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– Tengo entendido que esta mañana está aquí no como reportera, sino como madre preocupada. ¿Es así, Christine?

McManus la intrigaba. ¿Cómo podía simular una preocupación tan convincente en un abrir y cerrar de ojos? Aunque parecía mirar a Christine con sincera preocupación, en realidad, tenía los ojos puestos detrás de ella, justo por encima de su hombro, en el TelePrompTer. De pronto, advirtió que McManus estaba esperando una respuesta, y que la impaciencia empezaba a revelarse en sus labios fruncidos.

– Creemos que mi hijo, Timmy, puede haber sido raptado ayer por la tarde -a pesar de todas las distracciones, le tembló el labio, y reprimió el impulso de mordérselo para frenar el temblor.

– Eso es terrible -McManus se inclinó hacia delante y dio una palmadita a las manos entrelazadas de Christine, falló en la tercera palmada y le tocó la rodilla. McManus retiró la mano rápidamente, y Christine sintió deseos de volverse para ver si el TelePrompTer incluía gestos-. ¿Y las autoridades creen que podría ser el mismo hombre que mató brutalmente a Danny Alverez y a Matthew Tanner?

– No lo sabemos con certeza pero sí, hay muchas posibilidades de que así sea.

– Está divorciada y cría a su hijo Timmy usted sola, ¿verdad, Christine?

La pregunta la sorprendió.

– Sí, así es.

– Laura Alverez y Michelle Tanner también eran madres separadas, ¿no es cierto?

– Sí, creo que sí.

– ¿Cree que el asesino podría estar queriendo transmitir algo al escoger a niños que están siendo educados por sus madres?

Christine vaciló.

– No lo sé.

– ¿Está su marido implicado en la educación de Timmy?

– No mucho, no -Christine restringió la impaciencia a las manos que retorcía en el regazo.

– ¿No es cierto que Timmy y usted no han visto a su marido desde que la dejó por otra mujer?

– No me dejó, nos divorciamos -la impaciencia rayaba en enojo. ¿De qué iba a servir aquello para encontrar a Timmy?

– ¿Es posible que su marido se haya llevado a Timmy?

– Lo dudo.

– Lo duda, pero existe una posibilidad, ¿verdad?

– No es probable -las luces parecían aún más brillantes, abrasadoras. Sintió un reguero de sudor por la espalda.

– ¿Se ha puesto la oficina del sheriff en contacto con su ex marido?

– Nos pondríamos en contacto con él si supiéramos cómo o dónde… Oiga, ¿no cree que preferiría creer que Timmy está con su padre que con un loco que descuartiza a niños pequeños?

– Está alterada. Quizá debamos hacer una pausa -McManus se inclinó otra vez hacia delante, con la frente arrugada de preocupación, pero en aquella ocasión alargó las manos para servir un vaso de agua-. Todos comprendemos lo difícil que debe de ser esto para usted, Christine -le pasó el vaso.

– No, no lo entienden -Christine hizo caso omiso del agua, y McManus se azoró.

– ¿Perdone?

– Es imposible que lo entienda. Ni siquiera yo lo entendía. Sólo pensaba en la noticia, como usted.

McManus miró alrededor para buscar al director del plató, tratando de parecer natural mientras la frustración empañaba su fachada serena.

– Estoy segura de que está sometida a mucha presión, Christine. Y hablar de esto también debe de ser estresante. Hagamos una pausa para la publicidad y así podrá tranquilizarse.

McManus mantuvo la sonrisa hasta que las luces de la cámara perdieron fuerza y el director del plató hizo una seña. Entonces, la furia estalló en su rostro con un ceño que creó nuevas arrugas en su maquillaje. Pero la furia iba dirigida al hombre alto y calvo, y no a Christine. De hecho, Christine volvió a hacerse invisible.

– ¿Qué diablos queréis conseguir con esto? Necesito algo con lo que pueda trabajar.

– ¿Tengo tiempo para ir al servicio? -preguntó Christine al director del plató, y éste asintió. Se soltó el micrófono y lo dejó junto al vaso de agua que había rechazado. McManus la miró y forzó una breve sonrisa.

– No tardes mucho, cielo. Esto no es como tu periódico; no podemos parar la rotativa. Esto es el directo -tomó el vaso de agua y bebió en pequeños sorbos para no estropearse el pintalabios.

Christine se preguntó si McManus sabría cómo se llamaba Timmy sin la ayuda del TelePrompTer. A la cotizada presentadora le importaban un comino Timmy, Danny y Matthew. Santo Dios, ¡qué cerca había estado de convertirse en una Darcy McManus!

Christine se dirigió a la parte de atrás del plató, con cuidado de no tropezar con los cables. En cuanto se apartó de los focos, su cuerpo sintió una brisa de aire fresco. Podía respirar otra vez. Siguió caminando por el estrecho pasillo, esquivando a los ayudantes de plató y pasando delante de los servicios, de los vestuarios hasta atravesar, por fin, la puerta gris metálica marcada con el letrero de Salida.

– ¿Estoy detenido? -quiso saber Ray Howard mientras movía nerviosamente los dedos en la silla de respaldo alto.

Maggie se lo quedó mirando. Los ojos sobresalían sobre su tez pastosa; eran unos ojos insípidos, de un color gris deslavazado y con pequeñas venas rojas que ponían en evidencia su agotamiento. Ella se frotó la nuca para disipar su propio cansancio. Intentó recordar cuándo había dormido por última vez.

La pequeña sala de conferencias zumbaba con el goteo del café recién hecho, que llenaba la habitación con su aroma. Un chorro de sol naranja se filtraba por las persianas venecianas. Nick y ella llevaban allí horas, haciendo las mismas preguntas y obteniendo las mismas respuestas. Aunque había insistido en interrogar a Howard, seguía sin creer que fuera el asesino. Nada había cambiado, pero confiaba en que supiera algo, cualquier cosa, y cediera a la presión. Nick, sin embargo, persistía, convencido de que Howard era su hombre.

– No, Ray. No estás detenido -contestó Nick por fin.

– Sólo pueden retenerme aquí durante cierto número de horas.

– ¿Y cómo sabes eso, Ray?

– Eh, veo Homicidio y Policías de Nueva York. Conozco mis derechos. Y tengo un amigo que es poli.

– ¿En serio? ¿Tienes un amigo?

– Nick -lo previno Maggie.

Nick puso los ojos en blanco y se remangó la camisa. Maggie vio que tenía los puños cerrados y que su impaciencia bullía a flor de piel.

– Ray, ¿te apetece un poco de café recién hecho? -preguntó Maggie con vacilación. El conserje bien vestido vaciló; después, asintió.

– Con leche y dos cucharaditas de azúcar. Leche fresca. Si tiene. Y prefiero no usar azucarillos.

– ¿Qué tal algo de comer? Sé que no ha almorzado, y ya casi es la hora de cenar. Nick, podríamos pedir algo de Wanda's.

Nick frunció el ceño, pero Howard se enderezó, encantado.

– Me encantan los filetes de pollo frito de Wanda's.

– Estupendo. Nick, ¿podrías encargar un filete de pollo frito para el señor Howard?

– Con puré de patatas y salsa de carne, no de pimienta. Y me gusta el aderezo italiano para la ensalada. Pero sin mezclar.

– ¿Algo más? -Nick no se molestó en ocultar su impaciencia ni su sarcasmo. Howard volvió a encogerse en la silla.

– No, nada más.

– ¿Y para usted, agente O'Dell? -le lanzó una mirada de desprecio impregnada de frustración.

– Un sandwich de jamón y queso. Creo que ya sabes cómo me gusta -le sonrió, y la complació ver que relajaba la mandíbula y que su mirada se suavizaba.

– Sí, lo sé -era obvio que el recuerdo había reemplazado de inmediato el sarcasmo y la frustración-. Enseguida vuelvo.

Maggie dejó una taza de café humeante delante de Howard; después, caminó a lo largo de la habitación, esperando a que el conserje se relajara. Encendió las luces del techo. Los fluorescentes inundaron de luz la sala y lo hicieron parpadear. Le recordaba a un lagarto con sus parpadeos lentos mientras probaba el café caliente con la lengua larga. Cuando vio que se había olvidado de su presencia, se colocó detrás de él y dijo:

– Sabes dónde está Timmy Hamilton, ¿verdad, Ray?

Dejó de sorber. Enderezó la espalda, dispuesto a defenderse otra vez.

– No, no lo sé. Y tampoco sé qué hacía ese teléfono en mi cajón. No lo había visto nunca.

Maggie rodeó la mesa y se sentó justo delante de él. Los ojos de lagarto trataron de eludir su mirada y, por fin, se posaron en su barbilla. Bajó la vista fugazmente a sus senos, aunque no lo bastante deprisa para impedir que el rubor trepara por su cuello blanco.

– El sheriff Morrelli cree que mataste a Danny Alverez y a Matthew Tanner.

– Yo no he matado a nadie -barbotó.

– ¿Ves? Yo te creo, Ray.

Pareció sorprenderse y la miró a los ojos para ver si era un truco.

– ¿De verdad?

– No creo que hayas matado a esos niños.

– Me alegro, porque no lo he hecho.

– Pero creo que sabes más de lo que nos cuentas. Creo que sabes dónde está Timmy.

No protestó, pero lanzó miradas por toda la habitación: el lagarto buscaba una salida. Sostenía el tazón con las dos manos, y Maggie advirtió que tenía las uñas mordidas, algunas de forma alarmante. Desde luego, no parecían las uñas de una persona obsesionada con la limpieza.

– Si nos lo dices, podremos ayudarte, Ray. Pero si averi-guamos que lo sabías y que no nos lo habías dicho, podrías acabar cumpliendo condena durante mucho tiempo, aunque no hayas matado a esos niños.