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– Tengo que decirles que lo dejo, y despedirme.

– No les digas que te vas en el barco… Yo de ti no lo mencionaría.

– No, les diré que lo dejo y me despediré.

– A lo mejor están durmiendo.

– No, me han llamado. Crispín.

– Se han quedado toda la noche -dijo Jack-. Han hecho subir a unas mujeres para una fiesta.

– Ah, ¿lo sabías?

– Eh, Franklin, sé hasta lo que todavía no han hecho -Franklin le miraba, sonriendo. Llevaba un diente de oro-. Te lo dije como un favor especial, aunque no debería haberlo hecho. Pero está bien, somos amigos, ¿no?

– Sí, amigos.

– Escucha, cuando subas a la habitación estarán recogiendo. Supongo. O tal vez estén vomitando en el lavabo después de su gran noche, ¿eh? -Eso le valió una sonrisa-. Escucha, mientras estés allí, si ellos no te miran, podrías hacerme un favor a cambio.

– Ya ha vuelto -dijo Lucy, y se quedó viendo entrar en el garaje el Scirocco de Jack por la entrada de la calle Conti, circular por delante de la hilera de coches donde estaba aparcado el de Lucy y detenerse.

Desde detrás de ella, Roy dijo:

– ¿Quién es ese que va con él? Joder, se ha traído al tipo de vuelta.

Lucy vio que Franklin salía del Scirocco y se iba andando hacia la salida de la calle Bienville con su bolsa de viaje. Luego salió Jack y se quedó junto al coche, con la puerta abierta.

– Anoche tuvieron una larga conversación.

– ¿Quién?

– Jack y Franklin.

– ¿Sobre qué?

Jack le estaba diciendo algo a Franklin. Lucy vio que Franklin miraba hacia atrás y saludaba con la mano. Luego salió a la calle por la rampa y Jack se quedó mirándolos, por encima de su propio coche.

– ¿Sobre qué tuvieron una larga conversación?

Vio que Jack cerraba la puerta de su coche y se acercaba a ellos rodeándolo por detrás, sin prisa y con una expresión que era buena señal, animado, casi ansioso. Mientras tanto, Roy, muy cerca de ella, gritó:

– ¿Quieres venir de una vez, por el amor de Dios?

Jack miró a Roy, pero no estaba dispuesto a que le presionaran. Lucy se volvió hacia él cuando se inclinó y asomó la cabeza por la ventanilla, junto a ella.

– Es posible que lo tengamos hecho -dijo, y luego miró a Roy-. Si vas al hotel, quédate en el patio. Cuando baje Franklin, vigila al coronel. Si sale volando de la habitación, deténlo. Suéltale un poco de mierda oficial durante unos minutos. Si es que sale. A lo mejor no.

– ¿Puedo preguntarte por qué tengo que hacer eso, Jack?

– Porque eres nuestro héroe, Roy, y el coronel no lo sabe.

– ¿Y tú qué vas a hacer, si es que haces algo?

– Echarle un vistazo a su coche. Franklin ha ido a ver si puede traernos las llaves.

26

Franklin salió del ascensor, con su bolsa de viaje, se encaró hacia la 501, inmediatamente a la izquierda, y llamó a la puerta. Esperó, volvió a llamar, esperó y volvió a llamar. No se oía ningún ruido dentro. Pero estaban allí, o tal vez abajo, en el comedor, o en algún otro sitio, porque el coche seguía en el garaje. Se volvió y vio a una negra delgada vestida con un uniforme de la limpieza que le colgaba, sin forma, con las manos apoyadas en una carretilla llena de toallas y sábanas, un cubo de plástico y varias botellas de detergente. Franklin le dijo:

– Déjame que te pregunte, madre, ¿les has visto salir por aquí?

La mujer se quedó ladeada, mirándole como si en realidad no le estuviera mirando, con la cabeza sólo un poco girada.

– Trabajo para ellos -explicó Franklin-. Pero lo voy a dejar y quiero decírselo.

La mujer se apartó de la carretilla para mirarle directamente. Tenía en la mejilla algo que Franklin pensó que sería rapé o tabaco.

– Lo vas a dejar, ¿eh?

– No me gusta trabajar para ellos.

Dio unos pasos hacia ella, hasta llegar al ascensor.

– ¿No te tratan bien?

Franklin negó con la cabeza.

– No me gustan. ¿Crees que están dentro?

– Creo que sí. ¿De dónde eres?

– De Nicaragua.

– Ya. Imaginaba que eras de por allí, por tu manera de hablar. Te vas, ¿eh? -Cuando Franklin asintió, ella siguió-: ¿Ellos también se van? -Franklin volvió a asentir-. Bien. Nunca había visto tanto follón como lo que he tenido que ordenar por ese hombre, Por su culpa, no me da tiempo a acabar.

– Son así -dijo Franklin-. Me pregunto, madre, si podrías abrir la puerta.

– Claro, cariño. Encantada.

Franklin le dio un dólar.

Dentro, oyó música y les oyó hablar en el dormitorio mientras echaba un vistazo. Vio la mesa de servicio, el desorden de vasos y platos sucios, los cojines del sofá en el suelo. Notó el olor a tabaco concentrado. Cruzó la sala de estar hasta llegar a la mesa de la esquina. El maletín del coronel estaba allí, pero las llaves del coche no. Las sacas de los bancos, lo advirtió entonces, estaban en el suelo, detrás de la mesa. Dejó su bolsa sobre la silla y se agachó para tocar una de las sacas redondas y observar la grapa metálica que la cerraba. No le costaría abrirla. Se puso de pie, mirando de nuevo la mesa, preguntándose si debería abrir el maletín del coronel, de piel de cocodrilo.

La voz del coronel dijo, en castellano:

– ¿Qué haces aquí?

Franklin se dio la vuelta. El coronel estaba de pie, no lejos de la puerta del dormitorio, con su ceñida ropa interior brillante.

– ¿Cómo has entrado?

– He estado una hora llamando a la puerta.

– ¿Cómo has entrado? -repitió el coronel, esta vez en inglés.

– La camarera. Ha abierto con su llave -explicó Franklin-. He llamado a la puerta, pero nadie me oía.

Miró a aquel hombre, con su ropa interior, sacando pecho, con el ceño fruncido. Entonces apareció Crispín, procedente del dormitorio, con una toalla atada a la cintura. Franklin deseaba preguntarles qué hacían oyendo la música de la radio. ¿Estaban bailando? Casi sonrió sólo de pensarlo.

– Dice que la camarera le ha abierto -le explicó el coronel a Crispín.

Éste parecía enfermo, muy delgado; le sobresalían los huesos. Cruzó la habitación para llegarse hasta la mesilla de café, sin decir nada, y cogió un paquete de cigarrillos. Franklin volvió a mirar al coronel, que seguía sin quitarle los ojos de encima.

– ¿Has devuelto el coche?

Franklin asintió.

– ¿Qué? No te he oído.

– Sí, he devuelto el coche.

– ¿Dónde está mi resguardo?

– No lo tengo. No me dijiste nada.

– Te dije que cogieras el resguardo. ¿Eres estúpido?

En castellano, Crispín dijo:

– No nos hace falta.

– Tanto si lo necesitamos como si no, le he dicho que lo cogiese.

– No sabe nada de resguardos -dijo Crispín-. No reconocería un jodido resguardo ni aunque le mordiera.

– Le dije que lo cogiera… Quería que vieran quién había devuelto el coche.

– Sí, por un momento lo había olvidado.

Franklin miró a uno y a otro. Al coronel, que decía:

– Porque bebes demasiado, y luego hablas demasiado. No sabes nada de autodisciplina. ¿Sabes cuánto durarías en la jungla?

A Crispín, que decía:

– Cuéntame lo que quieras acerca de la vida de campaña, no oí bastante de eso anoche. ¡Madre de Dios, contarle a esas putas toda esa historia de tu vida militar! ¿Sabes lo que eso les importaba? Nada. ¿Sabes adónde quieren ir? A Miami, ahí es adonde quieren ir.

Al coronel, que decía:

– Claro, por supuesto. Tú invitaste a esas putas a venir con nosotros. No te acuerdas, ¿verdad?

Franklin vio que el coronel se volvía y se le quedaba mirando, como pensando en algo que decir. Pero al parecer sólo se le ocurrió preguntar:

– Bueno, ¿qué quieres?