– Soy así, supongo.
Tal como Lucy se había imaginado hasta aquella noche, veía escenas de acción que tenían lugar en alguna carretera rural.
No hay ninguna casa a la vista, sólo pastizales, pinares, y hierbajos en la cuneta en que se han detenido los dos coches. El Mercedes azul, cruzado delante del Mercedes crema, con el aire aún lleno de polvo bajo la luz del sol. Ella está de pie en la carretera, algo apartada de los demás, y hace salir al indio y al de Miami apuntándoles, todo mediante gestos, sin palabras. Entonces, los dos desaparecen de la escena. Se los llevan a un lado, los desarman, les obligan a tumbarse en la cuneta -eso, o lo que haya que hacer-. Pero ella se ve a sí misma a solas con el coronel, que acaba de salir del coche. Ella espera mientras él aparece con cautela, mirando a su alrededor, extrañado -no puede creer lo que está ocurriendo-, hasta que la ve en la carretera, sola, mirándole. Ella lleva la chaqueta de lino encima de una camisa de algodón, pantalones, gafas de sol, la pistola de su padre en la mano, a un lado. O la pistola en la pistolera. No, en la mano, pero sin apuntarle. Sus miradas se encuentran. El coronel la mira y frunce el ceño. No la reconoce, porque no se imagina que ella pueda estar allí. Sólo una vez se han encontrado cara a cara, en el hospital Sagrada Familia, cuando ella llevaba uniforme y una cofia blanca sobre el cabello. Él frunce aún más el ceño al mirarla y dice: «¿Quién eres?» O, si no, frunce aún más el ceño al mirarla y dice: «Dime quién eres… por favor.» Hay un momento de silencio en la escena, el polvo ya se ha posado en el suelo. Ella le mira inexpresivamente, se quita las gafas de sol y, en su día de la venganza, dice tranquilamente: «La monja de los leprosos.»
La pistolera fue lo primero que desapareció.
Luego la carretera rural, convenientemente despoblada.
La pistolera volvió a aparecer dentro de su bolso y la carretera se convirtió en una autopista interestatal con tráfico en ambos sentidos, coches, caravanas, camiones… Y luego el lugar donde todo iba a ocurrir, un área de servicio, o el aparcamiento de algún McDonald’s… Empezó a ver infinitas variaciones de lugares reales. La parte importante, la de mirar al coronel de la contra a solas durante el tiempo suficiente para que se diera cuenta de que era ella quien le hacía eso y por qué se lo hacía, todavía era posible. Se las arreglaría para que ocurriera así, porque esa confrontación era más importante para ella que todo lo demás.
Pero entonces, al intentar imaginárselo más cercano a la realidad en cuanto al lugar y al tiempo, viendo objetos reconocibles, rótulos -Exxon, McDonald’s-, la escena empezó a ampliarse, y entraron en ella otras cosas, además de la confrontación, lo importante.
Sentada en la habitación del hotel, vio al coronel de pie junto al coche. Ella ha soltado su frase. Está con Jack, Roy y Cullen y se van con el dinero. Pero en esa ocasión mira hacia atrás y ve que el coronel sigue allí, de pie junto a su coche, mientras ellos se van.
Jack miró cómo Lucy iba de la cama a uno de los dos armarios emparejados junto a la ventana, que tenía las cortinas corridas; la vio sentarse y coger un cigarrillo de la mesa baja que había entre las sillas. La lámpara de la mesa esparcía una luz suave por la habitación. Le gustaba el ambiente de la habitación, con el débil sonido de música proveniente del exterior. Sin embargo, no se sentía muy seguro con respecto a Lucy, que había vuelto a cambiar y estaba silenciosa precisamente cuando él había pensado que estaría habladora. Quería contarle lo de Franklin, quizás una preocupación menos. Estaba ansioso por explicarlo, todavía con el gusto del vodka reciente. Luego pensó en Roy, ¡Jesús!, si les habría abandonado, y se lo preguntó. Ella dio una chupada a su cigarrillo, sin prisa. Dijo que no, que volvería…
– ¿Y qué pasaría si nos hubiera abandonado?
– Yo me lo pensaría muy seriamente -le dijo Jack-. ¿Es eso lo que te preocupa?
No. Era otra cosa. Se lo explicó:
– Paramos a Bertie y cogemos el dinero. Pero eso no es necesariamente el fin del asunto.
Con aquel tono tranquilo… sonaba bien.
– Quieres saber qué pasa si saca la pistola y uno de nosotros tiene que dispararle -dijo Jack.
Ella negó con la cabeza antes de que terminase de hablar.
– No. ¿Qué pasa si no le disparamos? ¿Si nos vamos con el dinero y le dejamos allí?
– Aún mejor, ¿eh? No quieres matarlo, ¿verdad?
– Pero entonces todo esto no acabaría.
Jack se acercó a la otra silla. Se sentó y cogió un cigarrillo.
– ¿No habías pensado en eso?
– Tal como yo me lo imagino -dijo Lucy-, te ahorraré los detalles, nos veo sacándolos del coche, veo a Bertie de pie en la carretera… Se da cuenta de lo que está pasando… Lo veo sin principio ni final. Del mismo modo que recuerdo las fotografías de la gente que él torturaba y las escenas que presencié cuando mató a los leprosos. ¿Entiendes lo que quiero decir? No hay nada antes ni hay nada después. Mata a la gente, o siembra el terror, y desaparece. Ahí se acaba. A él no le pasa nada. De acuerdo, veo que lo paramos y le quitamos el dinero… Pero eso no es el final del asunto. Tiene que seguir de alguna manera, y no sé qué diablos hará.
Jack se tomó cierto tiempo. Había diferentes maneras de enfocarlo.
– Bueno -dijo-, ¿qué es lo primero que se te ocurre? Llama a la poli y les dice que le han robado, si no te importa que use esa palabra, pero así es como ellos lo llamarían y como lo escribirían en su informe. Robo a mano armada cometido en tal sitio a tal hora…
– Pero no lo es.
– Si no te cogen, puedes llamarlo como quieras. Pero este juego es como cualquier otro, tienes que jugar según las normas. Un delincuente honesto, si le cogen, asumirá que ha actuado contra la ley y que le van a encerrar. He llegado a aprender que ésa es la forma de ir por la vida sin darte contra las paredes y hacerte daño a ti mismo: asumir los hechos de cualquier circunstancia, sea cual fuere. ¿No lo sabías? Creía que lo habrías experimentado al prepararte para monja. En el talego conocí a un ladrón muy famoso, un especialista en cajas fuertes, que incluso había pagado a su abogado por adelantado, lo tenía en nómina.
Lucy le escuchaba, pero parecía costarle cierto esfuerzo. Luego dijo:
– No voy a discutir contigo sobre la ley. No somos criminales.
– A mí tampoco me gusta considerarlo así -dijo Jack-. De hecho, estoy convencido de que estamos en el bando de los ángeles, al menos de los vengadores. Pero si nos juzgan, no te sorprendas si es en un juzgado de lo criminal. Supongo que podría plantearse una cuestión de jurisdicción, según donde ocurra. Si los pillamos en Misisipí y volvemos a Nueva Orleans con el dinero, eso lo convertiría en un delito federal, cruzar una frontera estatal para cometer un delito. No sé, pero ¿qué más da? En cualquier caso, diríamos «¿Qué dinero? ¿De qué me está hablando?» a quienquiera que lo preguntase. Acepto la posibilidad de que nos detengan sin pensármelo demasiado, y no sólo porque me produzca sudor frío.
– Porque no crees que vaya a pasar -dijo Lucy.
– Exacto. ¿Y sabes por qué?
– Porque es probable que no llame a la policía.
Jack le sonrió.
– Eso es. En primer lugar, porque puede ser que esté muerto. Y en segundo lugar, ¿cómo iba a explicar qué hacía en la autopista con los dos millones de pavos? Teóricamente tiene que salir desde Gulfport en un barco bananero. ¿Qué le dice a Wally Scales, su colega de la CIA? Bueno, a lo mejor le dice que ha cambiado de idea y que ha decidido salir desde Miami. Que el hombre de la CIA le crea o no, ya es otra cosa. Pero una vez entras en ese terreno, surge otra pregunta: si Bertie pretende quedarse el dinero, ¿qué va a decir que ha pasado? Salvo que planee desaparecer…
Lucy negó con la cabeza.