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Al empujar las ramas, la madera crujía y se quebraba en el sombrío silencio. ¿Lo estarían siguiendo? ¿Los tendría cerca? No se atrevía a mirar atrás. De pronto, resbaló en el barro, perdió el equilibrio y se deslizó hasta la orilla del río. Aterrizó de pie en la corriente, con el agua hasta la rodilla, y agitó brazos y piernas, presa del pánico, con chapoteos que resonaban como truenos. Cayó de rodillas y sumergió su cuerpo empapado en sudor, manteniendo la barbilla fuera del agua. La corriente arremetía contra él, lo sacudía, amenazaba con arrastrarlo al lugar del que acababa de escapar.

El agua fría cortaba las convulsiones. Con que pudiera respirar… Los jadeos le abrasaban el pecho y eran como puñaladas en el costado. «Respira», se ordenó mientras sus pulmones luchaban por tomar aire. Hipó y tragó agua del río, se atragantó y escupió.

Ya no veía los faros; debía de haberse alejado bastante. Aguzó el oído, tratando de oír más allá de sus propios jadeos.

No se oían pisadas de perseguidores, ni sabuesos ladrando, ni motores en marcha. El tipo de la linterna había estado a punto de descubrirlo… ¿Sería posible que no lo hubiera visto agazapado en la hierba? Sí, estaba seguro de que nadie lo había seguido.

No debería haber bajado al río aquella noche. Se había convertido en una costumbre absurda, en un gran riesgo… pero también era una maravillosa adicción, un estimulante espiritual. La vergüenza lo invadió, líquida y candente a pesar del agua fría. No, no debería haber bajado al río. Pero nadie lo había visto, nadie lo había seguido. Estaba a salvo. Y, por fin, el pequeño también lo estaba.

Se le había quedado impregnada la pestilencia. Nick quería quitarse la ropa, pero su piel ya había absorbido el olor fétido del río y de la sangre. Se despojó de la camisa y dio las gracias a Bob Weston por el cortavientos del FBI, aunque las mangas le quedaban quince centímetros por encima de las muñecas, y la prenda le oprimía el pecho. Sabía que apestaba, y sus sospechas se confirmaron cuando vio a Eddie Gillick, uno de sus ayudantes, abrirse camino a codazos entre la masa de agentes del FBI, policías uniformados y demás ayudantes del sheriff sólo para pasarle una toalla húmeda.

Parecía una escena de Halloween. Había focos giratorios de búsqueda en las ramas, cinta amarilla aislando la zona, humo de bengalas mezclándose con el hedor de la muerte. Y en el centro de aquella escena macabra yacía el pequeño fantasma de un niño, dormido en la hierba.

En los dos años que llevaba como sheriff, Nick Morrelli había extraído a tres víctimas de accidentes de sus coches, pero la adrenalina había borrado la imagen del amasijo de hierros y carne. Había visto una herida de bala, un arañazo accidental de un hombre que había estado limpiando su pistola entre trago y trago de whisky. Había intervenido en muchas peleas, y había recibido su ración de cortes y magulladuras. Sin embargo, nada lo había preparado para aquello.

– Han venido los del Canal Nueve -Gillick señaló el par de faros que descendía a trompicones por el camino. El nueve naranja fosforescente adornaba el techo de la furgoneta y brillaba en la oscuridad.

– Mierda. ¿Cómo se han enterado?

– Por el aviso policial. Seguramente, no saben lo que pasa, sólo que pasa algo.

– Diles a Lloyd y a Adam que los mantengan lo más lejos posible de esa hilera de árboles. Nada de cámaras, ni de entrevistas, ni de vistazos rápidos. Y eso va por todos los chismosos que se presenten.

Era lo último que necesitaba: aparecer en el periódico de la mañana con aquella chaqueta de payaso y los vaqueros embarrados, haciendo patente su incompetencia ante todo el estado de Nebraska.

– Estupendo, más huellas de neumáticos -les dijo Weston a los especialistas que estaban trabajando de rodillas en el barro, pero miró a Nick para que supiera que el comentario iba dirigido a él.

Nick se sonrojó, pero se tragó la réplica y se alejó. Era un secreto a voces que Weston lo consideraba un sheriff patán y pueblerino. Andaban a la greña desde que Danny Alverez se había esfumado, dejando una bicicleta nueva y un fajo de periódicos sin repartir. Nick había querido rastrear parques y praderas, pero Weston había insistido en esperar a recibir una petición de rescate que no había llegado. Nick había cedido a los veinticinco años de experiencia de Weston en el FBI en lugar de guiarse por su instinto.

¿Por qué no se había tragado las sospechas de Weston de que había sido el padre del chico quien se lo había llevado? Un padre que estaba rabioso con su ex mujer por mantenerlo alejado de su único hijo. Diablos, los periódicos estaban repletos de casos similares. Como no lograban localizar al comandante Alverez, les pareció aún más coherente. Entonces, ¿por qué no escuchar al agente especial Bob Weston, a pesar de la antipatía irracional que despertaba en él?

Desde el principio, a Nick lo había molestado la arrogancia de Weston. Con su metro sesenta y cinco de estatura, le recordaba a un pequeño Napoleón que utilizaba siempre su sarcasmo para compensar su escasa corpulencia. Nick le sacaba más de quince centímetros de estatura y su cuerpo de atleta no tenía ni punto de comparación con el del famélico agente. Sin embargo, aquella noche, todo lo que Weston decía lo hacía sentirse insignificante. Sabía que había metido la pata hasta el fondo: había contaminado el lugar del crimen, no había aislado un área suficientemente amplia y había llamado a demasiados agentes. Así que se merecía las humillaciones de Weston. Quizá hasta le hubiera prestado aquella chaqueta enana a propósito.

Nick vio a George Tillie abriéndose camino entre el gentío, y se alegró de ver aquel rostro familiar. Tenía aspecto de acabar de levantarse de la cama. Llevaba una chaqueta deportiva arrugada y mal abrochada sobre una camisa de dormir rosa. Tenía los cabellos grises aplastados a un lado de la cara, profundas arrugas en el rostro y barba gris de un día. Apretaba su pequeño maletín blanco contra el pecho mientras chapoteaba por el barro con sus pantuflas de felpa. Si Nick no se equivocaba, las pantuflas tenían orejas y hocico de perro. Sonriendo, se preguntó cómo lo habrían dejado pasar los centinelas del FBI.

– ¡George! -lo llamó, y a punto estuvo de reír por la ironía cuando lo vio enarcar las cejas al reparar en el ridículo cortavientos-. El niño está allí -agarró a George del codo y dejó que el viejo forense se apoyara en él mientras se abrían paso entre el lodo y el gentío.

Un agente sacó una última instantánea de la escena y se apartó. George se quedó helado nada más ver al pequeño. Se enderezó y palideció.

– Dios mío… Otra vez, no.

A kilómetro y medio de distancia, el pasto estaba iluminado como un estadio de fútbol para un partido. Christine pisó a fondo el acelerador y maniobró por la carretera de grava.

No había duda de que había ocurrido algo gordo. Sintió el hormigueo de expectación en el estómago; el corazón le latía con fuerza. Hasta tenía sudorosas las manos.

El aviso policial proporcionaba muy poca información: «Agente solicita ayuda y respaldo inmediatos».

Podía significar cualquier cosa. Al deslizarse por la cañada, su expectación creció. Desperdigados en diversos ángulos sobre el barro había vehículos de rescate, dos furgonetas de televisión, cinco coches patrulla del shcriff y un ejército de vehículos oficiales de distinta índole. Vio a tres ayudantes del sheriff acordonando el lugar, que estaba aislado con la cinta amarilla distintiva de delito grave. Aquello era serio; no podía tratarse únicamente de adolescentes borrachos.

Entonces, se acordó del secuestro: el repartidor de periódicos cuyo rostro había aparecido en casi todos los programas de noticias y en la prensa desde el lunes. ¿Habrían pagado el rescate del niño? Quizá lo estuvieran liberando.

Tomó su bloc de notas, saltó del coche, advirtió que este seguía resbalando por el barro y volvió a sentarse detrás del volante.

– No seas boba, Christine -se regañó, y echó el freno de mano-. Manten la calma. Mantente serena.

El barro se tragó sus zapatos bajos de cuero, negándose a devolvérselos. Christine se descalzó, arrojó los zapatos a la parte trasera del coche y, con los pies envueltos únicamente en las medias, se abrió camino hacia el grupito de periodistas.

Los ayudantes del sheriff permanecían erguidos e implacables a pesar de las preguntas que les lanzaban. Por detrás de los árboles, los focos iluminaban una zona próxima al río. La hierba alta y la masa de cuerpos uniformados impedían ver lo que ocurría en la orilla.

El Canal Cinco había enviado a una de sus presentadoras de la noche. Darcy McManus estaba impecable y lista para la cámara, con su traje rojo bien planchado y sin un solo cabello negro y sedoso fuera de lugar. Sí, hasta llevaba zapatos. Sin embargo, era demasiado tarde para dar la noticia en directo, y la cámara permanecía apagada.

Christine reconoció al ayudante Eddie Gillick, uno de los tres que constituían el control policial. Se acercó despacio, asegurándose de que la veía, consciente de que un movimiento en falso podría ser su perdición.

– ¿Ayudante Gillick? Hola, soy Christine Hamilton. ¿Se acuerda de mí?

Se la quedó mirando como un soldado de juguete reacio a ceder a ninguna distracción. Después, su mirada se suavizó, y una sonrisa se insinuó en sus labios antes de que controlara el impulso.