaba llegando a disfrutar de aquel dolor. Y recordó haberse avergonzado del alivio que había sentido. Sabía que, mientras su padrastro pudiera hundirse en su madre, no se hundiría en su pequeño cuerpo.
Fue mientras esperaba en aquel frío amargo y blanco cuando tramó un plan tan sencillo que sólo requeriría un ovillo de cuerda. A la mañana siguiente, cuando su padrastro se refugiara en su taller del sótano, saldría en una camilla. Ni él ni su madre tendrían que sentir vergüenza o miedo nunca más. ¿Cómo iba a imaginar que sería su madre la primera en bajar al sótano aquella mañana? La mañana en que su vida terminó, cuando aquel horrible niño perverso puso fin a la vida de su madre.
De pronto, notó a alguien por encima de él, respirando y olisqueando. Alzó la vista despacio y vio a un perro negro a escasos centímetros de su cara. El perro le enseñó los dientes y emitió un lento gruñido. Sin previo aviso, sus manos salieron disparadas hacia el cuello del animal y el gruñido se redujo a un suave gemido, a un gorgoteo ahogado y, después, silencio. Contempló a los niños que corrían y saltaban abrigados con gruesas parkas. Por fin, recogieron sus trineos y se despidieron. Uno de ellos llamó al perro varias veces, pero no tardó en desistir para alcanzar a sus amigos. Se separaron y se alejaron en direcciones opuestas, tres por un lado, dos por otro, mientras que un tercero atravesaba solo el aparcamiento de la iglesia.
El cielo había pasado del gris tenue al gris pizarra, y las farolas fueron parpadeando una a una hasta encenderse. Un reactor pasó con gran estruendo sobre el pueblo nevado y silencioso. No había ni un solo vehículo ni peatón cuando subió a su coche. Se puso el pasamontañas a pesar del sudor que se condensaba en su frente y en el bigote. En el asiento contiguo, extendió un pañuelo limpio con meticulosidad, como si ya formara parte de la ceremonia. Se sacó una ampolla del bolsillo de la chaqueta, rompió el extremo y empapó el hilo blanco. Después, mantuvo los faros apagados y el motor suave mientras seguía despacio al niño que arrastraba el trineo naranja fosforito.
La oficina del sheriff sólo contaba con cinco coches patrulla completamente equipados, y había cuatro aparcados delante del edificio del juzgado cuando Nick regresó a la oficina. Al momento, la furia hirvió en su estómago. ¿Qué tenía que hacer para que sus hombres lo escucharan, para que se tomaran en serio sus órdenes? Y, sin embargo, sabía que la culpa era de él.
Había tratado aquel cargo de sheriff con la misma falta de consideración e inconsciencia que habían regido el resto de su vida, limitándose a cumplir las exigencias mínimas y no tomándose nada demasiado a pecho. Eso era antes. Antes de haber caído sobre la sangre de Danny Alverez. Ya no podía evitar preguntarse si un sheriff de verdad habría podido salvar a Matthew Tanner. Pero Platte City tenía a un quarterback universitario faldero, licenciado en Derecho, sin ninguna experiencia y sólo el apellido y la reputación de su padre que lo avalaran.
Lástima que hubiera hecho falta un puñetazo en la mandíbula para meterle un poco de sentido común en la cabeza. Y como Maggie se iba, le tocaba a él asumir todo el control. ¡Ojalá supiera cómo diablos se hacía eso!
Entró en el edificio y, al instante, deseó salir corriendo. En el enorme vestíbulo de mármol resonaba el parloteo de los periodistas, y metros y metros de cables serpenteaban por el suelo. Cegándolo con unas luces brillantes y poniéndole una docena de micrófonos en la cara, lo acosaron a preguntas.
Darcy McManus, una ex reina de la belleza convertida en presentadora de televisión, había levantado una barricada en la escalera con su figura alta y esbelta. Costaba trabajo pasar por alto las piernas largas que exhibía con las minifaldas que hacía pasar como parte del traje. Le ofreció un hueco a su lado delante de la cámara de Canal Cinco. Nick se abrió paso hacia la escalera pero mantuvo las distancias; antes, habría coqueteado con ella y habría sacado provecho de la atención. Quizá, hasta le habría pedido el número de teléfono. En aquellos momentos, lo único que quería hacer era pasar de largo y escapar a su despacho.
– Sheriff, ¿tiene ya a algún sospechoso? -parecía mayor al natural que en la tele. De cerca, veía la capa de maquillaje que escondía las arrugas del contorno de ojos y labios.
– No tengo ningún comentario que hacer por ahora.
– ¿Es cierto que Matthew Tanner fue decapitado? -preguntó un hombre con un lujoso traje de chaqueta cruzada.
– Dios, ¿dónde diablos ha oído eso?
– Entonces, ¿es cierto?
– No. Por supuesto que no.
Otros periodistas se acercaron, cerrándole el paso. Nick siguió avanzando a codazos.
– Sheriff, ¿que me dice del rumor de que ha ordenado la exhumación del cadáver de Ronald Jeffreys? ¿Cree que Jef- freys no fue el reo ejecutado?
– ¿Abusaron sexualmente del niño?
– ¿Ha encontrado ya la camioneta azul?
– Sheriff Morrelli, ¿puede decirnos si este niño fue asesinado del mismo modo? ¿Nos enfrentamos a un asesino en serie?
– ¿En qué estado estaba el cuerpo de Matthew?
– ¡Basta! -gritó Nick, y elevó las manos para repeler las preguntas. Los buitres dejaron de moverse, de empujar, y aguardaron en silencio. La repentina quietud lo desarmó. Miró a su alrededor y retrocedió hacia el primer peldaño de la escalera. Un reguero de sudor le recorrió la espalda. Se pasó los dedos por el pelo y advirtió que le temblaban las manos. Estaba acostumbrado a recibir muestras de apoyo, no críticas ni escepticismo.
¿Qué diablos debía decirles? La última vez, Maggie lo había sacado del apuro. En su ausencia, se sentía desnudo y vulnerable, y detestaba la sensación. Se aferró a la barandilla para mantener el equilibrio y se irguió junto a McManus. Ella se mostró complacida y empezó a alisarse el pelo y la ropa, preparándose para la cámara. Nick no le hizo caso y miró hacia la masa de periodistas, que tenían sus ojos clavados en él, y los lápices, blocs y magnetófonos preparados. Su instinto le decía que diera media vuelta, subiera las escaleras de tres en tres y se refugiara en su despacho. A fin de cuentas, no les debía una explicación. Nada de aquello lo ayudaría a atrapar al asesino. ¿O sí?
– Saben que no puedo revelar detalles concretos sobre los cuerpos de las víctimas. Pero, por el amor de Dios, y por respeto a la señora Tanner, Matthew no fue, repito, no fue decapitado. Eso no quiere decir que el homicida no sea un retorcido hijo de perra.
– Entonces, ¿se trata de un asesino en serie, sheriff? La gente tiene derecho a saber si deben encerrar a sus hijos.
– Las primeras impresiones indican que Matthew ha muerto a manos de la misma persona que mató a Danny Alverez.
– ¿Algún sospechoso?
– ¿Es cierto que no tiene ninguna pista?
Nick retrocedió un peldaño más; no tenía nada con que satisfacerles; la masa de periodistas y los focos cegadores lo asfixiaban y mareaban. Se bajó la cremallera de la chaqueta y tiró de la corbata para aflojar la presión asfixiante.
– Tenemos a un par de sospechosos, pero no estoy autorizado a decir sus nombres. Todavía no -se dio la vuelta y una oleada de preguntas lo asaltó por la espalda mientras empezaba a subir los peldaños.
– ¿Cuándo podrá decírnoslo?
– ¿Son hombres de Platte City?
– ¿Será su padre quien dirija ahora la investigación?
– ¿Ha encontrado la camioneta azul?
Nick giró en redondo, casi perdiendo el equilibrio.
– ¿Qué pasa con mi padre?
Todo el mundo clavó la mirada en el hombre de la chaqueta cruzada. Nick reparó en el pelo lustroso y bien peinado, en la barba perfectamente cortada con sólo un ápice de gris. Los caros zapatos de cuero delataban su condición de forastero… los zapatos y la manera en que ladeaba la cabeza con la impaciencia de un hombre que tenía mejores cosas que hacer que repetir su pregunta a un sheriff pueblerino. Nick quería agarrarlo del cuello de la camisa con monograma. En cambio, esperó, balanceándose sobre unas botas embadurnadas de nieve que estaban creando charcos y amenazando con lanzarlo escaleras abajo.
– ¿Se puede saber por qué iba a dirigir mi padre esta investigación?
– Atrapó a Ronald Jeffreys -dijo Darcy McManus a la cámara de Canal Cinco, y sólo entonces advirtió Nick que habían estado grabando todo aquel desastre. Eludió mirar a la cámara y se quedó contemplando al periodista, a la espera de oír su respuesta.
– Cuando su padre habló antes con nosotros, dio la impresión de…
– ¿Es que está aquí? -barbotó Nick, y lo lamentó de inmediato. De nuevo dejaba entrever su incompetencia.
– Sí, y habló como si hubiera vuelto para ayudar en la investigación. Creo que sus palabras exactas fueron -el hombre hojeó sus notas con lentitud deliberada-: «Ya lo he hecho antes. Sé lo que hay que buscar. A este viejo sabueso no se le escapará este tipo». No sé mucho de sabuesos, pero interpreté sus palabras como que había venido en calidad de profesional.