Le escocían los ojos y tenía el pelo enmarañado. No recordaba desde cuándo no se peinaba, ni desde cuándo no se lavaba los dientes, aunque estaba segura de haberlo hecho antes de la entrevista televisiva. Dios, hacía siglos de eso.
La puerta se abrió, y su crujido la sobresaltó. Su padre entró con más agua en la mano. Si bebía un vaso más, vomitaría. Sonrió y aceptó el vaso, aunque sólo tomó un sorbo.
– ¿Te encuentras mejor?
– Sí, gracias. Creo que hoy no he comido. Por eso me he mareado tanto.
– Sí, ha debido de ser por eso.
Sin el vaso, parecía no saber qué hacer con las manos, y se las metió en los bolsillos, un gesto que Christine reconocía en Nick.
– ¿Qué tal si pido que te traigan un poco de sopa? -dijo-. O un sandwich.
– No, gracias. No creo que pueda comer.
– He llamado a tu madre. Va a intentar tomar un vuelo esta noche. Con suerte, estará aquí mañana por la mañana.
– Gracias. Será agradable tenerla aquí -mintió Christine. A su madre le entraba el pánico ante la sola mención de una crisis. ¿Cómo iba a afrontar aquello? Se preguntó qué le habría contado su padre.
– Ahora, no te alteres, pequeña, pero también he llamado a Bruce.
– ¿A Bruce?
– Tiene derecho a saberlo. Timmy es su hijo.
– Sí, por supuesto, y Nick y yo hemos estado intentando localizarlo. ¿Sabes dónde está?
– No, pero tengo un número de teléfono para emergencias.
– ¿Quieres decir que siempre has sabido cómo ponerte en contacto con él?
Su padre parecía atónito. ¿Cómo se atrevía su hija a dirigir aquella furia estridente contra él?
– Sabías que llevo más de ocho meses intentando localizarlo para que pague la pensión de manutención de Timmy. ¿Y tú tenías su número de teléfono?
– Sólo para emergencias, Christine -le explicó su padre.
– ¿Ver que su hijo no tiene comida en la mesa no es una emergencia? ¿Cómo has podido?
– Estás exagerando, Christine. Tu madre y yo jamás consentiríamos que Timmy y tú pasarais apuros económicos. Además, Bruce me dijo que te había dejado ahorros de sobra.
– ¿Eso te dijo? -rió, sin preocuparla estar al borde de la histeria-. Nos dejó ciento sesenta y cuatro dólares y veintiún centavos en la cuenta de ahorros, y más de cinco mil dólares en facturas de las tarjetas de crédito.
Sabía que su padre detestaba las confrontaciones. Christine se había pasado la vida rehuyendo al gran Tony Morrelli, dejando que las opiniones de su padre fueran las únicas válidas, sus sentimientos más importantes que los de los demás. Su madre lo llamaba respeto. En aquellos momentos, Christine vio lo que era: estupidez.
Su padre daba vueltas delante de ella, con las manos en los bolsillos, haciendo tintinear la calderilla.
– ¡Hijo de perra! Eso no fue lo que me dijo -repuso por fin-. Pero lo echaste de su propia casa, Christine.
– Estaba follando con su recepcionista.
Su padre enrojeció de contrariedad. Una señorita nunca usaba ese lenguaje.
– A veces, los hombres se descarrían, Christine. Cometen pequeñas indiscreciones. No digo que esté bien, pero no es razón para echarlo de su propia casa.
De modo que era eso. Christine había sospechado su desaprobación, pero hasta aquel momento, ni su padre ni su madre la habían expresado en voz alta. Su padre se regía por la doble moralidad. Siempre lo había sabido, lo había aceptado, había guardado silencio al respecto. Pero se trataba de su propia vida.
– Dudo que fueras tan indulgente si hubiese sido yo quien hubiese tenido la aventura.
– ¿Qué? No digas tonterías.
– No, quiero saberlo. ¿Habrías considerado una pequeña indiscreción que hubiese follado con el mensajero de UPS?
Volvió a hacer una mueca, y Christine se preguntó si sería el lenguaje o la imagen lo que le repugnaba. A fin de cuentas, la hijita de Tony Morrelli no follaba.
– Mira, estás alterada, Christine. ¿Por qué no le digo a uno de mis hombres que te lleve a casa?
No contestó, la ira que le hervía en las entrañas se lo impedía. Se limitó a asentir, y su padre huyó de la habitación.
Pasados unos minutos, la puerta volvió a abrirse, y Eddie Gillick entró en el despacho.
– Tu padre me ha pedido que te lleve a casa.
Menudo idiota estaba hecho, pensó Nick mientras cambiaba de marcha el Jeep y aceleraba para dejar atrás Platte City. Lanzó una mirada a Maggie, que estaba tranquilamente sentada a su lado. No debería haberle dejado ver la debilidad, el terror que se había apoderado de sus entrañas. A pesar de su revelación sobre Stucky, permanecía serena y dueña de sí, contemplando el paisaje en sombras por la ventanilla. ¿Cómo lo hacía? ¿Cómo conseguía dejar a un lado a Albert Stucky y los demás horrores? ¿Cómo se contenía para no hundir el puño en la pared y romper puertas de cristal?
No podía pensar, apenas podía concentrarse en la carretera oscura. El repiqueteo proseguía en su pecho, la bomba de relojería seguía contando los segundos y cada uno podía ser el último de Timmy. Y, en pleno ataque de pánico, o quizá por ello, había estado a punto de pasarse de la raya y decirle a Maggie que la amaba. Menudo idiota estaba hecho. Tal vez no fuera sólo su virilidad y su encanto lo que estaba perdiendo, sino también la cordura.
– Deberías ponerme al corriente -dijo, logrando disimular el pánico-. ¿Por qué vamos a un cementerio en mitad de la noche?
– Sé que tus hombres han ido a ver la Vieja Iglesia, pero ¿qué me dices del túnel?
– ¿El túnel? Creo que se hundió hace años.
– ¿Estás seguro?
– Bueno, no. En realidad, nunca lo he visto. Cuando era pequeño, creíamos que era una invención. Ya sabes, para asustarnos, para evitar que hiciéramos gamberradas por la noche en el cementerio. Había historias sobre cuerpos que se levantaban de sus tumbas y gateaban por el túnel, para regresar a la iglesia y redimir sus almas.
– Parece el lugar perfecto para un asesino que cree en la redención.
– ¿Crees que es ahí donde está ocultando a Timmy? ¿En un agujero en el suelo? -pisó el acelerador, haciendo que Maggie lo mirara con preocupación.
– De momento, no es más que una corazonada -dijo, pero por su tono, Nick dedujo que era mucho más-. A estas alturas, no perdemos nada echando un vistazo. Ray Howard mencionó que va allí a cortar leña. Sabe algo. Puede que viera algo.
– No puedo creer que lo hayas dejado marchar.
– No es el asesino, Nick. Pero creo que podría saber quién es.
– Sigues pensando que es Keller, ¿verdad? -le lanzó una mirada, pero en la oscuridad vio que tenía el rostro vuelto hacia la ventanilla, hacia la negrura.
– Keller podría haber dejado mi móvil en la habitación de Howard muy fácilmente. Ha podido usar la camioneta. Y tiene esos extraños cuadros de mártires torturados, mártires con la señal de la cruz cortada en sus pechos.
– Que tenga mal gusto en arte no quiere decir que sea un asesino. Además, cualquiera podría haber visto los cuadros y haber sacado la idea.
– Keller también conocía a los tres niños.
– A los cinco -la interrumpió Nick-. Lucy y Max pudieron rescatar listas y solicitudes. Eric Paltrow y Aaron Harper asistieron al campamento de la iglesia el verano antes de ser asesinados. Pero eso significa que Ray Howard también los conocía.
Maggie estaba sentada, en silencio, meditando en sus palabras. De pronto, sin venir a cuento, dijo:
– ¿Sabes que Ray Howard y Eddie Gillick son amigos?
Christine sabía que era la rabia lo que le había nublado el juicio temporalmente. De lo contrario, ¿por qué había subido al Chevy oxidado de Eddie Gillick? Hasta su disculpa sobre el lamentable estado del vehículo parecía poco sincera. Sin embargo, allí estaba ella, dando patadas a envases vacíos de McDonald's. Tenía un muelle clavado en la espalda, y el relleno sobresalía por la parte central del asiento delantero. Olía a patatas fritas, a cigarrillos y a ese nauseabundo aftershave.
Eddie se sentó detrás del volante, arrojó el sombrero al asiento de atrás y se miró en el espejo retrovisor. Insertó la llave en el contacto, y el tubo de escape roto hizo vibrar el vehículo.
Christine lamentaba no haberse cambiado de ropa después de la entrevista. A pesar de la larga gabardina, tenía la sensación de que algo le subía por la pierna. Abrió la gabardina para cerciorarse de que no tenía insectos correteando por los muslos. Al pasarse la mano por una pierna, notó la mirada y la sonrisa de Eddie. Se cerró la gabardina y decidió que los bichos eran mejores que los ojos de Eddie.
Eddie encendió el motor, y Christine fue a ponerse el cinturón y vio que estaba cortado. Un minuto después, cuando Eddie pasó de largo la bocacalle de su casa, el pánico la hizo forcejear con el tirador de la puerta, que se rompió con un chasquido. Eddie la miró con el ceño fruncido.
– Relájate, Christine. Tu padre me dijo que te llevara a comer algo.
– No tengo hambre -balbució enseguida, dejando entrever su pánico-. En serio, estoy cansada, nada más -aquello era mejor; no podía hacer ver que no se fiaba de él.
– Puedo freírte un filete que hará que se te haga la boca agua. Tengo un par en la nevera.
«Dios mío, no. Su casa, no».
– Dejémoslo para otra ocasión, Eddie -repuso con la mayor dulzura posible, a pesar de la repulsión-. Estoy muy cansada. ¿Podrías llevarme directamente a casa?