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Krug se sentó. El granjero había entrado también y se acariciaba la pardusca barbilla.

—¿Podría llevarnos a la estación? —le preguntó Krug, al cabo de un rato.

—Podría meterme en líos —dijo el granjero.

—Vamos, hombre; yo le ofrezco más de lo que le pagaría a la Policía por cuanto hiciese por ella.

—Usted no es la Policía, y, por tanto, no puede sobornarme —replicó el honrado y meticuloso granjero.

—¿Quiere decir que se niega?

El granjero guardó silencio.

—Bueno —dijo Krug, poniéndose en pie—. Lamento tener que insistir. El niño está cansado, y no puedo llevarlo a cuestas junto con la maleta.

—¿Cuánto ha dicho? —preguntó el granjero.

Krug se caló las gafas y abrió la cartera.

—Se detendrá un momento en el cuartelillo de Policía —añadió.

Empaquetó rápidamente los cepillos de dientes y los pijamas. David aceptó la imprevista partida con perfecta ecuanimidad, pero propuso comer algo antes de salir. La amable mujer le dio unos bizcochos y una manzana. Había empezado a caer una fina llovizna. No hubo manera de encontrar el sombrero de David, y Krug le cedió el suyo, negro y de ala ancha; pero David se lo quitaba continuamente, porque quería oír el chapaleo de las pezuñas y el chirrido de las ruedas.

Al pasar por el sitio donde, dos horas antes, un hombre de poblado bigote y ojos chispeantes se hallaba sentado sobre una rústica valla, Krug advirtió que ahora, en vez del hombre, no había más que una pareja de rudobrustkio ruddocks(un pajarillo parecido al petirrojo), y que un cartón cuadrado había sido clavado en la valla. El cartel contenía una tosca inscripción en tinta (ya bastante estropeada por la llovizna):

Bon Voyage!

Krug llamó la atención del conductor sobre el particular, y el conductor, sin volver la cabeza, dijo que hoy en día (eufemismo que quería decir «el nuevo régimen») ocurían muchas cosas inexplicables y que era mejor no estudiar demasiado los fenómenos cotidianos. David tiró a su padre de la manga y le preguntó de qué estaban hablando. Krug le respondía que discutían la extraña manera que tiene la gente de preparar excursiones en el triste mes de noviembre.

—Será mejor que les lleve directamente, amigos, o perderán el tren de la una cuarenta —dijo el granjero, tentador.

Pero Krug le ordenó parar ante la casa de ladrillos donde tenía su sede la Policía local. Krug se apeó y entró en una oficina donde un viejo con patillas, desabrochado el cuello del uniforme, sorbía té de una tacita azul, soplándolo antes de cada sorbo. Dijo que nada sabía del asunto. Había sido la Guardia de la Ciudad, no su departamento, quien había practicado la detención. Sólo podía presumir que los habían llevado a alguna prisión de la ciudad, como delincuentes políticos. Aconsejó a Krug que no se entremetiese y que diese gracias a su buena estrella por no haberse encontrado en la casa en el momento de la detención. Krug dijo que, por el contrario, quería hacer cuanto estuviese en su mano para averiguar por qué dos ancianos respetables, que habían vivido tranquilamente en el campo durante muchos años y no tenían ninguna relación con... El oficial de Policía le interrumpió diciendo que lo mejor que podía hacer el profesor (si Krug era un profesor) era cerrar el pico y largarse del pueblo. Levantó de nuevo la taza hasta sus barbudos labios. Dos policías jóvenes empezaron a revolotear por allí, mirando fijamente a Krug.

Éste permaneció un momento inmóvil, mirando la pared y un cartel que llamaba la atención sobre la situación de los policías ancianos, y un calendario (monstruosamente in copula) con un barómetro; pensaba en el soborno: pero decidió que allí no sabían absolutamente nada y, con un encogimiento de los pesados hombros, salió al exterior.

David no estaba en la carreta.

El granjero volvió la cabeza, miró el asiento vacío y dijo que seguramente el chico había seguido a Krug al cuartelillo de la Policía. Krug volvió atrás. El jefe le miró con irritación y recelo y dijo que había visto la carreta desde la ventana y que allí no había habido nunca ningún niño.

Krug trató de abrir otra puerta del pasillo, pero estaba cerrada.

—No haga eso —gruñó el hombre, perdiendo la paciencia— o le detendremos por alborotar.

—Quiero a mi chico —dijo Krug (otro Krug, terriblemente mermado por un espasmo en la garganta y por las palpitaciones de su corazón).

—Pare el carro —dijo uno de los policías jóvenes—. Esto no es un jardín de infancia; aquí no hay niños.

Krug (ahora un hombre de luto con cara de marfil) le empujó a un lado y volvió a salir. Se aclaró la garganta y vociferó llamando a David. Dos campesinos vestidos con kappen medievales, que estaban cerca de la carreta, le miraron, se miraron y uno de ellos se volvió y miró en cierta dirección.

—¿Han visto ustedes...? —preguntó Krug.

Pero ellos no le respondieron y volvieron a mirarse.

No debo perder la cabeza, pensó Adam Noveno, pues ahora había ya muchos Krug en la serie: volviéndose a un lado y otro, como el burlado y abofeteado buscador en el juego de la gallina ciega; haciendo añicos con unos puños imaginarios una comisaría de Policía de cartón; corriendo a lo largo de túneles de pesadilla; medio ocultándose con Olga detrás de un árbol, para observar a David que andaba de puntillas alrededor de otro, con todo el cuerpo dispuesto a un pequeño escalofrío de gozo; buscando un intrincado calabozo donde, en algún lugar, un chiquillo gemebundo estaba siendo torturado por manos expertas; abrazando las botas de un bruto uniformado; estrangulando al bruto entre un caos de muebles derribados; encontrando un pequeño esqueleto en un oscuro sótano.

Llegados a este punto, hay que mencionar que David llevaba un pequeño anillo esmaltado en el cuarto dedo de la mano izquierda. Krug estaba a punto de atacar al policía una vez más, cuando se dio cuenta de que un estrecho callejón, flanqueado de mustias ortigas, discurría al lado de la casa de ladrillos de la Policía (hacía un rato que los campesinos miraban en esta dirección), y se metió en él, tropezando dolorosamente con un leño.

—Cuidado; no vaya a romperse las piernas, las necesitará —dijo el granjero, con una risa amistosa.

En el callejón, un niño escrofuloso y descalzo, con camisa de color de rosa y remiendos colorados, estaba jugando con una peonza, y David lo contemplaba con las manos cruzadas a la espalda.

—Esto es intolerable —gritó Krug—. Nunca debiste marcharte de esta manera. ¡Silencio! Sí, te llevaré cogido. Vamos. Vamos.

Uno de los campesinos se tocó ligeramente la sien con aire juicioso, y su compañero asintió con la cabeza. Desde una ventana abierta, un joven policía apuntó con una manzana a medio comer a la espalda de Krug, pero un camarada más formal le contuvo.

La carreta reemprendió su marcha. Krug buscó su pañuelo, no lo encontró y se enjugó la cara con la palma de una mano que aún temblaba.

El lago, haciendo honor a su nombre, era una amorfa extensión de agua gris, y, al entrar el vehículo en la carretera que discurría a lo largo de la orilla hacia la estación, una brisa fría levantó, con unos invisibles dedos índice y pulgar, la crin plateada de la vieja yegua.